Decía el escritor y periodista francés Antoine de Rivarol que «la razón se compone de verdades que hay que decir y verdades que hay que callar». Al parecer, durante siglos, una multitud de hombres razonables han considerado que la escritura de las mujeres no puede sino ser una de esas verdades que hay que mantener en secreto. De otra forma, difícilmente se podría explicar que Amrita Pritam —la poeta y novelista más famosa del Panyab y autora de más de cien obras— no haya sido traducida al castellano hasta este mismo año. Es  cierto que, cuando se acude a comprobar la lista de los escritores más traducidos del mundo, uno puede interpretar que existe una cierta paridad, pero tal conjetura no resiste a un análisis más profundo: la mayoría de las autoras que aparecen en esta lista cultivan géneros —como la novela romántica o la juvenil— que los hombres siempre han considerado menores y que, por tanto, se han asociado a una escritura femenina —o que, precisamente por haber sido cultivados inicialmente por mujeres,  han sido despreciados—; quedando así un extenso limbo habitado por una gran cantidad de autoras (la mayoría de lengua no inglesa) que, por moverse en un terreno habitualmente reservado a los hombres, han sido primero ninguneadas en su lengua materna y después ignoradas más allá de sus fronteras.

Pinjar. El esqueleto y otras historias, que nos llega de la mano de Distinta Tinta Ediciones, consta de la primera novela de Amrita Pritam (Pinjar) y del relato largo Ese hombre. Nos centraremos aquí en comentar la novela Pinjar (1950), considerada una de las novelas emblemáticas sobre la partición de la India, cuyo lirismo y ánimo de denuncia social serán rasgos característicos de toda la obra posterior de la autora, siendo más acuciante esta denuncia a partir de los años sesenta, momento en que Amrita se adhiere sin reservas al movimiento feminista.

En Pinjar, Amrita Pritam nos cuenta la historia de Puro, una muchacha de origen hindú que es raptada por Rashid, un joven musulmán, poco antes de casarse con Ramchad, su prometido. Lo que Rashid ha robado no es solo la presencia de Puro, sino también la honra de la joven a ojos de la familia. Nadie vendrá a buscarla. Rashid consigue así no solo a la muchacha que desea, sino que también consuma una particular venganza, ya que en el pasado la familia de Puro robó la mujer del tío de Rashid, jurando este último devolver la jugada y seguir perpetuando esta tradición perversa que reduce a las mujeres a simple mercancía: artículos de prestigio que cambian de manos en un mundo dominado por los hombres.

Con el paso de los años, a Puro no le queda más remedio que seguir su vida con Rashid. Le tatúan su nuevo nombre, «Hamida», que será el que utilicen los familiares de Rashid para dirigirse a ella y que, con el tiempo, acabará haciendo suyo. Al cabo se queda embarazada y tiene un hijo que en un principio repudia, comparándolo con las babosas que quitaba de las vainas de guisantes cuando era pequeña: pegajosas y repugnantes. Hamida pasa las tardes pensativa, triste, pero ya sin lágrimas que derramar. Se siente muerta, un esqueleto, una vaina vacía, una planta que vive por inercia, sin posibilidad de cambio ni voluntad alguna. Se siente incapaz de sentir amor por su hijo o por el hombre que robó su nombre, su vida, su verdadera vida, aquella a la que estaba destinada junto a Ramchad. En un momento de lucidez, tras observar el comportamiento de los jóvenes de la aldea, se da cuenta de que en realidad es eso lo que hacen con todas las mujeres: «Los chicos robaron miradas a las chicas, rieron como las chicas […] ¿Y si todas las chicas eran secuestradas?» (p. 24).

