El 9 de noviembre de 2016 Donald Trump ganaba las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. La inmensa mayoría de analistas políticos no llegaban a comprender cómo aquello que para muchos significaba una desgracia había finalmente sucedido. El error en sus predicciones había sido estrepitoso y, a posteriori, todos buscaban alguna variable oculta que pudiera explicar lo que había ocurrido. Pero aquello que había permanecido lejos del alcance de los medios de comunicación tradicionales no era otra cosa que una batalla en la red. En Muerte a los normies, Angela Nagle pone al descubierto las guerras culturales ocurridas en los años anteriores a la elección de Donald Trump y cómo el auge de una nueva derecha machista y racista, la alt-right, acabó llevándolo al mando de la nación más poderosa del planeta.

Todo había empezado en 4chan, la comunidad que vio nacer a Anonymous. Pero, ¿cómo es posible que aquellos usuarios que se habían identificado tradicionalmente con la izquierda libertaria dieran un giro hacia la derecha en tan pocos años? Para responder a esta pregunta, Nagle nos lleva a la victoria de Obama en 2008. Nuevos aires progresistas habían inundado las redes. Un sinfín de internautas celebraban juntos sus diferencias; el «yes we can» se había convertido en un canto a la libertad. En consonancia con esta nueva deriva, pronto se hicieron frecuentes las demostraciones públicas de tolerancia y se empezó a exaltar una moral centrada en la sensibilidad hacia un conjunto de nuevas identidades que podían abandonar al fin un infierno de invisibilidad fundado en el miedo y la vergüenza. Pero, como suele ocurrir con demasiada frecuencia en las redes, lo que, tras ocho años de gobierno conservador de Bush, parecía una sana regeneración de la cultura estadounidense, se acabó convirtiendo en un espectáculo puramente exhibicionista.

En Tumblr, donde la izquierda progresista había arraigado con fuerza, ese espectáculo llegó al paroxismo. Según Nagle, se había producido «una mezcla extraña de sentimentalismo, ultrasensibilidad y lo que se consideró como identidad política llena de constructos sociales radicales» (p. 60). Todo el mundo quería diferenciarse. Comenzaron a aparecer usuarios que —en lo que resultó una grotesca deformación de la teoría performativa del género de Judith Butler— decían sentirse criaturas fantásticas o mitológicas (las llamadas identidades otherkin) y que, por supuesto, se ofendían si no eran tratados con la delicadeza que merecía su situación. Incluso los medios de comunicación tradicionales, como los canales de televisión o las revistas de mayor tirada, empezaron a dar una amplia cobertura a este tipo de temáticas. Al final ocurrió lo esperado y en unos pocos años las redes parecían haberse convertido en una enorme competición para ver quién estaba más oprimido, o en otra competición, aún más cruenta, por ver quién hacía la mayor exhibición pública de virtud.

Pero eso no fue todo. En las redes sociales empezaron a sucederse linchamientos, cada vez más frecuentes, hacia todos aquellos usuarios que, queriendo o no, publicaban contenido que chocaba contra esta nueva sensibilidad. 4chan, una comunidad que había hecho del humor transgresor su seña de identidad, entró rápidamente en conflicto con lo que consideraba una tiranía de lo políticamente correcto. El conocido Gamergate, en el que se atacó a desarrolladoras de videojuegos como Zoë Quinn, Brianna Wu y la crítica feminista Anita Sarkeesian, sirvió para unir a estos miembros de 4chan con los que se encontraban en Reddit y Twitter. Sintiéndose atacados, se abandonaron a una espiral de transgresión sin sentido. Embistieron contra el feminismo y sus aliados, contra todo lo que sonara a multiculturalidad y, en definitiva, todo aquello que se identificaban con el progresismo de Tumblr. Especialmente contra aquellos que no entendían sus códigos —ese arsenal semiótico, compuesto mayoritariamente de memes, que se iba resignificando a una velocidad vertiginosa—, a los que llamaban despectivamente «normies». Poco a poco, a golpe de chiste racista o machista, de broma sobre los nazis que acababa no siendo tal broma, fueron derivando cada vez más hacia la derecha. En palabras de Nagle: «Una de las cosas que unió a la en ocasiones nihilista e irónica cultura chanera con la cultura mucho más amplia de la órbita de la alt-right fue su oposición a la corrección política, el feminismo, el multiculturalismo y demás, y la usurpación que estas hicieron de su despreocupado mundo de anonimato y tecnología» (p. 28).

