Decía Deleuze que los buenos escritores siempre crean una «lengua secreta», «bastarda»; que, si comparamos lenguaje y música, los poetas realmente originales siempre escogen el modo menor de la escala. En Las canciones de los durmientes, Layla Martínez introduce variaciones de ese modo menor para lograr una obra de ecos místicos, donde ternura y crueldad son una, donde cielo e infierno, como era el deseo de Blake, se fusionan finalmente para excluir toda visión simplista, maniquea de la vida.

En Las canciones de los durmientes podemos encontrar una constelación de imágenes que aúnan estas características: domadoras de babosas, suicidas que arrastran multitud de cencerros, muchachas sin labios, ángeles de dientes perversos e insectos, muchos insectos. Quizás sean estos últimos los que mejor representan esa «abolición de las clasificaciones perversas» (p. 30): son ángeles y demonios, sobrevuelan el mundo y viven enterrados en él (as above, so below). Son a la vez bellos y repugnantes, frágiles y destructivos. Este arsenal de símbolos de lo «maravilloso-siniestro» o «twisted fairy tale» —como se le denomina en los países de lengua inglesa— atraviesa toda la obra. Y, aunque en los tiempos que corren, tras siglos de dicotomías estéticas firmemente ancladas, esta mezcla ha llegado a resultar extraña, no hay que olvidar que la mayoría de los cuentos de hadas eran originalmente cuentos crueles. Ya lo señalaba Angela Carter, que, además, advertía que «eliminar el lenguaje grueso era […] parte del proyecto de convertir el entretenimiento universal de los pobres en refinado pasatiempo para las clases medias». Pero no solo se trataba de una apropiación, ya que la misma Carter denunciaba que  «la extirpación de las referencias a las funciones sexual y excretora, la atenuación de las escenas sexuales y las reticencias a la hora de incluir material poco delicado […]  contribuyeron a desvirtuar el cuento popular, […] el concepto de la vida cotidiana encerrado en los mismos».

Con todo, en las Canciones de los durmientes encontraremos mucho más que una serie de imágenes siniestras. Layla Martínez conoce la fuerza creadora del inconsciente, navega en sus multiplicidades y nos hace partícipes de ellas. Se sirve del «choque del idealismo con lo demoníaco», de «la terrible lógica de lo absurdo», de una «irrealidad sensible», que, en palabras de Hugo Friedrich, ya sirvió a los poetas simbolistas para escapar de «la estrechez de lo real». Sus canciones flotan en un tiempo no ya mítico, ni siquiera lineal, sino irradiado, esparcido, que transcurre en todas direcciones.  En este mundo «las horas se v[uelven] insectos y golpea[n] contra el cristal de los relojes para escapar de ellos» (p. 57). Por tanto, sus canciones, como la eternidad de Meister Eckhart, «se halla por encima de todos los números». Ante este universo incierto, que se crea y se recrea a cada instante, no nos queda más que abandonar toda clasificación y disponernos, quizás, como los ancianos del principio de la obra, a «olvidarlo todo» y «sobre todo los nombres» (p. 17).

Como ya hemos comentado, Las canciones de los durmientes no necesitan más que ritmo para existir. No tienen más que duración, movimiento. Y es que, en palabras de Bergson, «cuanto más profundicemos en la naturaleza del tiempo, tanto más comprenderemos que duración significa invención, creación de formas, elaboración continua de lo absolutamente nuevo».  Por eso las canciones, construidas mediante frases cortas, solventes, no solo mantienen la coherencia de su mundo a través de su cadencia, sino que van introduciendo numerosos pasajes recursivos que son a su vez utilizados como base para experimentar con toda una serie de mecanismos autopoiéticos. Plegando el texto sobre sí mismo, Layla logra arrancar nuevas irrealidades de la irrealidad a cada página, recordándonos aquella frase de Lawrence Millman que decía que «la inventiva es también la madre de la inventiva».

Este ligero carácter recursivo de la obra no la hace en absoluto una obra fractal en sentido estricto. Las canciones de los durmientes parecen formar más bien una estructura de colmena. El verbo de Layla nos induce a convertirnos en aquellos «seres alados» que decía Platón de los poetas; en ángeles con alas de insecto, en abejas. En una de sus canciones nos dice: «los funcionarios no ha[n] estado nunca en la cima de la cadena alimentaria. Los insectos sí. Los ángeles también» (p. 38): es necesaria esta transformación en ángeles-abeja, esta cualidad para desprenderse de las cadenas del número, de alzarse hasta las cimas, para poder sumergirse en el fondo de las cosas. Hay que devenir insecto. Pero, como abejas, ya no sobrevolaremos «los campos luminosos y serenos», llevados por «el lenguaje de las flores y las cosas mudas» —como sugería la Elevación de Baudelaire—, sino que caeremos al fondo de un laberinto de cera, al origen de la música, a la cámara de los durmientes.

Poco a poco, nota a nota, en alguna suerte de trance onironáutico, nos vemos obligados a seguir a unos durmientes que, como una suerte de flautista de Hamelín —cuya versión original, según algunas fuentes, podría acabar con todos los niños ahogados—, nos conducen hasta el borde del abismo para quitarnos, de repente, las alas. «Los que duermen bajo tierra» han moldeado el laberinto, con sus celdas de palabras y silencios; nos han llevado hasta la cresta final de su fatal in crescendo para descargar un último aguijonazo. En lo más profundo de la colmena siempre hubo un espejo. Estamos frente a la única verdad, frente al metrónomo. «Moriréis y seréis enterrados junto a nosotros» (p. 99), nos dicen los durmientes. Y es que el silencio tras cada canción no es solo el final de una vida sino una revelación: quizás la revelación de que siempre estuvimos llenos de larvas, de que todo ser humano no es sino un ser-insecto; quizás la constatación de que después de la vida hay otra canción que ya no interpretaremos, de la que solo somos notas; quizás la promesa de que «apren[deremos] el lenguaje de los muertos» y «canta[remos] las canciones antiguas nunca antes cantadas» (p.99); o quizás la certeza de que toda la vida no ha sido más que un molesto ruido de fondo y de que, en definitiva, nunca hubo más canción que el silencio.

Layla Martínez, Las canciones de los durmientes, La Garúa, Barcelona, 2015, 104 pp.

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