Virgen y otros relatos (2018) es el debut literario de April Ayers Lawson, cuyo primer relato «Virgen» fue premiado anteriormente con el George Plimpton Award. Aunque este es su primer libro, sus textos han aparecido en diferentes revistas como VICE, Crazyhorse, Oxford American, Five Chapters, Granta y ZYZZYVA, y ha sido escritora visitante en la Universidad de Carolina del Norte.

La escritura de Lawson se enmarca en la todavía hoy fecunda tradición de la literatura gótica sureña, y aunque sugiere cierta actualización del género —no encontraremos en sus relatos un abundamiento en cuestiones de pobreza, raza o personajes típicamente oriundos—, mantiene todavía la característica presencia de una angustia creciente, la exaltación de la religión como búsqueda de un sentido que se sabe ficticio y, por encima de todo, la presencia de los deseos e impulsos soterrados de los protagonistas. Como señala el teórico Thomas Ærvold Bjerre, el género del Southern Gothic trae a primer plano aquello que permanece oculto en el imaginario colectivo del sur de los Estados Unidos, aquello que no puede verse tras la bucólica idealización de la tierra sureña y de sus gentes. De este modo, funciona como un dispositivo de retorno freudiano de lo reprimido, desplazando las pulsiones del inconsciente hacia el exterior (o lo que es lo mismo: mostrando abiertamente los «actos fallidos [fehlleistung]» de la nación. Así ocurre en «Virgen», cuya protagonista, que atesora su virginidad a raíz de un abuso sexual en la infancia, constata al perderla que no hay espiritualidad en el acto sexual, y se reafirma entonces en la creencia de su pureza para colmar el vacío, un vacío que «si no [se llena] con Dios, se hace más grande» (p. 21).

«Tres amigas en una hamaca», pese a ser el relato más breve de la colección, condensa en unas pocas líneas la fragilidad y belleza de las relaciones humanas desde la perspectiva de tres amigas a las que unen sus respectivos divorcios. El amor, como la amistad que ha surgido entre ellas, no parece real excepto cuando se experimenta, la sanción del tiempo lo desdibuja: «No sabía decir si dos personas habían llegado a amarse de verdad si luego eran capaces de dejar de amarse. No sabía decir si el amor era una cosa o algo real que nunca podía quedar del todo probado, como Dios, y que solo podía experimentarse en el acto de alcanzarlo, de modo que, al mirar atrás, siempre quedaba en entredicho» (p. 52). En «Así es como tienes que tocar siempre», una niña de trece años conoce, en la casa de su profesora de piano, al hermano moribundo de esta, que se encuentra recuperándose tras haberle sido extirpado un tumor cerebral. La crudeza de la situación del chico —la sangre, las cicatrices, el olor a muerte—, contrasta con el despertar sexual de la protagonista que, como en el poema «La mort des amants» [Nous aurons des lits pleins d’odeurs légères / Des divans profonds comme des tombeaux…], acaba compartiendo lecho con él. La desnudez de las vísceras hace tambalear al velo fantástico que cubre la realidad, que ante la veracidad de nuestros cuerpos, no puede sostener por más tiempo el relato de lo incognoscible: «Sabes que todo el mundo es más o menos igual debajo de la ropa, pero no lo sabes realmente […] Yo he visto mi cabeza por dentro. No es más que un órgano, como un riñón, y ya te lo esperas, pero no. […] Ojalá no lo hubiese visto. Yo me lo imaginaba como luz» (p. 81). Lo fantástico se sostiene en la condición de no llegar a mostrarse nunca. Aquello que ya se ha explicado, que ya se ha visto, pierde, por definición, la cualidad que lo nombraba.

En «Los efectos negativos de la educación en casa», la muerte, de nuevo, adquiere un carácter transformador cuando el protagonista se ve en la situación de afrontarla, desencadenando la liberación de sus sentimientos reprimidos. Charlene, la amiga muerta de su madre, ha sido hasta entonces la única persona en su vida que poseía una certeza, que aun en la plena convicción de la duda, conseguía transformarla en un elemento de fe: «aceptar tu propia maleabilidad es el comienzo de la fe» (p. 109).

El último y más extenso de los relatos, «Vulnerabilidad», ahonda en las relaciones que la protagonista establece por compasión, por trasladar su desasosiego al primer objeto amoroso. Separados tras una pantalla o un auricular, los hombres que conoce a través de las redes le parecen soberbios, la idea es siempre pura; pero una vez los conoce la realidad se hace patente. Hombres miedosos e insignificantes, aterrorizados ante su talento como artista y su condición de mujer, y que son, en este relato, personificados bajo una pequeña desfiguración que los vuelve grotescos —un detalle que nos recuerda a la autora Carson McCullers, cultivadora del Southern Grotesque y en cuyas novelas abundaban todo tipo de monstruos y freaks—.

La protagonista, prosiguiendo con el papel que quiere interpretar, y llevada también por su propio miedo, sus inseguridades y deseos de imposibilidad, sucumbe ante la idea de un enamoramiento fugaz: «Quería que me gustase porque entonces lo que sentía por él cobraría sentido para mí» (p. 129). Como todos y cada uno de los protagonistas de estos relatos, ella necesita creer  en un sentido que poder otorgar a su existencia. Un principio ordenador, una certeza que no puede sino desembocar en la idea de Dios (Dios como causalidad, como unidad, como número primero e indivisible). En una suerte de desdoblamiento paralelo a la autora, esta mujer, que también escribe, reconoce el porqué de ello: «[Escribo] sobre la gente que me encuentro. Cosas cotidianas. Pero supongo que en realidad se trata de encontrar a Dios […] siempre andaba buscando creer en algo, tratando de estrechar la distancia entre ese algo y yo» (p. 129). «Aun si digo sol y luna y estrellas me refiero a cosas que me suceden», decía Pizarnik. Lawson escribe sobre cosas que le suceden, a ella, a las personas de su alrededor, al mundo que conoce y que ve y habita; y en todo ello, como una inevitabilidad o un ruido de fondo, no hay otra cosa que Dios, ese dios sureño que, como decía la canción de Johnny Cash, sooner or later […] gonna cut you down.

April Ayers Lawson, Virgen y otros relatos, Anagrama, Barcelona, 2018, 200 pp.

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