Silvia Terrón (Madrid, 1980) es una poeta, periodista y traductora española que actualmente reside en París, donde dirige la revista literaria Alba París y trabaja como especialista en diplomacia pública. Es editora en La Cama Sol y coordina la sección de literatura de Spain Now! Ha publicado tres poemarios: La imposibilidad gravitatoria (Ediciones Torremozas, 2009), Doblez (Ediciones Liliputienses, 2014), y Las veces (La isla de Siltolá, 2015). Umbra (2018) es su primera novela.

Asistiremos en esta obra a un futuro distópico en el que la humanidad ha perdido la capacidad para generar cualquier tipo de sonido —tanto por sí mismos como por el resultado del choque de sus cuerpos con el entorno—, mientras que el planeta ha quedado dividido en dos regiones diferenciadas: una de luz cegadora y otra de oscuridad. Después del Gran Silencio, los humanos han perdido sus voces y han vaciado con ello el mundo que los rodea, convirtiéndose en una suerte de virus capaz de contagiar su mudez a todo aquello que tocan. Solo en la naturaleza, alejada de las urbes, puede escucharse todavía el sonido de la tierra y de las bestias.

Este suceso les llevó a reflexionar acerca de su propia condición; algunos creyeron que «la pérdida de la dialéctica [les] haría avanzar en metafísica» (p. 43), mientras que otros se decantaron por la creencia en un estadio superior: el paso inmediatamente necesario para la evolución de su especie. Al mismo tiempo, los ecos de las voces que perdieron quedaron atrapados en un mineral que llamaron «ecoral», que se convirtió en la principal fuente de luz y en la única posibilidad de comunicarse mediante un complejo ejercicio de ventriloquía. Estrellando las esferas de ecoral contra el suelo, los habitantes de Umbra podían hacer resonar las voces de sus antepasados, manteniendo la ilusión del diálogo. Las clases altas, sin embargo, fueron las únicas que pudieron permitirse poseer estas esferas en grandes cantidades, que utilizaban gracias a la ayuda de sus traductores, los únicos capaces de escuchar los ecos antes de la ruptura de las mismas, convirtiendo aquel excéntrico juego de títeres en una mímesis en tercer grado. El resto de la población, en cambio, se vio obligada a comunicarse a través de un nuevo lenguaje táctil nacido en las calles, dejando que las manos de unos y otros escribiesen sobre sus pieles.

Pero tanto la utilización del ecoral como el lenguaje táctil no era más que una pausa en un mundo que los había dejado afuera, que quería verse reconvertido y metamorfoseado en algo completamente distinto. La humanidad, como el funambulista que se olvida de la red, de la carpa y del trapecio —como aquel trapecista de variedades de los Diarios de Franz Kafka—, había quedado «suspendida en el espacio por la fuerza de la costumbre», y debería, entonces, «retoma[r] la caída» (p. 44). Cuando llegase el nuevo mundo, la incertidumbre permanecería indistinta, pero subidos en ese trapecio sin red, podrían tenderse «la mano en el momento justo para sacar los pies de la tragedia» (p. 373).

Como en toda novela distópica, el surgimiento de una rebelión y una resistencia frente a los poderosos que monopolizan los recursos, y la aparición de aquellos elegidos que comienzan a recuperar los dones perdidos, se suceden en Umbra con un ritmo creciente y pausado. Los traductores se rebelarán, se organizarán y robarán el ecoral. Los pudientes se encontrarán, de repente, mudos e incapaces de comunicarse. A la misma vez, empezarán a aparecer niños capaces de emitir sonidos.

Sin embargo, la trama argumental que construye Terrón, más allá de la originalidad de su planteamiento y la crítica materialista de la explotación y la desigualdad entre clases, supone una metáfora que adquiere una significación filosófica, apuntalada en una máxima poética y en un fenómeno ya advertido y escudriñado por Wittgenstein, Foucault, Derrida, Lyotard, Baudrillard y Lacan en sus reflexiones sobre el lenguaje: que las palabras no dicen la cosa; que la realidad no nos es aprehensible en su totalidad a través del lenguaje, que resulta insuficiente. Nuestra realidad es interpretada a través del lenguaje, que hace posible todas las experiencias, constituidas desde un principio lingüísticamente. El lenguaje no solamente sirve a la comprensión de la experiencia, sino que, al no poder expresar aquello que cae fuera de los límites del mismo, la determina; aunque dicha experiencia verdadera contenga «algo» más que la experiencia lingüísticamente interpretada.

A esta reflexión llegarán los niños parlantes de Umbra que, impelidos por los líderes de la resistencia para crear un nuevo lenguaje, o a enseñarles de nuevo la antigua lengua, se dan cuenta de lo fútil que resultaría construir un mundo nuevo sobre los cimientos del antiguo: «Lo que decimos cuando hablamos es una vibración arbitraria. Cada uno pensábamos haber llegado a la esencia, pero, o la esencia es subjetiva, o nos equivocábamos […]. Ni las cosas ni las ideas surgen de la garganta para llegar a nosotros, están falseadas por el habla» (p. 395). La nueva era deberá llegar acompañada de un nuevo posicionamiento frente a la realidad, que ya no es representación ni mímesis. No es interpretación de la cosa, sino comunicación de la cosa a través de la cosa misma: «Advertimos que en vez de nombrar y armar una gramática teníamos que empezar por el silencio […]: reproducir el modo en que tiembla el espacio en torno a algo […] convertir el silencio en lengua» (p. 394-396).

Terrón casi parece hablar del fin del lenguaje como una rendición del discurso lógico que abre el camino a la experiencia mística. A esta nueva forma de expresión se relaciona el silencio del místico que, para la filósofa Chantal Maillard, puede reducirse a una simple cuestión lingüística. El místico se sitúa en los límites de lo pensable: no habla de su experiencia porque dice que no puede, y esta incapacidad descansa en una imposibilidad lógica, la del lenguaje incapaz de aprehender la realidad.

En el fondo, Umbra no es una ficción distópica al uso, sino una reflexión sobre la naturaleza del lenguaje y su representación de la realidad; sobre la relación entre las palabras y las cosas, algo que la poesía —esa lengua mística— ha sabido evocar a lo largo de la historia y que la autora ha condensado acertadamente en los versos de Roberto Juarroz que inician la obra: «Hay fragmentos de palabras / adentro de todas las cosas, / como restos de una antigua siembra».

Silvia Terrón, Umbra, Caballo de Troya, Barcelona, 2018, 416 pp.

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