Como ya dijimos en nuestro artículo sobre Bárbara Baynton, durante mucho tiempo se ha considerado que la literatura escrita por mujeres en el siglo XIX consistía fundamentalmente en una serie de novelas de señoritas  y cuentos infantiles escritos con el fin de entretener y moralizar a las esposas e hijos de una burguesía floreciente. Aunque, ciertamente, gran parte de la producción literaria de las escritoras de este siglo pertenece a ese ámbito —algo lógico, ya que era el único espacio literario que podían ocupar las mujeres—, no es menos cierto que hubo un nutrido grupo de autoras que buscó escapar de estos clichés para desarrollar una literatura en los márgenes, haciendo especial hincapié en la denuncia de la situación social de la mujer, la abolición de la esclavitud y la crítica de la nueva sociedad burguesa, adoptando algunas de ellas discursos propios del socialismo utópico y posteriormente del movimiento libertario.

Si bien esta literatura reivindicativa ha sido ampliamente estudiada en autoras anglófonas o francófonas, resulta un poco más difícil encontrar información acerca de esas escritoras que, en el ámbito de la lengua castellana, decidieron salirse también de la norma. Es posible que, en España, tanto los valores ilustrados como la rebeldía romántica llegaran un poco tarde. También que, al fin y al cabo, la influencia de la Iglesia y sus valores tradicionales fueran mucho mayores que en esos otros países (como lo siguen siendo a día de hoy), pero esto no quiere decir que no existieran autoras rebeldes en nuestro país.

En un siglo en el que la burguesía conseguiría establecer sus valores también en nuestro país —aunque lo hiciera unas décadas más tarde que en otros países más industrializados de Europa—, la pluma de estas escritoras se centró sobre todo en atacar la figura de la mujer como «ángel del hogar» y la institución del matrimonio.  Si, a mediados del siglo XIX, una serie de discursos positivistas pretendían demostrar las diferencias biológicas entre el carácter femenino y el masculino para justificar así el sometimiento de la mujer y su relegación al ámbito doméstico, nuestras autoras se atrevían a discutir dichos discursos de forma más o menos sutil, sorteando la censura e impregnando sus textos, no en pocas ocasiones, de una fina ironía. Así, su postura política se alejaba bastante de la habitual en la época, de ese feminismo temprano que se ocupaba, sobre todo, de luchar por el derecho a la educación de todas las mujeres.

Nos estamos refiriendo aquí a un grupo de autoras que no son ni de lejos tan conocidas como Carmen de Burgos, Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Rosalía de Castro o incluso Fernán Caballero y que, por esta misma razón, hemos querido rescatar de ese gran sumidero de disidentes que es la historia.

Todas ellas desarrollaron su actividad entre las décadas de 1820 y 1870. De muchas de ellas apenas se conservan unas pocas obras; la biografía de otras es poco menos que una incógnita. Algunas no encontraron el prestigio literario que merecieron. Otras no escribieron literatura más allá de algunos poemas de juventud, componiéndose su obra de artículos que fueron apareciendo en la prensa de la época. Todas compartieron, eso sí, el desprecio casi unánime de una sociedad que les recordaba continuamente que ese no era su sitio.

En este contexto, el asociacionismo resultó de especial importancia. Aparecieron grupos de apoyo mutuo entre mujeres como La Hermandad Lírica, fundada alrededor del Pensil del Bello Sexo, un periódico de corta vida (1845-1846) que estaba «dedicado exclusivamente a las damas». La Hermandad, compuesta por Amalia Fonollosa, Carolina Coronado, Manuela Cambronero, María Cabezudo Chalons, Josefa Massanés, Ángela Grassi, Robustiana Armiño, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Vicenta García Miranda, entre otras, formaría una red de sororidad que se extendería a través de las distintas revistas que irían recogiendo los primeros artículos de un incipiente movimiento feminista español.

