Anita Brookner fue una importante novelista e historiadora del arte británica. Galardonada con el Premio Booker gracias a su novela Hôtel du Lac, fue además la primera mujer en obtener una cátedra en la Universidad de Cambridge. Un debut en la vida es su primera novela, que escribió a la edad de cincuenta y tres años. En consonancia con ello, a menudo la crítica ha relacionado a la persona de Brookner con las protagonistas de sus obras; mujeres maduras e intelectuales, emocionalmente secas, que no participan de la vida amorosa por convicción, desidia o un destino aparentemente inevitable. Según Barthes, «La explicación de la obra se busca siempre por el lado de quien la ha producido», como si el texto no fuera otra cosa que un desdoblamiento del autor. Por descontado, el material literario del que Anita dispone procede de su propia vida, está inspirado en ella —no puede, de otro modo, escribir desde un lugar que no es el suyo—; pero lo que hay de verdadero en sus personajes no es la mímesis que se le supone a un referente que no es tal, sino la construcción de una identidad que respira a expensas de ella misma. Ruth Weiss, la protagonista del libro que nos ocupa, no es Anita Brookner. Lo real —el efecto de lo real— que se produce a través de su lectura, tiene su explicación en la impecable representación que la autora hace de la experiencia femenina. Brookner realiza un retrato minucioso de los temores y deseos que Ruth experimenta como mujer, de las dificultades y vicisitudes de una joven intelectual que espera que la literatura haga su aparición en una vida mediocre y sin adornos, que cree que puede convertirse en unas de las heroínas de las novelas que lee.

En una ocasión, oí mencionar a un editor de renombre que aquello que el lector esperaba de un libro es que le hiciera feliz; y que a eso, por tanto, era a lo que debíamos ceñirnos cuando trabajásemos en la creación del mismo. Como lectora infatigable, la literatura nunca me hizo feliz, muy al contrario. Como también es cierto, que aquel hombre probablemente se refería a un tipo muy concreto de lector, con el cual yo no puedo identificarme. Si pensamos en la recepción del texto, la escisión que se produce entre un lector ocasional y otro más avezado resulta evidente —con lo cual, mi objeción tendría ninguna o poca importancia—, e incluso para Barthes, el sentido del texto estaba en el placer que producía. Pero he aquí un matiz importante. El goce de la literatura no es del mismo orden que el goce de lo cotidiano. La vida ordinaria se agota, produce objetos que permanecerán delimitados por siempre. Cuando se introduce la mediación de lo estético, cuando lo que sucede es el lenguaje, cuando es este el que reflexiona sobre sí mismo —y en consecuencia, también sobre su referente— se desliza una suerte de verdad que aniquila, que se instala en nosotros y nos roe con paciencia, sin que nos demos cuenta, apenas como un murmullo. Los ojos de la literatura pulverizan la rosa. El placer de la lectura nos hace miserables. Y como a mí me sucedió, «a sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida» (p.5).

Hija de un matrimonio infantil y temeroso del mundo —una actriz de segunda y un librero sin vocación—, y poseedora de una belleza rala, difícil de armonizar, Ruth Weiss pasa su infancia y adolescencia entre libros, en el salón de la biblioteca. Lee sobre todo a Balzac, cuya novela Eugénie Grandet se convertirá inevitablemente en el paradigma de su vida. Como escribiría Clarice Lispector en Felicidad clandestina, en adelante no sería más «una niña con un libro: era una mujer con su amante». Ya de adulta, cuando se convierta en una joven investigadora, confiará, inútilmente, en asistir a ese cambio que espera desde que era una niña, en salir de esa cotidianeidad que la conduce una y otra vez a su hogar, pero su carácter ingenuo y su estricto código moral la convertirán en una víctima fácil del egoísmo de sus familiares y amigos, cuyas demandas y ruegos impedirán su progreso. Se sucederán dos ocasiones para que el «baile pueda materializarse» (p. 5), pero las circunstancias siempre acabarán por devolverla a la vulgaridad de su vida. Será en su viaje a París, cuando descubra que quizás su actitud pasiva y complaciente ha sido una de las grandes culpables de que su vida no fuera la que ella esperaba. Como tematiza su propia tesis doctoral, «Vicio y virtud en Balzac», quizás la virtud no es lo que la conducirá a vivir un amor apasionado, a disfrutar de una existencia pródiga en experiencias. Ruth «empezó a ver el mundo desde el prisma oportunista de Balzac. Su intuición mejoró. Comprendió que las historias moralistas se equivocaban mayoritariamente, que incluso Charles Dickens se equivocaba, y que el mundo no se conquista con la virtud» (p. 118).

Julian Barnes, amigo de Brookner y en el prólogo a esta edición, nos dice acerca del universo narrativo de la autora, que «la liebre siempre gana a la tortuga, y creer o esperar lo contrario es una muestra de sentimentalismo». Un debut en la vida es una muestra clara de ello. Esperar que, al habernos conducido de forma íntegra y honesta, la vida va a tratarnos con delicadeza, es una ficción que solo puede sostenerse en los libros. Lo que Brookner realiza en esta obra es valioso por cuanto no produce correlatos ideológicos. Una persona vulgar y temerosa como Ruth no tiene muchas posibilidades de triunfar ni de convertirse en alguien exitoso, y esto nos lo muestra la autora con una ironía que nos permite aceptar lo que le sucede con la misma resignación que la protagonista. Un debut en la vida es la narración de un fracaso que forma parte de nuestra realidad, que nos resulta cercano en tanto que nos interpela a nosotros como víctimas de una historia que nos ha dejado afuera. Como le ocurre a Ruth, hemos asistido a la disolución de los grandes relatos, al progresivo deterioro de nuestras identidades y nuestras vidas. Y pese a todo, lo importante es la asunción del vacío, lo importante es seguir leyendo.

Anita Brookner, Un debut en la vida, Libros del Asteroide, Barcelona, 2018, 211 pp.

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