El camino hacia nuestro tiempo se ha ido forjando a golpe de holocausto. Entre los siglos XV y XVIII —el período conocido como la Edad Moderna— el mundo fue testigo del genocidio de los pueblos originarios en América, el horror de los barcos esclavistas en África y la caza de brujas en el mismo corazón de Europa. Es quizás esta última masacre la menos conocida de todas, ya que su naturaleza fraticida y supersticiosa hizo que permaneciera como un episodio más o menos difuso en la memoria histórica del continente.

Decenas de miles de mujeres —millones según algunas estimaciones— fueron acusadas de brujería en poco más de un siglo (de mediados del XVI a finales del XVII), siendo gran parte de ellas encontradas culpables. Las víctimas de estos procesos fueron torturadas y asesinadas de formas especialmente crueles. Lo que resulta aún más grave si consideramos que cualquier excusa servía para llevar a una mujer ante un tribunal, lo que acababa desembocando en un cruce de acusaciones que respondían mucho más a una forma de resolución de pequeñas inquinas vecinales que a una firme creencia en la superstición que les servía de fundamento. Prácticas como la elaboración de remedios populares, cantar determinadas canciones, salir a altas horas de la noche o incluso saber leer eran consideradas suficientes para presentar una acusación de brujería. No cabe duda de que nada de esto hubiera sido posible sin la colaboración explícita de las autoridades eclesiásticas de la época, a través de la propagación de una serie de escritos claramente misóginos —como el tristemente famoso Malleus Malleficarum— incitaban a los sacerdotes a predicar toda clase de patrañas sobre la naturaleza de las mujeres entre los habitantes de las distintas comunidades rurales.

Brujería

1. Fotograma de la película Häxan: La brujería a través de los tiempos (1922)

Muchos años más tarde, autores ilustrados como Voltaire denunciaron el horror del que toda una época había sido cómplice. Sin embargo, el discurso ilustrado, que señalaba el daño causado por la superstición, generaría sus propios genocidios en el siglo XX. ¿Cuál fue entonces el origen de la tragedia? La respuesta materialista de Silvia Federici  en Calibrán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria (2004) fue especialmente contundente al señalar que «la caza de brujas […] destruyó un universo de prácticas, creencias y sujetos sociales cuya existencia era incompatible con la disciplina del trabajo capitalista», siendo así «un elemento esencial de la acumulación originaria y de la “transición” al capitalismo». Las prácticas de los antiguos sistemas de creencias fueron atacadas por la Iglesia porque amenazaban su papel de mediador confesional y, por tanto, su monopolio en cuanto a la producción de la subjetividad, algo que era imprescindible para obtener el control social necesario para imponer esa nueva disciplina de trabajo.

Sin embargo, con el declive del catolicismo a finales del siglo XIX, sería la psiquiatría  y el discurso psicopatológico los que tomarían el relevo como nueva institución de control social. En este contexto volvería a surgir la magia como alternativa. Tras la escritos teosóficos de Madame Blavatsky y la irrupción de la Orden Hermética de la Aurora Dorada (Hermetic Order of the Golden Dawn), Aleister Crowley —que había abandonado la orden— y Austin Osman Spare sentarían las bases de lo que sería la magia moderna, que Ralph Tegtmeier (conocido como Frater U. D.) sintetizaría como el «arte de usar estados alterados de consciencia para causar cambios que ocurran en conformidad con la voluntad». A esto se añadiría la aparición del surrealismo, que, prácticamente en la misma época, y fuertemente influido por el psicoanálisis, realizaría toda una serie de experimentos para acceder al inconsciente con el objetivo de encantar la vida cotidiana, que había sido arrojada a la peor de las miserias espirituales a causa de la alienación del individuo por las relaciones de producción capitalistas.

Este resurgir de la magia, que fue especialmente importante en la década de los 50 y 60, atrajo a una gran cantidad de artistas que se acercaban a sus prácticas con entusiasmo, esperando encontrar material nuevo para sus trabajos, así como un cierto alejamiento de una realidad rígida y de naturaleza utilitaria que detestaban profundamente. La irrupción de estas artes influiría especialmente en la literatura de la época, algo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que la escritura ha estado ligada a la magia desde sus inicios, tanto en Mesopotamia como en el Antiguo Egipto. Sin ir más lejos, los antiguos papiros eran vistos como una suerte de dispositivos para cambiar la realidad, una manera de concebir la escritura que, por otro lado, no ha dejado de perder vigencia.

Aunque la figura de la bruja sería posteriormente reivindicada por el feminismo —sobre todo a partir de los años 80— hemos decidido escoger a tres escritoras que fueron ya brujas —en un sentido moderno— en una época un tanto anterior. Todas desarrollaron su actividad precisamente en esos años de resurgimiento de las artes ocultas, sintiéndose atraídas por sus prácticas y por su filosofía. Sin duda, hay muchos otros ejemplos, pero hemos decidido centrarnos precisamente en estas autoras por su coetaneidad, la influencia de la magia en sus obras y el gran valor literario de las mismas.

La maldición de Hill House

2. Fotografía de Shirley Jackson

 

Shirley Jackson (1916 – 1965) fue considerada la gran dama del terror estadounidense. Su brillante relato La lotería (1947), causó conmoción en los lectores de la época por su crudo acercamiento a una violencia totalmente deshumanizada. También es conocida por sus excesos con los barbitúricos y el alcohol, que acabaron provocando su muerte temprana. Aunque a Shirley le molestaba profundamente que se la publicitara como una autora que practicaba la brujería —ya que creía que restaba seriedad a su trabajo—, sí que era practicante de las artes ocultas, algo que pudo servirle de ayuda para sugestionar a sus lectores, lo que sin duda es de vital importancia cuando uno escribe relatos de terror. Además, por lo que se sabe, también era una experimentada tarotista. Recientemente su obra The Haunting of Hill House (La maldición de Hill House, 1959) ha sido adaptada a formato serie con un notable éxito de crítica.

Olga Orozco

3. Fotografía de Olga Orozco

 

Olga Orozco (1920 – 1999) fue una de las más grandes poetas que ha dado Argentina. Considerada como parte de la «Tercera Vanguardia», tomó sus referentes de los poetas simbolistas y surrealistas franceses. Olga fue, además, una gran conocedora de las artes adivinatorias, tomando del tarot muchos de sus símbolos poéticos, algo que también harían los poetas Juan Eduardo Cirlot y posteriormente Leopoldo María Panero. Como su amiga y también genial poeta Alejandra Pizarnik, consideraba el arte poético como otra forma de llegar más allá, de acercarse al otro lado de la vida; a lo invisible, a lo oculto. «La cartomancia», uno de sus mejores poemas, refleja en gran medida su particular cosmovisión.

Eunice Odio

4. Fotografía de Eunice Odio

 

Eunice Odio (1919 – 1974) fue una reconocida poeta costarricense. Su familia paterna tenía tratos con la Sociedad Teosófica del país, lo que llevó a la joven Eunice a interesarse en el esoterismo desde muy corta edad. Su inmersión en la magia como filosofía la llevó a crear una mitología propia que toma elementos de la alquimia y del hermetismo, mezclándolos con sus lecturas bíblicas y con la poesía surrealista para crear un mundo encantado, repleto de profecías y significados ocultos, que oponía a este laberinto de banalización y consumo enfermizo en que se ha convertido el mundo. Su poemario El tránsito de fuego (1957), sigue siendo a día de hoy una de las obras más importantes de la literatura de su país.

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