Solo el descubrimiento de la experiencia de las otras mujeres y el afloramiento de un cierto sentimiento de sororidad salvará a Hamida de la muerte. Primero conoce a Kammo, una muchacha a la que su familia no quiere. La chica despierta el instinto maternal de Hamida, dejando a un lado a su propio hijo para consolarla,  surgiendo así una complicidad que no había conocido hasta ese momento. Pero Kammo es musulmana y ella una hindú raptada, lo que al final desemboca en presiones familiares que la apartan de su lado. Más tarde conocerá a Taro, una muchacha rebelde que carga contra la institución del matrimonio concertado. La madre de Taro intenta explicarle que la tradición dice que en cuanto una mujer es entrega a su marido, «depende del marido tratarla como quiera. Es el privilegio del hombre». A lo que Taro responde denunciando la situación de las mujeres: «no hay justicia en este mundo. Los grilletes de Dios son solo para [nuestros] pies» (p. 32). Finalmente, se topará con una mujer a la que llaman «la mujer loca» o «el pinjar», por su deteriorado aspecto. La mujer ronda por el pueblo robando, riendo y gritando a todo volumen y haciendo caso omiso de cualquier norma social. Pronto Hamida descubre que fue violada y, quedando embarazada, fue totalmente repudiada por su entorno. Ya nada le importa en la vida. A los pocos días, la mujer da a luz y muere en el parto.

La comunicación que Puro ha establecido con las otras mujeres del pueblo, el relato de una experiencia en común, acaba produciendo su sanación. Poseída por renovadas fuerzas, Hamida convence a Rashid para quedarse al niño de la mujer loca. Rashid llega a defender la decisión de su mujer en contra de la voluntad de los ancianos del pueblo, lo que, unido a los cuidados que este proporciona a Hamida, van consiguiendo que la mujer llegue a quererlo, quizás no como al amor de su vida, pero sí como a un compañero. Además, el encuentro con su antiguo prometido la convence de que ese tiempo ya pasó, de que ahora su lugar es otro. Puede que le robaran aquella vida a la que estaba destinada, pero ahora ha vuelto a nacer y hay otra vida esperándola.

Al poco estalla la guerra entre hindúes y musulmanes. La partición de la India hace de las mujeres dobles víctimas. Miles de mujeres son secuestradas, violadas, humilladas. Las costumbres que hacían corresponder el valor de las mujeres a su «honra» (es decir, a su castidad), se muestran totalmente absurdas. Hamida descubre que Lajo, la mujer de su hermano pequeño —al que no llegó a conocer— está secuestrada en una casa. Entonces, planea con Rashid su rescate y juntos la devuelven a su familia. Rashid, consciente al fin del horror de sus actos pasados, siente que está saldando una deuda de honor. Los tiempos del oprobio han terminado, y aunque Lajo muestra temor a ser rechazada por la familia, Hamida la tranquiliza con la certeza de que ya «nadie puede burlarse de otro. La gente está recuperando a sus hijas y hermanas» (p. 69). Así, Hamida, después de haber entendido que no debía culparse a sí misma y de lograr también perdonar a su familia, acaba realizando un acto contra la injusticia del mundo. Hamida ya no es la muchacha raptada; la sororidad, el amor ha hecho la carne y deshaciéndose de «los grilletes de Dios» —que no son sino los grilletes de los hombres—, deja de ser aquella contada por los otros para contar al fin su propia historia.

Tanto Walter Benjamin como Georg Lukács coincidían en señalar que la novela surge en un determinado tiempo histórico, no solo reflejándolo, sino mostrando el profundo desgarramiento provocado en ese tiempo entre el individuo y su mundo. Por esto mismo, la historia de las mujeres del Panyab no podía ser contada desde el paternalismo colonial de tantos hombres blancos que, desde sus cómodos hogares, quisieron enseñar los modales británicos a los «salvajes» del lugar. Es algo que, a menudo, señala la teórica poscolonialista Gayatri Spivak, quien nos advierte que «si en el contexto de la producción colonial el individuo subalterno no tiene historia y no puede hablar, cuando ese individuo subalterno es una mujer su destino se encuentra todavía más profundamente a oscuras». La labor de Amrita Pritam tiene así un valor doble, ya que Pinjar nos da a conocer la complicada situación de las mujeres del Panyab, recogiendo sus propias voces a través de las canciones que estas cantaban cuando iban a la fuente o estaban en la cocina, y a la vez nos muestra la importancia de las redes de solidaridad: el efecto sanador que la comunicación de una experiencia común tiene en las oprimidas, en el sujeto silenciado de la historia.

Amrita Pritam, Pinjar. El esqueleto y otras historias, Distinta Tinta Ediciones, Madrid, 2018, 144 pp.

2 Respuestas

    • admin

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