Más allá de Intemperie —la obra magna de Jesús Carrasco—, el comienzo del nuevo siglo ha venido acompañado de algunas publicaciones que parecían recuperar la narrativa rural de Delibes, Cela o Benet, o la ya más moderna de Julio Llamazares. El fondo de estas obras, sin embargo, era uno muy otro al de aquellas novelas que marcaron la literatura española del siglo XX. La novela neorrural se caracteriza principalmente por un retorno al pueblo desde las ciudades como vía de escape, como forma de encontrarse a uno mismo, de huir del ruido alienante de la urbe para volver a las raíces. Las ventajas de la vida en el campo, de Pilar Fraile, comparte algunas de estas características; sin embargo, en sus páginas no encontraremos el típico relato de los avatares de la vida rural, de su dureza y su miseria, sino el de la inviabilidad de dejarlo todo atrás: un canto a la imposibilidad del olvido.

Alicia es la protagonista de la novela. Golpeada por la crisis económica, se encuentra de repente sin un futuro laboral estable. Su situación no hace sino acrecentar el vacío existencial que ya padecía, encontrándose totalmente perdida en medio de un «océano de muros acristalados y rostros fugaces, sin otra posibilidad de escape que su propia y maltrecha iniciativa» (p. 38). Solo su pareja, Andrés, y su hija pequeña, le sirven de asidero en un mundo que le resulta del todo extraño. Al cabo, vagando sin rumbo por la ciudad, parece inferir que aquellos demonios que la habitan, que hacen que su cabeza dé vueltas sin parar y no encuentre salida al laberinto de sus inquietudes, no provienen sino de la urbe y su malsano estilo de vida —infestado de ruido y de prisas—, que mantiene a sus habitantes en un constante y absurdo ajetreo. Como señalaba Albert Camus, en estos tiempos hemos «desaprendido a esperar», hemos hecho del «infierno del presente» nuestro propio reino. ¿Cómo enfrentarse entonces a la desocupación, al afloramiento de la memoria, si solo lidiamos con ella ocultándola bajo un omnipresente ruido de fondo?

Además de su pareja y su hija, Alicia cuenta con el apoyo de dos amigos: Alma y Larra. Alma, cuyo nombre verdadero es Cristina, le aconseja que reequilibre su vida según la armonía del universo. Dice haber encontrado la verdad fundamental de Alicia, aquello que condiciona toda su vida: que el miedo la domina. La conversación con Alma refuerza la idea de Alicia, que en realidad no necesitaba más que una excusa, cualquiera que fuera, para tomar la resolución de irse a vivir al campo definitivamente.

Sin embargo, la marcha al campo no soluciona los problemas de la pareja; aquel lugar que debería resultar idílico se torna un nuevo infierno. La sensación de estar encerrados en una urbe que los atrapa y que los arroja a un sinsentido del que no son capaces de escapar, es sustituida por el temor a su nuevo vecino, un viejo siniestro que observa a su hija pequeña. De nuevo se sienten encerrados, en un paraje muy distinto pero enclaustrados, en definitiva, sin que el enemigo los haya abandonado en ningún momento. Su antagonista nunca ha sido la ciudad ni el viejo que los observa a todas horas, sino ellos mismos y su incapacidad para sobrellevar el peso de sus vidas pasadas, el veneno de sus memorias.

Pronto intentan construir un muro para aislarse del viejo y su perro, que ladra a todas horas. No obstante, la obra parece no acabar nunca y Alicia y Andrés vuelcan sus iras el uno contra el otro, contestándose de malas formas y haciendo dudar a Alicia acerca de la naturaleza del hombre que ha escogido para compartir el resto de su vida. En un momento de estrés crítico, Alicia atropella inintencionadamente al perro del vecino, y así da comienzo a una nueva pesadilla. Ya no solo ha de lidiar con el carácter irascible de Andrés, sino que empieza a interrogarse acerca de sí misma, atormentada por la posibilidad de que el viejo supiera lo del atropello y, lo que es peor, que este no hubiera sido un accidente sino que algo enterrado dentro de sí quisiera de veras matar al pobre animal. Al poco se siente inmersa en un juicio imaginario, donde ha de responder a las preguntas inquisitorias de la acusación, que apenas es capaz de eludir con vagas justificaciones que la llevan a entender que está llegando al límite de su estrés. Ante esta situación, Alicia se acoge a antiguos mantras para apagar la conciencia. «Dios aprieta, pero no ahoga» era la frase favorita de su madre, y ahora ella se la repite constantemente. Cuando tal aseveración no era suficiente como para calmarla, recurría a las palabras de Alma, y se convencía de que tanto ella como Andrés estaban dando equilibro a su vida y, por tanto, según las leyes del universo, las cosas no podían sino salir bien.

Según pasa el tiempo, las fórmulas mágicas que utiliza para garantizarse algún consuelo comienzan a fallar. Andrés está cada vez más irascible, obsesionado con el viejo, que ha pasado a ser la figura central de sus vidas. El tiempo que pasan juntos se hace insoportable. Comienza a ver en su marido un lado siniestro que le trae recuerdos del pasado: la relación de los propios padres de Alicia, los gritos, el maltrato, todo aquello que había quedado enterrado empieza a aparecer y los recuerdos no pueden permanecer ocultos por más tiempo. Ante el peligro de convertirse ella misma en lo que había sido su madre, empieza a plantearse su relación como un fracaso y piensa en huir. Al fin y al cabo, la distancia entre ellos no había dejado de crecer desde que tomaron la decisión de irse a vivir al campo, y lo que parecía una vía de escape los ha llevado irremediablemente al mismo purgatorio donde se encontraban.

