Robin Myers (Nueva York, 1987) es una joven poeta y traductora que actualmente vive y trabaja en Ciudad de México. Sus poemas han sido publicados en revistas literarias estadounidenses y traducidos al castellano. Licenciada en Letras Inglesas por el Swarthmore College en Pennsylvania, su obra ha sido recogida en antologías a los dos lados del Atlántico: Amalgama (Ediciones Antílope, 2016) y Lo demás (Kriller71, 2016). Kriller71 ha publicado este año 2019 una traducción de su poemario Tener.

 


 

Este año 2019 la editorial española Kriller71 ha publicado una traducción de tu poemario Tener (Having), también publicado en México por Ediciones Antílope y en Argentina por Audisea. Tú eres traductora y resides en Ciudad de México, ¿cómo es la experiencia de volver a leer tus propios poemas traducidos?

Siempre me conmueve y me emociona. Como traductora, vivo todos los días el proceso de involucrarme, de comprometerme y de relacionarme con las palabras ajenas —y de interiorizarlas, claro, hasta que ya no lo sean. Para mí es un gran honor que otras personas hayan escogido vivir ese proceso con mi trabajo como poeta, y no les tengo sino gratitud y respeto. Digo respeto también en el sentido de querer respetar siempre el derecho y la experiencia de toda traductora de hacer suyo el texto. Se podría decir que esa postura implica tomar una cierta distancia de mis propios poemas traducidos. Al mismo tiempo, el hecho de vivir en la Ciudad de México y de haber publicado libros aquí y en otros países hispanoparlantes —pero no en mi país de origen, ni exclusivamente en mi idioma de origen— quiere decir que me vinculo de manera intensa con las traducciones que se han hecho de mi trabajo. Es decir, para nada las siento como textos ajenos que andan por ahí sin que yo interactúe con ellos. Todo lo contrario: son las traducciones, son el trabajo de otras personas, lo que termino compartiendo si me toca participar en una lectura en voz alta o en un festival de poesía. En otras palabras, en el día a día de mi vida como poeta me representan más directamente las traducciones que los poemas originales. Siempre termino compartiendo el trabajo de alguien más cuando comparto el mío. Esa simultaneidad, esa complicidad, es una experiencia hermosa.

Tus poemas tratan a menudo de la interdependencia y la relación que hay entre todas las cosas, de esa realidad relacional que señala Sara Torres en el prólogo de la edición castellana de Tener. Si la poesía es un encuentro con el otro, ¿crees que el individualismo de esta época dificulta esa experiencia?

Tal vez en cierto sentido. En efecto, recibimos muchos mensajes que nos alientan a no ver más allá de nuestras narices. ¡Y no es que no exista bastante poesía que hace lo mismo! Un poema puede ser emocional o éticamente tan flojo como cualquier otra cosa. Pero también siento que ante el individualismo de nuestros tiempos —y no solo eso, sino también ante las oleadas derechistas que vemos surgiendo y fortaleciéndose alrededor del mundo: tendencias políticas que repudian la curiosidad y la empatía y buscan aplastarlas— existe una gran sed de contacto y conexión, de compartir la urgencia del momento, del encuentro con el otro, del encuentro con todos los otros que también contenemos nosotros. Sería un error equiparar la poesía con el activismo, con el tipo de resistencia que implica poner el cuerpo en riesgo. Pero sí creo que la poesía ofrece una práctica de escucha y de comunicación que resiste lo cerrado, lo instrumental, lo indiferente o incluso lo hostil que caracteriza buena parte del proselitismo políticosocial que absorbemos todos los días.

En Tener el yo poético es siempre un hombre o un niño, ¿usar ese yo masculino es también un intento de encuentro con el otro? ¿O una reivindicación de la androginia, al estilo de Virginia Woolf?

Tener nació de un deseo de experimentar con la idea de la voz poética. Quería encontrar una manera de salir de mi zona de confort, siendo mi estilo principalmente narrativo, discursivo, de versos serpenteantes y poemas más o menos largos. Se me ocurrió adoptar la perspectiva de un especie de personaje, y así empecé con el de un señor que sí había conocido en la vida real, cuando viví en Palestina. Recordar su voz —firme, asertiva, que era además la voz de alguien que hablaba varios idiomas y que por lo tanto conocí yo en traducción— me hizo sentir más libre de experimentar con un rango de registros que al principio no sentí del todo míos. No fue hasta después que empecé a preguntarme si no había querido asumir, aunque fuera inconscientemente, una especie de autoridad —en mi tono, quiero decir; en mi voz— que está más comúnmente socializada como masculina. Como feminista, es un tema que me resulta tan interesante como perturbador. En todo caso, conforme fui escribiendo los poemas de Tener, empecé también a sentir que esa voz se diluía, o al menos cambiaba. A veces sentía que los poemas le pertenecían, sin duda, a la voz de ese otro que yo no soy; a veces los sentía mucho más parecidos a mi estilo de siempre, por así decirlo; a veces sentía que ocupaban una zona intermedia, nebulosa. Llegó a parecerme esencial que el yo poético nunca fuera nombrado. Tampoco su lugar de origen. Quería que la presencia de mi personaje se sintiera. Pero quería que se complejizara, o se multiplicara. Quería que el yo derivara en una reflexión posible sobre muchas cosas interrelacionadas: la inestabilidad de la memoria, lo escurridizo o por lo menos lo movedizo de la identidad, la multiplicidad de las voces que todos —escribamos o no— contenemos, la androginia como una pregunta abierta que no se tiene que contestar.

