Ananda Devi es una escritora mauriciana de reconocido prestigio nacida el 23 de marzo de 1957 en Trois-Boutiques. Perteneciente a la tercera generación de una familia emigrada en la isla en el siglo XIX, reúne en su sangre una mezcla de ascendencia india —del estado de Andhra Pradesh— y criolla. La autora aprendió telugu y criollo en su hogar; y a partir de su ingreso en la escuela aprenderá el inglés y el francés. Empezará a escribir desde muy joven, siendo el francés la lengua escogida para su labor literaria. Su estilo personal de un profundo lirismo, que habita en los márgenes de la prosa poética, ha sido para ella el obstáculo y el medio para legitimarse en su propia escritura. A pesar de su incuestionable calidad literaria, a lo largo de su periplo como escritora fue rechazada por muchos editores: su primera obra tuvo que publicarla con sus propios medios, lo que no le impidió seguir escribiendo hasta llegar a ser una autora reconocida. Actualmente es publicada por una editorial de renombre como es Gallimard, pero la delimitación ideológica entre escritores francófonos y escritores franceses le ha reportado todavía algunas dificultades, como, por ejemplo, la exigencia de una alteridad o exotismo forzados; resultando que del desacuerdo de Ananda ante estas imposiciones, se derive una escritura contraexótica, como ocurre en Suspiro.

Suspiro es una novela que se enraíza en la violencia. Su voz es apenas un hálito de vida, un remedo de existencia que se sabe caduco, extraño a un mundo al que ya no parece pertenecer. Los personajes de la novela son conscientes de su propia ausencia: son seres elásticos, ligados al ahora, sin memoria. Pero abrazan su esencia —vomye numen—, sin duda estamos mejor siendo nosotros que siendo el Otro. A pesar de sus carencias y del corazón perforado y hueco como un tocón de madera, los habitantes de Soupir son orgullosos, son brutales. La violencia recorre todos los intersticios y pasajes de la narración, estalla entre ellos y hacia ellos como excrecencias que llevan adheridas al cuerpo.

Devi sitúa los hechos en la isla Rodrigues; dependencia de la República de Mauricio, lugar de nacimiento de la autora y antigua colonia francesa. Como he mencionado antes, a la autora se le ha exigido una escritura exótica, que respondiese a los parámetros establecidos sobre el «tipismo» foráneo. Pero su renuencia a ser encasillada la lleva a hiperbolizar una imagen contraria al exotismo: los habitantes de la isla son salvajes, sucios, pobres y desarraigados; las mujeres son siempre víctimas de la bestialidad de los hombres; los personajes de su novela no nacen como los demás, sino que parece que han sido expulsados como un vómito de la propia tierra, que se deshace de ellos. Son desgraciados y saben que lo son, en ellos no queda nada de esa imagen sensual y acogedora que sí mantienen todavía los habitantes de Mauricio: «En Mauricio los lugares tienen nombres que significan cosas como Polvo de Oro, Amistad, Aventura, Bella Sombra, Buena Tierra. En Rodrigues los nombres significan Revientacorazones, el Quemado, isla del Destino, Cuatro vientos, Suspiro» (p.37).

En Los condenados de la tierra, Frantz Fanon teoriza acerca de la agresividad del colonizado para con los suyos, que se explica por la razón de su propia explotación. La rabia y la violencia contra los miembros de su propia «tribu» funcionan a modo de catarsis para liberar la tensión y la frustración acumulada por la situación en la que viven: «Esa agresividad sedimentada en sus músculos va a manifestarla el colonizado primero contra los suyos. […] Mientras que el colono o el policía pueden, diariamente, golpear al colonizado, insultarlo, ponerlo de rodillas, se verá al colonizado sacar su cuchillo a la menor mirada hostil o agresiva de otro colonizado». Los protagonistas de Suspiro no son ya colonizados sino en última instancia, pues el pasado de sus orígenes ni lo recuerdan ni lo hacen suyo; sin embargo, todavía quedan en ellos humores que provienen de la colonización de sus antecesores: rabia, violencia, y una profunda certeza de que no hay ligazón que los una a territorio o identidad alguna. La maldición que pesa sobre la isla, y cuyo origen yace en la terrible muerte de los veinte esclavos que allí vivían, no es otra cosa que la materialización de esta rabia, de esos «viejos rencores arraigados» que decía Fanon. De este modo, esa violencia contenida se manifestará en las relaciones que los unen a los demás habitantes de la isla.

El punto de inflexión en sus vidas y que marca el comienzo de la novela es el encuentro con el cadáver ahorcado de Constance, la anciana que vivía completamente sola en Soupir. En un acto ritual y desesperado, estos hombres y mujeres se comen los conejos salvajes que vivían con la anciana. Al hacerlo, algo de ella les es transferido: la memoria de los esclavos y el convencimiento de que tienen que instalarse en Soupir, porque allí encontrarán aquello que buscan. Los personajes que conforman el grupo de protagonistas son nueve. Cuatro hombres: Bertrand el Trabajador, Patrice el Ilustrado, el Hojalata y Louis Bienvenido; y cuatro mujeres: Corinne, Pitié, Marivonne y Noëlla. La novena persona es Royal Palm, que no pertenece realmente al grupo sino que sirve de nexo entre ellos, y que acabará precipitando los acontecimientos finales al comunicar a los cuatro hombres aquellos que las mujeres les ocultan.

