En el año 2013, una joven novelista de Zimbabue se colaba entre los finalistas del prestigioso premio Man Booker. Era la primera vez que una escritora de origen africano aparecía en la lista. Necesitamos nombres nuevos, la novela debut de NoViolet Bulawayo, fue elogiada por Junot Díaz y causó un gran impacto en la crítica literaria del mundo anglosajón. La franqueza de su prosa y su capacidad para construir imágenes poéticas que fusionan horror y delicadeza presagiaban el nacimiento de un nuevo talento de la literatura africana.

En Necesitamos nombres nuevos asistimos a la vida de Darling, que junto a su pandilla recorrerá las calles de Paraíso en busca de guayabas y de nuevos sitios donde jugar. Durante la infancia, a través de estos juegos, los niños comprenderán su lugar en el mundo y asimilarán los mecanismos que usan los adultos para sobrevivir en él. Descubrirán la diferencia entre negros y blancos, entre pobres y ricos, la terrible explotación que sufre su país, la gran estafa de las ONG, el fraude de las elecciones democráticas y la desilusión que habita en los corazones de unos adultos que se dejaron la piel por liberar a África y que, finalmente, acabaron siendo traicionados por sus propios compañeros de lucha (algo que, por otra parte, es un leitmotiv del llamado «afropesimismo»).

Necesitamos nombres nuevos es esencialmente una novela de formación africana. Aunque la novela de formación o Bildungsroman se originó en Alemania y se llegó a decir que se trataba de un género exclusivamente alemán, la globalización de la literatura en el siglo XX propagó este género novelístico por las distintas lenguas del mundo (por ejemplo, en inglés encontramos El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger). Sin embargo, en la literatura africana, a día de hoy, la novela de formación sigue siendo muy minoritaria.

En un continente que trata de romper con el pasado colonial y contar, al fin, su propia historia, resulta extraño que la novela de formación no haya ganado todavía prestigio. Para Bajtín, el Bildungsroman muestra cómo el devenir temporal configura al sujeto, dejando inscrita la huella de los fenómenos sociales y el transcurrir histórico; mientras que Lukács diría a este respecto que se trata de «una toma de conciencia del divorcio entre la interioridad y el mundo» y que en la formación del protagonista se refleja un estado histórico de las cosas. Para Franco Moretti, el Bildungsroman sería el género paradigmático de la modernidad, ya que aparece en el tiempo de la «consolidación europea del modelo capitalista burgués y la transformación de las sociedades tradicionales bajo el empuje de los ideales ilustrados de razón, progreso y bienestar social», representando, además, «la paulatina interiorización y legitimación de los valores propios de un nuevo orden social burgués». En estas condiciones, es razonable que la novela de formación no haya sida cultivada hasta ahora en los países africanos.

Con todo, el caso de Necesitamos nombres nuevos es un tanto particular, ya que su posición es claramente antagónica a esa asimilación de la modernidad. No son pocos los momentos en los que Darling, su protagonista, se expresa en términos nostálgicos acerca de ese mundo casi pre-moderno dejado atrás por el paso incesante de la máquina capitalista. El cambio, la asimilación de ese nuevo modo de vida, se produjo en África de forma especialmente violenta. Esto se refleja también en la estructura de la obra, ya que, a pesar de que la novela de formación tiene una estructura bien definida (juventud, peregrinación y perfeccionamiento), los periodos de juventud y perfeccionamiento son ampliamente narrados, pero el de peregrinación o tránsito apenas aparecen, siendo contado a través de algunos pocos recuerdos fragmentarios.

Durante la juventud, tanto Darling como sus amigos toman conciencia de sus cuerpos y de su entorno, y de cómo la cultura se inscribe en ellos. Los juegos son el mecanismo de inteligibilidad del mundo, simulando muchas veces situaciones de gran crueldad o violencia (como el asesinato, el aborto o el sida), y despojándolas, a través de la repetición y del componente lúdico propio del juego, de su carácter traumático o estigmatizador. La amistad, el sentimiento de comunidad y las miserias comunes se convierten así en lo más importante para los niños de Paraíso, que también comparten una visión idealizada de los países más desarrollados. La exposición —pantalla mediante— a la maquinaria espectacular propia de los países posindustriales, la mistificación de las figuras de los voluntarios de las ONG, así como las historias contadas por los familiares emigrados, acaban formando en sus mentes una imagen de que existen «países de caca», como el suyo, y «países de verdad», auténticos paraísos de abundancia que sirven de contrapunto, de esperanza en la existencia de un mundo muy otro que tienen como último destino.

Tras presenciar el asesinato de un hombre blanco por las milicias, Darling es llevada a Estados Unidos con su tía. Como ya hemos dicho, no hay aquí un tránsito, un peregrinaje hacia la madurez: Darling es transportada de un día para otro a una cultura completamente diferente y, aunque la narración continúa tras varios años desde su salida de Zimbabue, lo que se nos cuenta de ese periodo —que es la transición de la infancia a la pubertad— no es sino una serie de choques culturales (con algunos episodios de bullying) que no solo destruyen la imagen del mundo que Darling había construido, sino que acaban despertando una terrible nostalgia por su niñez. Cuando eran niños, Estados Unidos era considerado un país «de los de verdad». Sin embargo, cuando Darling llega allí, advierte que el lujo se sigue viendo por televisión, los pobres siguen siendo pobres y los inmigrantes, vengan de donde vengan, trabajan hasta el límite de sus fuerzas para enviar un poco de dinero a sus familiares, aguantando todo tipo de vejaciones con tal de no tener que pasar la vergüenza de contar la verdad de su situación. En palabras de Darling: «La cosa es que no quiero decir con mi propia boca que, si el coche es tan caro, eso significa que jamás voy a tener uno como ése, y que si no lo tengo eso significa que soy pobre, y entonces ¿de qué sirve América?» (p. 186). Y así, con su silencio, con no querer decir, acaban preservando la imagen de ese paraíso mediático, de esa esperanza que la emigración representa para tantos africanos.

Tampoco hay juegos en este país, al menos no como los de la pandilla de Darling. Los niños juegan a la consola, solos. En Estados Unidos todo el mundo está solo. Para Darling, en un principio resulta complicado conectar con la cultura norteamericana. Y es que, acostumbrada a la franqueza de su grupo de amigos en Paraíso, no comprende por qué en su nuevo país la gente ni siquiera está nunca realmente enfadada o alegre: en Estados Unidos, tanto los aspavientos como la sonrisa no son sino poses. La maduración de Darling acaba consistiendo en aprender el desencanto, a saber cuándo los demás esperan que sonrías y cuando esperan que muestres estupor. Su formación no consiste sino en dejar de jugar, en olvidar la amistad y su comunidad casi sin darse cuenta, sin saber muy bien por qué. Solo acaba pasando. Porque aprende también a no preguntarse mucho acerca de ello. Lo que Darling acaba descubriendo es que todos los paraísos son paraísos perdidos, que son tiempos pasados y que, muy a su pesar, no se puede habitar por siempre en la memoria.

NoViolet Bulawayo, Necesitamos nombres nuevos, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2018, 256 pp.

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