Como efecto secundario y no anticipado, me gusta que la incertidumbre del género exponga de pronto las expectativas que suelen tenerse de la poesía —es decir, que el yo poético tendría que alinearse biográficamente con el yo del autor en la vida real, cosa que no se espera tanto de la narrativa, por ejemplo. Cuando Ezequiel Zaidenwerg tradujo y publicó los primeros poemas en su blog, hasta hubo quienes le escribieron para decirle que se había equivocado, que yo (Robin) era mujer, entonces ¿por qué había traducido los poemas con pronombres masculinos? No se me había ocurrido que la gente podría reaccionar así y me pareció muy revelador. Y también divertido.

En otras ocasiones has comentado que la poesía no tiene por qué decir la verdad, conmover al lector o ser un artefacto bello. Dices también que la poesía da cuenta de una transformación, pero las imágenes que utilizas son sorprendentemente sencillas. ¿Qué tipo de metafísica o transformación opera en lo cotidiano?

En lo cotidiano está toda la gramática que conjugamos al vivirla. Está lo mundano —que puede ser sofocante o entrañable o ambas cosas en momentos distintos— de la rutina, el entorno, el trabajo. Pero también están todas las grandes épicas que se filtran a través de esas minucias: el amor, la opresión, la muerte, la crueldad y la generosidad. No nos escapamos ni de lo banal ni de la inmensidad de lo que nos toca vivir, y siento que el arte —la poesía, en este caso— es sobre todo un reto de escala. Pide cierta apertura, cierta elasticidad a la hora de hacer zoom in o zoom out. Los poemas que más admiro hacen ambas cosas: manejan bien —o sea de manera sorprendente— su zoom. Ahí está la transformación, según lo veo yo, o al menos su posibilidad.

En uno de tus poemas un niño se entristece al entender que, aunque muera, sus padres serán capaces de vivir sin él. ¿Hablas de la crueldad en la infancia o de lo perverso de todo aquel amor nacido de la necesidad?

No fue mi intención hablar de nada cruel ni perverso. Para mí, el poema trata del momento en que un niño se da cuenta no solo de la inevitabilidad de sus propias pérdidas eventuales —la futura muerte de sus padres— sino también de la probabilidad, terrible pero extraordinaria, de que la vida seguirá después. Y lo mismo le tocaría a sus padres en el caso de perderlo a él. En ese sentido, es un momento de curiosa y prematura reciprocidad con los padres, y un momento también de honestidad radical de parte de ellos.

Actualmente estamos viviendo un boom de la literatura escrita por mujeres al mismo tiempo que se da una versión del #MeToo en las letras hispanoamericanas. Escritores como Vargas Llosa acusan a feministas de apostar por la cantidad y no por la calidad de las obras. ¿Qué opinas de todo esto?

Para mí, la postura de Vargas Llosa solo nos transmite dos cosas. Una —y no es ninguna novedad—, que él es partidario del statu quo y el statu quo es misógino. Y dos, hay tantas autoras escribiendo libros increíbles en tantos lados que la queja de cantidad contra calidad sencillamente no viene al caso. En otras palabras: ¡No creo que Vargas Llosa esté leyendo mucha literatura escrita por mujeres! Por supuesto que sus comentarios me parecen ofensivos, pero también me aburren, y me aburre él. Me emociona mucho el momento que estamos viviendo, tanto por todo lo que está siendo escrito por mujeres como por el hecho de que nos estamos apoyando más entre nosotras que buscando la aprobación de los Vargas Llosa del mundo. El #MeToo no es solo un coro de reclamos, sino también un recuento de lo que ya no estamos interesadas en tolerar, y de lo que sabemos que tenemos y que nadie nos puede quitar. Escucho en el tono de los Vargas Llosa una cierta indignación ante la posibilidad de su irrelevancia, y eso francamente me complace. Al final es fácil que la soberbia, como tantos otros males, termine en irrelevancia.

Para finalizar, y en relación a la pregunta anterior, en otro de tus poemas hablas de lo difícil que te resulta ver la diferencia entre «perpetuar» y «perpetrar». ¿Qué se puede hacer para evitar perpetuar una situación injusta que nos precede?

Para empezar, hay que asumir que ciertas injusticias no solo nos preceden sino que nos han producido. Somos muchos los que descendemos de gente que abusó, oprimió o colonizó. Somos ciudadanos de gobiernos que cometen atrocidades o actos de hipocresía. Y no ganamos nada —en el sentido de nuestra comunicación y conexión con los demás— haciendo como si eso no fuera cierto. O haciendo como si eso no importara simplemente porque nosotros como personas somos buena onda o lo que sea. Reflexionar acerca de las brutalidades de nuestro pasado compartido —y nuestro presente compartido— no tiene por qué ser ningún despliegue histriónico de vergüenza autocomplaciente. Todo lo contrario: hacerles frente puede ser el comienzo —callado, reflexivo, sincero, radicado en la escucha y no en el protagonismo— de una verdadera conversación.

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