Esa estética de la transgresión atrajo pronto a muchos jóvenes. Lo que había sido un valor ensalzado por la izquierda, se convertía, en manos de la derecha, en un alarde de una cultura memética que habían descontextualizado no solo las imágenes de las que se proveían sino el mismo significado de «transgresión». El uso de imágenes virales convirtió en un pilar fundamental para la transmisión de su ideario político. Podríamos decir que la alt-right está en la cúspide en cuanto al uso de esa «serie de relaciones sociales mediadas por la imagen», que Debord asoció a su «sociedad del espectáculo». Con todo, es curioso que algunos de los memes más usados refiriesen a la «red pill» de Matrix o al personaje de Tyler Durden (El club de la lucha), teniendo en cuenta que las hermanas Wachowski sugirieron que la píldora roja podría tratarse de una alegoría de la liberación de las personas trans de un régimen opresivo; o que, el propio Durden, en la novela de Palahniuk, llama a rebelarse contra el biopoder totalizante del neoliberalismo, algo que está mucho más próximo al libertarismo de izquierdas que a un grupo de trols que se proclaman anarcocapitalistas. Y es que, aunque Nagle señala al pensamiento de Nietzsche, Bataille o Sade como inspiradores de la alt-right, no olvidemos que la subversión que promovían estos autores estaba dirigida contra una moral dominante que atentaba contra la libertad del ser humano, mientras que esta nueva derecha se lanza con vehemencia contra un simulacro de imperio de la corrección política, un gran hombre de paja con el que pagar las frustraciones de la vida diaria. En la liberación del individuo, antes del enfrentamiento con el otro, uno debe enfrentarse sí mismo. Y ninguna de las dos cosas resultan posibles para un trol que pasa el día molestando a los demás, tras la máscara del anonimato.

Esta vectorización sistemática de símbolos no es ajena a la propia política. Ya que, como señala la propia Nagle, «durante el último medio siglo, la política ha sido vaciada de contenido y que su sujeto ha acabado convirtiéndose en poca cosa más que el hecho cultural»; así, «lo que un líder hace de verdad parece que sea siempre algo secundario frente a la cultura política que dice profesar» (p. 73). Es por esto que la alt-right se alineó pronto con el presidente Trump. Frente a Hillary Clinton, una candidata que no gustaba siquiera a los votantes más izquierdistas, cuya política neoliberal pretendía ser edulcorada con un velo de progresismo sensiblero, se encontraba una figura que, sin tener un perfil político claro, se aparecía como el adalid de la incorrección política, del machismo y del supremacismo blanco. No es de extrañar que para muchas de las figuras más relevantes de la alt-right, como Richard B. Spencer o Milo Yiannopoulos, Trump fuera visto como «la figura que acelera[ría] la caída del progresismo feminista y multicultural de Estados Unidos» (p. 71). Si algo une a los distintos grupos que forman esta nueva derecha americana es sin duda su exacerbada misoginia. No es casual que se haya llamado «hombresfera» al conjunto de estas comunidades machistas que pueblan internet. En sus páginas podemos encontrar auténticas odas a la cultura de la violación, así como foros de incels (que alcanzaron cierta notoriedad recientemente por los asesinatos de Elliot Rodger, entre otros) donde se despliega toda una mitología delirante, infestada de darwinismo social, que tiene por objeto justificar la dominación de las mujeres. Las razones de esta violencia contra las mujeres no han cambiado en la extrema derecha: son las mismas que Kate Millett ya denunciaba acerca del régimen nazi cuando señalaba que las «raíces de [la] glorificación de la supremacía masculina y del patriarcado» no eran «fundamentalmente políticas o económicas, sino más bien temperamentales».

