«He inventado vidas. El hombre del tambor jamás me habló de sí mismo. Lo fui hilvanando siguiendo sus manos ajadas, siguiendo su espalda encorvada. Murmuraba en una lengua antigua, remota. He aparentado saberlo todo sobre él. Yo lo amaba, a ese hombre que inventé. Y las otras vidas las he embellecido. Quería ver la belleza, quería crearla. Alterar las cosas —esas cosas que no quiero nombrar— para solo ver en ellas el rescoldo que aún flamea en el corazón de los primeros habitantes. El orgullo es un símbolo, el dolor es el  precio que no quiero pagar. Y, aun así, inventé. Creé un mundo falso. Una reserva reconstruida en la que los niños juegan en la calle, en la que las madres tienen hijos para amarlos, en la que la lengua se preserva. Me habría gustado que las cosas fueran más fáciles de decir, de contar, de articular, sin esperar nada, solo que me entendieran. ¿Pero quién quiere leer palabras como droga, incesto, alcohol, soledad, suicidio, cheque sin fondo, violación? Ya me duele y todavía no he dicho nada. No he hablado de nadie. No me atrevo».

 

Naomi Fontaine (1987) nos leía estas palabras el veinte de marzo de este mismo año en un encuentro celebrado en el Institut Français de Madrid, organizado por la Embajada de Canadá y la Fundación Canadá con motivo de su presencia en España. El fragmento pertenecía a Kuessipan (Mémoire d’encrier, finalista del Premio Cinco Continentes de la Francofonía en 2011), que es su primera obra, publicada cuando tenía apenas veintitrés años de edad. Se trata de una novela acerca de la vida en la comunidad innu, a la que perteneció hasta los siete años de edad, cuando tiene que mudarse a Quebec. Aun siendo Fontaine de origen innu y representante de esa comunidad, el fragmento leído es representativo en el sentido de que la autora no cuenta su propia experiencia, sino un relato que imagina partiendo de los años vividos en la reserva, que la marcarían para siempre. De este modo, a pesar de su condición de nativa, y queriendo representar esa forma de vida comunitaria, la autora no cuenta su propia experiencia, sino que la imagina a partir de lo vivido. Y este no es detalle superfluo, es una declaración de intenciones: ella enuncia estar mintiendo, no decir exactamente la verdad, pero sabemos que toda experiencia narrada, al ser convertida en materia literaria, es siempre una autoficción: una reelaboración de lo vivido. Lo que no significa, en todo caso, que no contenga una verdad.

En Kuessipan, Naomi Fontaine evoca la vida cotidiana en una reserva innu, cuya población vive mayormente de la caza y de la pesca. Lo hace de una forma poética, mostrando una gran sensibilidad y, además, sin abandonar un cierto carácter de reivindicación desde el hacer literario. Kuessipan nos muestra una reserva donde cada persona tiene su papel: todos saben lo que tienen que hacer, ya sean hombres, mujeres o ancianos; siendo el peso de estos últimos especialmente importante dentro de la comunidad ya que su experiencia resulta de vital importancia para todos. A este respecto, escribía Peter  Linebaugh (en El manifiesto de la Carta Magna: comunes y libertades para el pueblo, 2013) que «la costumbre de comunalizar puede proporcionar apoyo mutuo, relaciones de vecindad, camaradería y familiaridad, con las obligaciones de confianza y las expectativas de seguridad que estas conllevan». Así, en la reserva nadie necesita llevar máscaras, muy al contrario de lo que ocurre en nuestras sociedades posindustriales. Es revelador que el título de la obra, Kuessipan, signifique «para ti» o «a su vez», dejando claro no solo la importancia de la reciprocidad, del apoyo en el otro del pueblo innu, sino también la intención de ser sujetos de su propia historia.

La vida que nos describe Naomi Fontaine es sencilla, de experiencias inmediatas y placeres sencillos, orientada al disfrute de los otros y de la naturaleza, como cualquier de los animales que duermen en la estepa. Una vida centrada en los sentidos, rodeada de elementos primarios pero sublimes que hacen palidecer a los innumerables artificios de la vida moderna. Una existencia semejante no nos puede resultar sino extraña, ajena a todo aquello que nos parece cotidiano y que forma nuestra realidad.

Resulta especialmente complicado situar nuestra imaginación fuera de este mundo competitivo e individualista que nos rodea. La maternidad, vista por Naomi Fontaine como algo natural y deseable, como una forma de perpetuar una cultura en peligro y un acto de resistencia, para nosotras es un obstáculo, una experiencia que reduce nuestras vidas; quizás porque el cuidado de los hijos en común, repartiendo la responsabilidad entre muchos individuos, es algo que ya ni siquiera contemplamos. El valor de la comunidad permite repensar el hecho de tener hijos desde otra perspectiva, una muy distinta a la que nos vemos abocados en esta sociedad posindustrial y tardocapitalista. Y decimos que para Naomi es una forma de resistencia porque ella misma cuenta que, cuando los innu fueron colonizados, lo primero que sufrieron fue la sustracción de sus hijos, enviados a escuelas donde aprenderían una cultura ajena a la suya. Por eso, evitar la disgregación de la familia comunal, que para ellos es el centro de la vida, es vital para la supervivencia.

Naomi Fontaine sintió el dolor de esa disgregación en cuanto se mudó a Quebec. Comentaba Fontaine que cuando has vivido toda tu vida con gente que se parece a ti y que comparte un idioma que piensa más o menos como tú, la diferencia de repente se convierte en algo bastante aterrador. La diferencia se sufre en cuanto vives en una comunidad que no es la tuya. Y no se trata tanto de una cuestión de pérdida de identidad como de pertenencia a una comunidad. Cometemos el error de pensar siempre la identidad en términos individuales, pensamos nuestra identidad como individuos, la construimos desde la individualidad, y no somos capaces de concebir identidades como la de Fontaine, construidas en torno a lo común, en la que no existe la idea de un individuo en términos de identidad ya que esta se construye siempre a partir de su entorno.

La obra de Naomi Fontaine será publicada por la editorial española Pepitas de calabaza el próximo año dos mil veinte. Dadas las expectativas creadas tras el encuentro con la autora, se nos hará muy larga la espera.

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