Mientras estás leyendo esto, el mundo está al borde del abismo. No se trata de ningún secreto. Es ese algo que todos sabemos —o deberíamos saber— y que a nadie parece importarle. ¿Y cómo es posible que hayamos llegado a tal grado de indiferencia? ¿Qué podemos hacer para volver a tomar las riendas de nuestro tiempo? Quizás estas, entre otras, fueron las preguntas que llevaron a Marina Garcés a escribir Nueva ilustración radical.

La filósofa catalana nunca se ha sentido cómoda en ese academicismo anestesiado, de estómagos agradecidos y vendas en los ojos, que, por desgracia, resulta tan habitual en una época que se ha esforzado a conciencia en minimizar su capacidad para formar espíritus críticos. Siempre al frente de movimientos sociales, su palabra nunca ha dejado de ser combativa, de remover conciencias como el que remueve aguas estancadas, renegando de la diatriba estéril, centrada en poner en marcha todo aquello que, por los intereses de unos pocos, parece haberse detenido. Es ahora o nunca. Y es que es precisamente en estos días cuando necesitamos de aquellas voces que no han quedado del todo silenciadas por ese torrente de banalidad e irrelevancias que el mundo nos escupe a la cara.

Nueva ilustración radical es un texto corto, con carácter de manifiesto, que tiende a no extenderse en arqueologías detalladas o argumentaciones infinitas. La consigna es clara: «¿Y si nos atrevemos a pensar, de nuevo, la relación entre saber y emancipación?»  (p.  10). ¿Y si volvemos a hacer de la crítica —que en el fondo es siempre una autocrítica— un tema central de nuestro tiempo? Como la propia autora reconoce, puede parecer una pregunta un tanto ingenua, pero ¿realmente lo es? Quizás no lo sea, en absoluto, y mucho menos cuando parecemos dispuestos a acelerar más y más hacia un tiempo sin preguntas.

En poco más de un siglo, hemos pasado de pensar la revolución a pensar la resistencia, y de pensar la resistencia a pensar la rendición; o lo que es lo mismo, a dejar que sean otros quienes nos piensen. Ya no solo no creemos en el proyecto de la Ilustración, sino que no creemos en nosotros mismos en tanto seres racionales. En el fondo, ya hemos asumido nuestro propio fracaso. El vacío que dejó la muerte de Dios nunca fue ocupado por ese sujeto plenamente emancipado que imaginaba Nietzsche. En su lugar, soñamos con crear inteligencias artificiales que nos sirvan ya no de guía, sino de creadoras de un futuro que podemos llamar «nuestro», y que nunca nos pertenecerá. En breve, no quedará ni rastro de aquel famoso «conócete a ti mismo», que era el lema del oráculo de Delfos. Serán otros quienes nos conozcan, y no necesitaremos nada más que eso. Como nos dice la autora, estas inteligencias artificiales no son más que «proyectos de inteligencia delegada, en los que por fin podremos ser tan estúpidos como los humanos hemos demostrado ser. […] Un mundo Smart para unos habitantes irremediablemente idiotas» (p. 11).

¿Pero hemos llegado realmente a un punto de no retorno? Queremos pensar que no. Pero nos topamos con la realidad de un tiempo, el nuestro, que ha dejado atrás toda idea de revolución, que incluso ha empezado a olvidar su historia. La «necropolítica», que Achille Mbembe definía, en resumidas cuentas, como la valoración que hace el poder sobre quién merece vivir y quién no, campa a sus anchas por el mundo. Los recursos escasean, el ecosistema está al borde del colapso. En palabras de la autora: «Lo que se comparte en una misma experiencia del límite. Este límite no es cualquier límite: es el límite de lo vivible. Ese umbral a partir del cual puede ser que haya vida, pero que no lo sea para nosotros, la vida humana» (p. 15). Así, hemos dejado atrás las promesas de la modernidad y el eterno presente de la posmodernidad, para enfrentarnos a la «condición póstuma», que es definida como «un tiempo de prórroga que nos damos cuando ya hemos concebido y en parte aceptado la posibilidad real de nuestro propio final […] bajo el signo de la catástrofe de la tierra y de la esterilidad de la vida en común» (p. 23). Sin embargo, estamos a tiempo de revertir esta situación. Tenemos que enfrentarnos a aquello que nos ha llevado hasta este «no-tiempo» y rebelarnos.

Frente a la revuelta contra la «extinción de la curiosidad psíquica», que ya proponía Julia Kristeva, nuestra autora nos invita a reconstruir la actitud ilustrada. No se nos invita aquí a transformar una serie de prácticas en concreto sino a adoptar una crítica radical que acabe con la credulidad y se proponga el «desenmascaramiento de la cultura como sistema de sujeción política» (p. 41). Y para ello hay que superar los grandes obstáculos a los que se enfrenta la crítica: la saturación de la atención, la segmentación de públicos, la estandarización de los lenguajes y la hegemonía del solucionismo. Y es que la exposición a una ingente cantidad de información nos ha acabado convirtiendo en unos analfabetos ilustrados. No somos capaces de seleccionar entre tantos datos, de leer más que en diagonal, y en suma, de poner en juego todos aquellos mecanismos que garantizan un aprendizaje útil. Una nueva actitud crítica requiere entonces de una especial psicología de la atención, acompañadas de una reformulación de las prácticas de gestión de información, así como de una voluntad de comunicación real y una vuelta a la subjetividad crítica para acabar con estas nuevas formas de ignorancia. Pero, como ya hemos sugerido, lo que plantea Marina Garcés no es solo un simple cambio de hábitos, es necesario también cuestionarse el objeto de las ciencias humanas, de sacarlas de la fosilización y la endogamia que ha acabado por despojarlas de cualquier potencial emancipatorio. Por tanto, necesitamos recuperar unas humanidades insubordinadas, rebeldes, capaces de reapropiarse al fin de nuestra inteligencia reflexiva para volver a elaborar un sentido de lo vivible, de lo que es, en definitiva, una vida digna.

Lo que Marina Garcés nos propone son unas humanidades en transición, «un campo de batalla en el que se dirime el sentido y el valor de la experiencia humana» (p. 58), muy alejadas del humanismo histórico, que no busque ya un modelo estándar, un sujeto ideal como ese otro que acabó dejando sin voz a más de la mitad de la población humana. Es necesario crear una nueva transversalidad, un nuevo «nosotros» en el que nadie tenga que vivir «fuera de sí», como ya defendía Judith Butler. Se trata de poner el foco en aquellas cosas que nos hacen humanos, que no es más que «la capacidad que tenemos de compartir las experiencias fundamentales de la vida, como la muerte, el amor, el compromiso, el miedo, el sentido de la dignidad y la justicia, el cuidado, etc.» (p. 69).

Ya hemos mirado al abismo y se trata ahora de volver atrás, pero no por el mismo camino por que el que llegamos. Hay que aprender de esta experiencia del límite y refundar el pensamiento. Iniciar una nueva actitud ilustrada, siendo conscientes de aquello en lo que fallamos. Buscar lo que nos une y celebrar lo que nos diferencia. Volver a tomar las riendas de nuestro tiempo o, lo que es mejor, hacer unas nuevas. Porque así imagina la nueva ilustración radical nuestra autora, como «una tarea de tejedoras insumisas, incrédulas y confiadas a la vez. […] rehac[iendo] los hilos del tiempo y del mundo con herramientas afinadas e inagotables» (p.75).

Marina Garcés, Nueva ilustración radical, Anagrama, Barcelona, 2017, 80 pp.

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