Tomado este nuevo rumbo, tan errático como los anteriores, Alicia comienza a verse con su amigo Larra, aquel a quien Andrés veía como un competidor y que era para Alicia, en lo más profundo de sí, el vencedor indiscutible de dicha disputa. Tras un paseo con él, Alicia encuentra una calma que creía perdida, un silencio interior que le resultaba «nuevo, tan profundo que al principio no supo reconocerlo», y pronto comprende que «ese silencio era su rabia que había enmudecido, por primera vez» (p.176). Pero las cosas tardan poco en volver a torcerse. Antes de que pueda tomar alguna resolución acerca del nuevo estado de las cosas, algo terrible la golpea. El viejo, aquella figura siniestra que la había perseguido y que por unos momentos parecía haber desaparecido de su vida, es encontrado muerto. La policía investiga a la pareja y Alicia descubre que Andrés le ha estado ocultado cosas acerca de un encuentro nocturno con el viejo. No tarda mucho en sospechar que su marido ha sido el artífice de la muerte de su vecino.

A pesar de todo, Alicia sigue con su vida. Recibe un correo electrónico con una oferta de trabajo que consiste en fotografiar las propiedades de una empresa inmobiliaria. Al llegar al lugar indicado, descubre que los edificios «más que una ciudad en construcción tenían el aspecto de una ciudad en demolición o un territorio que hubiera sido bombardeado y luego abandonado» (p. 206). Allí conversa con una mujer que le explica que, como demoler todo aquello es muy caro, se ha tomado la decisión de hacer una reconstrucción digital del lugar e intentar venderlo.

Tras abandonar el lugar, intenta contactar con Larra, que solo le da evasivas. Apenas logran verse en el entierro del viejo, donde ocurre algo inesperado. La hija del vecino contacta con Alicia y con Andrés y les explica que su padre era un hombre taciturno, que se había apartado de la vida, desesperanzado por un pasado traumático. Prosigue haciendo alusión a las charlas que el anciano había tenido con ella acerca de ellos, de sus vecinos, y de lo animado que se encontraba últimamente al tener contacto con una pareja joven y, sobre todo, con la niña. De súbito, a Alicia se le viene el mundo encima, revertida la deshumanización del viejo vecino, se da cuenta de que su siniestro relato era solo otra mentira que se había contado a sí misma para sostener un mundo que se venía cayéndose a pedazos mucho tiempo atrás. Habiendo imaginado un enemigo, una representación del desorden exterior a ella misma, solo había conseguido crear, una vez más, un mecanismo para no tener que enfrentar el terror que se escondía en lo más hondo de su vida.

Más adelante, nuevos vecinos se mudan a la antigua casa del viejo ya fallecido y, en la fiesta de inauguración, Alicia observa cómo Larra flirtea con la mujer de la pareja. En ese momento tiene una última revelación: «si su amor no era real, entonces ninguno lo era. El mundo entero se sostenía sobre palabras sin sentido. Mentiras para convencer a la gente de que había seguir adelante porque la vida era buena. Ningún amor era real». No solo eso, también se percata de que «el mundo estaba hecho de una sustancia inmunda; lo visible estaba sostenido por un lado pestilente que estaba siempre a punto de salir del fondo y anegarlo todo para impedirnos encontrar un camino» (p.261) Entonces, Alicia no puede sino pensar que todo se sostiene mediante una farsa cuidadosamente elaborada, aquella «que todos debemos representar», que decía Rimbaud.

Como aquella ciudad que tuvo que fotografiar, resultaba más cómodo maquillar la realidad que demolerla. Pero ella no puede hacer como Andrés, que, a sabiendas de su escarceo con Larra, sigue fingiendo ante los demás como si nada hubiera pasado. Ella no puede aceptar la farsa, no puede sonreír frente al espejo hasta que la sonrisa se apodere de su cara. Así, en un momento de la cena, ante la ostentación constante de sus nuevos vecinos, no puede sino denunciar la hipocresía de la situación, espetándoles: «sois unos hipócritas. […] La casa os la han regalado porque nadie quiere vivir en ella, porque en ella se ha matado a un hombre» (p. 279). Tras lo cual, todos hacen como si nada hubiera ocurrido, como si Alicia fuera una loca.

En el fondo nunca hubo nada más que la mentira. No había escapatoria porque nunca hubo otro lugar que el interior. La vida rural, el equilibro del universo, cualquier causa externa a los demonios que habitaban a Alicia, nunca tuvieron la menor importancia. El miedo siempre la dominó. La farsa había comenzado mucho antes: en su propia memoria un teatro de marionetas había sustituido a sus recuerdos. La imposibilidad de enfrentarse a su pasado acaba traduciéndose en la incapacidad manifiesta para lograr la interpretación cotidiana que el mundo requiere de ella, para ocultar el lodo pestilente que, en el fondo, ha constituido siempre la realidad.

Pilar Fraile, Las ventajas de la vida en el campo, Caballo de Troya, Barcelona, 2018, 304 pp.

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