A pesar de que la violencia recorra toda la narración y esté presente en todos ellos, las mujeres constituyen el receptáculo último adónde va a parar toda esa fuerza destructora. Ellas son doblemente exiliadas y esclavas: por ser descendientes de colonizados y por su condición de mujer. Los hombres han sido violentados de forma estructural y simbólica por un sistema que los oprime y los empobrece; llevan inscrito en el cuerpo el sometimiento que han ejercido sobre ellos. Sin embargo, reproducen estas violencias con los miembros de su comunidad, y en esta colisión de fuerzas las mujeres resultan las más afectadas. A partir del análisis de las relaciones que establecen cada una de ellas, podemos ver hasta qué punto la violencia en Suspiro se sostiene y se comunica de forma interrelacional, resultando que de esto las mujeres padezcan las mayores atrocidades. A la misma vez, las mujeres constituyen una salvaguarda para con ellas mismas, pues se muestran unidas de forma sorora a través del dolor que comparten, víctimas de una misma situación; mientras que aquello que une a los hombres es la traición y lo abyecto.

Si puede hablarse de un posible agenciamiento en esta novela, Corinne es sin duda la única que puede detentar esta posición. Como todos los personajes femeninos, resulta herida cruelmente por un hombre; pero esto no la incapacita, no la deja sin posibilidad de agencia o empoderamiento, sino que la dota de un enorme poder de destrucción. El amor de los hombres, dice Corinne, construye a las mujeres para después destruirlas. Pero Corinne desterrará este amor para siempre y nunca más permitirá que ejerza ninguna influencia sobre ella. Los actos atroces que comete son en realidad para sí misma. «Cada golpe de navaja la devolvía a sí misma, reconstruía su carne marchita» (p. 56).

La mujer que concentra la mayor carga de violencia es Pitié. Recibe su nombre (Pitié, ‘lástima’) de parte de Corinne en el instante en que la acoge, tras haberla visto hambrienta y destrozada. Aunque todos los personajes de la novela muestran un fuerte sentimiento de no-futuro, Pitié llega mucho más allá, ya que «contará su vida a partir de su muerte, a los once años de edad» (p. 124). Fue en ese temprano momento de su existencia cuando comenzó a ser violada periódicamente por un turista que, debido a su condición de lepasan, de desmemoriado crónico, es capaz de ejecutar los actos más atroces. Según Michel Wieviorka y su teoría del sujeto en relación con la violencia, el extranjero se correspondería con la figura del «antisujeto», pues libera su violencia sádica de forma gratuita, como un fin en sí mismo. En el cuerpo de Pitié encuentra la forma de autoafirmarse, y si la agrede brutalmente es para librarse de su violencia interior, para «librarse mejor de sus gritos» (p. 178).

Los cuatro hombres protagonistas de Suspiro, que han herido a sus mujeres tanto o más que a sí mismos, se sienten atrapados y llenos de odio. Cuando Royal Palm les escupa a cada uno de ellos el daño y la violencia que han ejercido, los cuatro se unirán y actuarán como un solo sujeto: «Así nos levantamos como un solo hombre, unidos los cuatro por nuestra traición, seguros de estar haciendo lo que debíamos porque los hombres son así, no dudan, actúan, deciden, agarran el destino y lo desmenuzan con la mano» (p. 195). Violarán a Noëlla, hija de Marivonne, y la matarán. Al entrar en Noëlla sentirán que entran en Rodrigues, porque Noëlla es Soupir, es Rodrigues, es el infierno que habitan.

El acto que perpetran es un ritual de liberación; creen estar liberando a Noëlla pero lo que hacen es liberar algo de sí mismos. En La violencia y lo sagrado, René Girard explica que el sacrificio ritual es el sustitutivo de la violencia que, desviada hacia la víctima sacrificial, «pierde de vista el objeto apuntado por ella». Es decir, el objeto inicial causante de esa violencia se ve desplazado hacia un chivo expiatorio: en este caso, hacia Noëlla. Este sacrificio ritual los protege a ellos de su propia violencia, canalizándola a través de la víctima. Noëlla representa todo aquello que más odian, mientras que su existencia les recuerda constantemente su propia situación.

Como afirma Girard, el sacrificio ritual «tiene como función apaciguar las violencias intestinas», y, de hecho, después de los actos perpetrados, cualquier rastro de violencia ha desaparecido: se ha interrumpido el ciclo. El rito busca siempre evitar una violencia mayor, tiene un carácter preventivo y concentra toda la agresividad en una sola víctima para poder liberar la violencia contenida de manera que no estalle de forma aún peor. La decisión final, por tanto, de atentar contra sí mismos, no sería ya un acto de violencia, por cuanto ya no queda nada del odio y de la cólera. Para mirar en su interior y nacer de su ausencia, tenían que ir al encuentro de aquella fuerza destructora que habitaba dentro de ellos, que «había aparecido dentro de [ellos] en el momento de nacer en la tierra de Rodrigues» (p. 167).

Es su liberación. Solo poniendo fin a su vida podían acabar con el ciclo de violencia que los recorría a todos y que parecía no tener fin. La liberación de su rabia a través de la violación de Noëlla les concede la calma para aceptar su destino, que no es otro que el cese de la violencia que se sucede con la muerte. Ellos ya no tienen la oportunidad de salvarse; otros mundos vendrán, pero el suyo no existe y es algo que tienen que aceptar. Porque mueren para poder ser libres. Porque nacen a partir de su muerte.

Ananda Devi, Suspiro, El Cobre Ediciones, Barcelona, 2004, 216 pp.

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