 

Francisca Navarro (17?? – 18??) fue una dramaturga española de la primera mitad de siglo XIX. Apenas se conoce dato alguno de su biografía; se sabe, gracias a la investigación de Juan Antonio Hormigón, que residió en la ciudad de Barcelona. Las obras de Francisca —que durante mucho tiempo se creyeron perdidas— fueron escritas entre 1823 y 1829, durante la llamada Década Ominosa (la segunda restauración del absolutismo),  siendo abiertamente críticas con las costumbres de esta época. Francisca despreciaba el matrimonio de conveniencia en favor de la libertad amorosa de las mujeres y se burlaba de la forma de vida burguesa, fundada sobre una serie de mentiras grandilocuentes, de convenciones hipócritas, que todos se empeñaban en sostener.

 

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814 – 1873), apodada «Tula», fue una escritura nacida en Cuba, pero pasó la mayor parte de su vida adulta en Madrid. Es sin duda la figura más conocida de nuestra lista de autoras, ya que fue una ilustre precursora de la novela hispanoamericana.  En 1841, con solo 27 años de edad, escribiría Sab, la primera novela antiesclavista de la historia, adelantándose once años a La cabaña del tío Tom (1852), el clásico de Harriet Beecher Stowe. En esta novela, Gertrudis criticaba duramente la sociedad capitalista, así como los valores de su propia clase (la burguesía), y la situación de las personas racializadas en la isla de Cuba. Gertrudis fue también una destacada poeta y dramaturga, una de las figuras claves del Romanticismo español. En 1860, durante el gobierno de la Unión Liberal, escribiría una serie de artículos bajo el título La mujer, donde defendía la igualdad intelectual entre ambos sexos. Ya al final de su vida, y a pesar de su indudable grandeza literaria, se le impediría el ingreso en la Real Academia Española por el rechazo de Marcelino Menéndez y Pelayo.

 

Margarita Pérez de Celis (1840 – 1882) y María Josefa Zapata (1822 – 1878) fueron escritoras, periodistas y destacadas figuras del movimiento obrero español del siglo XIX. Tanto Margarita como María Josefa eran socialistas utópicas, afines a las ideas de Charles Fourier. Fundaron varias revistas conocidas como «Los pensiles» (1856 – 1866) que recogían las composiciones de las autoras populares de la época, así como artículos referidos a la situación de las mujeres. En 1857 publican La mujer y la sociedad, que puede ser considerado el primer manifiesto feminista de la historia de España. Constaba de una serie de artículos que proclamaban la igualdad entre hombres y mujeres, criticaban la prostitución institucionalizada, el matrimonio burgués, y la situación de las mujeres obreras poniendo el foco sobre la brecha salarial. Por estas publicaciones se enfrentaron varias veces a la censura de la iglesia y las autoridades de la época, lo que propició que, una tras otra, todas sus nuevas revistas fueran cerrando. En sus últimos años, vivieron en condiciones miserables, sostenidas por la sororidad de algunas autoras a las que habían dado voz (como la poeta romántica Rosa Butler o la escritora Faustina Sáez de Melgar). Pero siempre juntas, libres e independientes, conforme a los que siempre habían sido sus ideales.

 

Guillermina Rojas y Orgis (1840 – 187?) fue una maestra y periodista anarquista nacida en Tenerife, aunque se mudaría a Cádiz con apenas cinco años de edad. Ya en sus inicios en el movimiento obrero español tuvo que hacer frente al machismo de sus compañeros, incluso en ambientes libertarios, donde se la invitaba a no inmiscuirse en asuntos de hombres. En 1871, en pleno Sexenio Democrático, pronunciaría un discurso incendiario en un acto obrerista en los Campos Elíseos de Madrid, cuyo contenido reafirmaría poco después en un artículo titulado «La familia», publicado en la revista La emancipación. Guillermina atacaba los conceptos de propiedad privada y de familia nuclear, haciéndolos responsables de la opresión basada en el género y proponiendo, como alternativa, la convivencia libre entre personas. También señaló la noción de patria como una construcción absurda y negó la existencia de Dios. Esto provocó un escándalo sin precedentes, siendo muy criticada en los ambientes intelectuales de la época, tanto por los hombres como por un sector importante del feminismo burgués. Guillermina fue, además, la primera mujer de La Internacional española. Murió en algún momento indeterminado de las década de 1870, quedando posteriormente inmortalizada por Galdós en el libro Amadeo I de los Episodios Nacionales.

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