Aunque no hay una renovación verdadera en los motivos de esta misoginia moderna, los neo machismos se esfuerzan en aparentar ser bastante diversos y huyen de los antiguos estereotipos. Según Nagle, «el buen chico que se autoidentifica como friki y que nunca podría llevarse a la chica es el que resulta estar más lleno de odio, ser más racista y misógino» (p. 145). Lo que parece quedar claro es que las distintas facciones de la alt-right «están obsesionadas con el declive de la masculinidad occidental» (p.73), y es esa misoginia la que les sirve de cohesión ante un feminismo que ha discutido los privilegios históricos de los hombres. Como señalaba Susan Faludi, «la última reacción antifeminista no se desencadenó porque las mujeres hubieran conseguido plena igualdad con los hombres, sino porque parecía posible que llegaran a conseguirla».

No es de extrañar que tras los numerosos escándalos machistas protagonizados por Donald Trump, incluyendo aquellas declaraciones donde admitía «coger a las mujeres por el coño», no solo no perdiera votos sino que acabara ganando las elecciones. El nuevo presidente llegaría al poder con el voto de los desencantados con Hillary, de los conservadores, de toda una serie de votantes (mayormente de los estados interiores) fieles al Partido Republicano, y de toda una generación de jóvenes que habían hecho de la misoginia su razón de ser por miedo a la fragmentación de su propia identidad, basada en unos determinados privilegios y relaciones de poder. Aparentemente, no hay motivos políticos para este nuevo antifeminismo, pero sí aprovechamiento político y beneficio electoral. A la luz de estas reflexiones, aquel famoso «podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes», pronunciado por Donald Trump, ante el estupor de gran parte de la prensa, cobra un nuevo sentido. No solo no perdería votantes sino que lo haría aparecer todavía más heroico para todo un sector de protofascistas que aplaudirían la acción, y mucho más, si como en el caso de Elliot Rodger, los objetivos hubieran sido mujeres.

La lectura de Muerte a los normies nos deja algunas dudas inquietantes: ¿podría ser esta guerra cultural exportable a los países europeos? ¿A países como España? ¿Podría ser la misoginia un reclamo electoral también en nuestro país? Quizás hace unos pocos años podríamos haber respondido «no» y quedarnos tan tranquilos, pero la situación que vivimos actualmente, concretamente tras el caso de La manada y de Juana Rivas, y su tratamiento en algunos de los medios de comunicación y de los foros con más usuarios del país, no invitan al optimismo. Desde no hace mucho proliferan en nuestro entorno ciertos personajes que han copiado deliberadamente los discursos de las personalidades emblemáticas de la alt-right, tanto en Twitter como en Youtube, y los principales partidos políticos de la derecha, conscientes de los buenos resultados de la estrategia de Trump, han empezado a seguir su estela. No hay día en que no asomen declaraciones veladas o abiertamente racistas o peticiones de derogación de las leyes contra la violencia de género.

En todo caso, como escuché decir a la propia Angela Nagle en la presentación del presente libro en el Espai Contrabandos de Barcelona, quizás hemos sobredimensionado un poco todo este ruido proveniente de las redes sociales, ya que lo verdaderamente importante, lo que mueve el mundo, sigue estando en las páginas del Financial Times. Y si bien es cierto que «tantos años de linchamientos online, purgas y difamaciones contra otros […] han causado un daño incalculable» (p.148) y que, al parecer, la derecha ha sabido apropiarse de las armas culturales de la izquierda, al final, permanecer unidos y recuperar un sentido comunal de la existencia se presenta como un antídoto eficaz contra los desvaríos de esta nueva forma de individualismo racista y misógino. Con todo, es posible que, como señala nuestra autora, la izquierda haya caído en la trampa de hacer de las redes sociales una caza de brujas, un show de la diferencia más que una celebración de la diversidad. En todo caso, debemos aprender de nuestros errores, pero nunca renunciar a la construcción de un proyecto revolucionario feminista, ecologista y poscolonial basado en una lucha solidaria contra toda opresión.

Angela Nagle, Muerte a los normies, Orciny Press, Barcelona, 2018, 160 pp.

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