Como un ovillo de hebras de seda estampado contra una pared

ella bordea la tapia de un sendero en los jardines de Kensington

y se va muriendo poco a poco

                         de una especie de anemia emocional.

Y por allí se pasea una chusma

de hijos de la miseria, inmundos, vigorosos, inextinguibles.

Ellos heredarán la tierra.

Ella es el final de la estirpe…

«The Garden [El Jardín]», Ezra Pound

 

Los versos del poeta norteamericano Ezra Pound, allende la lectura política del ocaso de la aristocracia y la llegada del estado democrático, oponen una suerte de identidad femenina fundada en la finitud, en una poética de la brevedad, frente a la inagotable e imperecedera identidad de lo masculino. Ella se acaba. Ellos se quedan. Ella se agota, ellos son y serán eternos. En esta misma línea, la elección del singular femenino frente al plural masculino parece obedecer al sentido de una concepción fuerte frente a una débil, a un «yo» que se legitima en el grupo, que adquiere una identidad comunal, frente a un «yo» cuyos enfrentamientos intestinos lo sitúan en la frontera, solo por siempre de sí mismo. Y es precisamente esta «anemia emocional», que la hace a ella intermitente, fugaz, y a ellos colosos, titanes, lo que subyace como fondo de ese vértigo que da nombre al presente libro.

Joanna Walsh es una ilustradora y escritora británica, autora de libros como Fractals (2013), Hotel (2015), Grow a Pair (2015) o Worlds from the Word’s End (2017). Vértigo (2018) es su primera obra publicada en España, una colección de relatos brevísimos que tienen la particularidad de estar protagonizados exclusivamente por mujeres. Las protagonistas que componen este volumen son también, como en el poema, seres desvaídos, lacónicos, cuya imprecisión induce, al contrario de lo que pueda parecer, a evocar su subjetividad con más fuerza. La representación que hace Walsh de la experiencia femenina se fundamenta en la capacidad de la autora de evocar imágenes poderosamente nítidas, que aun construidas a través de una escritura extremadamente sobria y concisa, consiguen transmitirnos la urgencia de un sentido más allá de lo cotidiano. Mujeres enfrentadas unas a otras, mujeres que son madres, que son amantes, que son niñas, que son esposas. Todas y cada una de ellas gravita en ese vértigo, esa «sensación de que, si [s]e ca[en], no caer[án] sobre la tierra, sino sobre el vacío» (p. 24). No hay nada que las sostenga porque su identidad está mediada por un otro, una identidad que no es sólida ni existe por sí sola, sino en relación con el otro.

Hay dos miedos que las atenazan: los hombres y el tiempo. Los primeros, aunque no estén presentes como protagonistas ni como narradores, permanecen en toda la obra a un nivel obsesivo, necesario; ellos posibilitan la existencia de aquellas. Son, en suma, el otro cuya confrontación les permite existir: no por sí mismas, sino por ellos. Será su mirada, entonces, la que otorgue un sentido que permita ordenar su existencia. En «Fin de la collection», la protagonista reconoce que las otras mujeres no suponen una preocupación hasta que él decide posar su mirada en ellas: «Incluso el resto de tus amantes me parecían insulsas hasta que advertía la atención que les prestabas. Desconozco el valor de cualquier cosa. Y si no me ves, no soy nada» (p. 11). En «Claustrofobia», la madre le espeta a la protagonista que tiene que estar orgullosa de tener la pareja que tiene. Ella, entonces, reflexiona acerca de su existencia en segundo plano: «¿Cómo podía estar orgullosa de algo que no era un logro mío sino su reverso? A no ser que yo sea una parte tuya tan secundaria que cuando comes yo lo saboreo; cuando orinas, me quedo vacía» (p. 70). En «Ahogo», ese desasosiego de no saberse sujeto es de una evidencia incuestionable: «¿Cómo he vivido esos momentos en que nos dejabas? En suspenso. Pensé que estar sin ti significaría libertad, y no lo es. Lo que tengo contigo está fijado a diferentes partes de mi cuerpo. Cuando me muevo, cuanto te mueves, una de ellas tira y otras se sueltan, así que no me siento atada a esas partes, aunque lo estoy» (p. 114).

En los relatos de Walsh, se evidencia la noción del tiempo y la experiencia como elementos que articulan la identidad de estas mujeres. «Para otra gente, quizás, sigo teniendo un aspecto fresco: para esa gente que aún no ha visto este vestido, estos zapatos. Pero, para mí, para ti, ya no puedo representar el glamour de la primera mirada. Aparecer por vez primera es magnífico» (p. 12); «Viviendo como llevo viviendo muchos años con mi marido, ya sé qué le gusta desayunar, y es ahí donde las mujeres en línea tienen ventaja sobre mí: al desconocer qué le gusta desayunar a mi marido, le pueden preguntar qué le gusta desayunar y, de ese modo, empezar una conversación» (p. 54). El paso del tiempo las anula, en tanto que ya no representan «las cosas prístinas», que diría Pound. Descubren que todo puede sustituirse, que todas son reemplazables, que se repiten en bucle: «El hogar es un ensayo, y con ello me refiero a una répétition» (p. 63). Pero es en esta narración que hacen de sus vidas, en la articulación del tiempo en el relato, donde puede darse la reflexión acerca del mismo como condición de su experiencia y, por consiguiente, de su identidad.

En Tiempo y narración III, Paul Ricoeur sostiene que «sin la ayuda de la narración, el problema de la identidad personal está condenado a una antinomia sin solución: o se presenta un sujeto idéntico a sí mismo en la diversidad de sus estados, o se sostiene […] que ese sujeto idéntico no es más que una ilusión substancialista». Pero el dilema desaparece si esta identidad substancial es entendida como una identidad narrativa, que descansa forzosamente en una estructura temporal. La identidad narrativa permite la introducción del cambio, de lo mutable. Es entonces cuando la historia de una vida puede verse reconfigurada constantemente sin perder su cohesión. La narración permite dar cuenta de esta existencia temporal, de esta realidad abstracta que «adquiere significación antropológica en la medida en que pueda ser articulad[a] en una narración». De esta manera, todo acto de autoconsciencia está siempre sujeto a una reactualización. La verdad del sujeto dura lo mismo que su enunciación. El acto de escritura tiene una capacidad transformadora.

La identidad narrativa, al cabo, no solo plantea la posibilidad de una reactualización constante —y la posibilidad, con ello, de salir de esa historia que ha permeado la identidad de las mujeres— sino que también propone una realidad asintótica, en continua elaboración. En el último relato, la protagonista nos conmina a seguir «moviendo los brazos y las piernas y [a] observar las olas, que casi parecen moverse hacia adelante» (p. 119). A pesar de la angustia y la desesperanza, la mujer de «Ahogo» quiere ver cierto movimiento en el mar en el que nada. Es un mundo que sigue adelante pero que las deja atrás, sumergidas en el bucle de sus identidades. Con todo, ella puede volver a contarse, puesto que el relato, en suma, es nuestra manera de vivir en el mundo. Subyace, en el fondo, una penosa esperanza, una «desesperación [que] rápidamente se muda en felicidad [y que vuelve, de nuevo] a la desesperación» (p. 119). Y a pesar de todo, continúa atravesando el abismo. Una y otra vez. Una vez más.

Joanna Walsh, Vértigo, Periférica, Cáceres, 2018, 128 pp.

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