Hablar de la literatura como viaje supone un tópico muy recurrente en el ámbito de los estudios literarios: el acto de la lectura nos proyecta siempre hacia alguien, nos transporta hacia algún lugar, o nos lleva a experimentar sentimientos y percepciones que nos resultan ajenas. Esta vía de comunicación o reconocimiento que la literatura posibilita, hace que el lector se acerque a las obras encontrando en ellas un diálogo y comprensión que en ocasiones nos faltan. Vivimos en una sociedad globalizada en la que tendemos a recibir continuos flashes informativos que nos sobreestimulan; nuestras vidas —más si se vive en una gran ciudad— están constantemente en comunión con otras personas; vivir en sociedad nos obliga a seguir una serie de normas: legales, políticas, culturales… que de alguna forma modifican la corriente que seguimos dentro de la sociedad, permitiéndonos u obstaculizándonos el acceso a ciertos puestos, niveles o estatus. Como consecuencia de ello, creamos ambientes artificiales como el laboral, el familiar, el escolar, etc. que a su vez forman círculos de personas más o menos cercanas con la que estableceremos un tipo de relación. A partir de estos círculos se construye nuestra propia identidad, mientras que las tensiones y los movimientos que se produzcan en ellos harán tambalear la percepción que tenemos de nosotros mismos. ¿Es posible sentirse solo dentro de uno de estos círculos si no hay violencia aparente? ¿Cuándo o a partir de qué punto empezamos a experimentar la soledad? Lagartija, de Banana Yoshimoto, es un ejercicio de visibilización y exposición de esta soledad, de extrañeza y, por consiguiente, de cierto enajenamiento. Esta antología de relatos se publicó en el año 1993, aunque en España se editase el pasado año. Sin embargo, la autora era ya muy conocida por obras como Kitchen, N.P., Amrita, Tsugumi, El lago, Sueño Profundo y Recuerdos de un callejón sin salida.

Fieles a la sensibilidad y delicadeza características de la autora, los personajes de los seis relatos que nos ocupan se centran en los conflictos existenciales que padecen; los atraviesan sentimientos confusos, desdibujados, que experimentan a través de una voz que hace temblar su propia individualidad. Sucede, por lo tanto, que las narraciones se articulan desde el espacio íntimo de la casa, la mesa silenciosa y apartada de un bar, o el asiento solitario de un tren que, a altas horas de la noche, efectúa su último viaje. Estos espacios nos invitan a la intimidad de los personajes y a sus propias voces, que se ensimisman en experiencias de amistad, amor, soledad y muerte. Del mismo modo que estos espacios convidan al desarrollo interior del personaje, los gestos y la performance de sus propios movimientos, añaden una suerte de simbolismo espiritual que acompaña la melancolía desgarradora de cada relato, veteada de matices grises en los que aparecen los fantasmas del pasado, las dificultades del presente, y el camino por recorrer y crecer que depara el futuro.

La obra da comienzo con un relato titulado «Recién casados» que, como si transportase al lector al universo de Lagartija, se sirve de un viaje en tren para introducirnos en la ficción. El protagonista de este relato expone sus preocupaciones y miedos ante las nupcias recién contraídas con su joven esposa, Atsuko. La incertidumbre del rumbo que puede tomar su nueva vida, hace que el protagonista se cuestione, junto a un pasajero desconocido y misterioso, su propia vida: «Cuando a uno lo bombardean con interminables conversaciones sobre detalles triviales y cosas absurdas sin importancia de la vida cotidiana, acaba sintiéndose extrañamente alienado» (p. 18). La sensación de extrañamiento que se produce frente a la nueva vida y frente al Otro —es decir, de Atsuko—, abre un abismo de sentimientos que separa al protagonista del mundo que lo rodea: «La casa es el universo de Atsuko. Llena su hogar de pequeños objetos que la representan, y los selecciona con tanta seriedad como el champú. Recorre su reino con una expresión que no es ni la de una mujer ni la de una madre. Su bella telaraña me envuelve como algo repugnante, pero también es tan pura que quiero aferrarme a ella» (p. 22). El compañero de viaje del protagonista mantendrá una conversación a partir de la cual podrá dar sentido a su inquietud, conduciéndole a una explicación que lo alivie. Ese miedo a lo nuevo y a lo desconocido procede, irónicamente, de su propio alejamiento e incapacidad para comunicarse con su esposa.

El segundo relato será el que dará nombre a la obra, y en él veremos las cicatrices que producen los traumas de la infancia, de la pérdida y del encierro. El misterio que envuelve a la protagonista de este relato recae en su temperamento, sus manías y en el nombre que el narrador, su pareja, le otorga. «Lagartija» es una mujer cuyo potencial y naturaleza son los de la vida y la muerte; ella misma afirma que salvó a su madre de morir desangrada cuando era apenas una niña. Fue capaz de parar la hemorragia proyectando su intención en el deseo de ayudar a su madre, del mismo modo que fue capaz de matar, tiempo después, al atacante con una maldición que repitió durante varias noches. Esa sensibilidad suya la conducirá a una ceguera temporal, como resultado de una experiencia traumática; sin embargo, Lagartija recupera la vista cuando su vida cotidiana vuelve a recuperar la calma y la armonía habituales. De los seis relatos que acompañan a esta antología, «Lagartija» es de todos los personajes la más misteriosa, la que entraña una trama y un significado más complejos.

El siguiente relato, «Una curiosa historia a orillas de un gran río», guarda ciertas semejanzas con «Lagartija», como son su historia de amor y la presencia de un misterio que atraviesa toda la narración. Pero tal semejanza se entiende mejor si atendemos a la resolución de los mismos, ya que, tanto en uno como en otro, solo la revelación de los más oscuros secretos llevará a la disipación de los fantasmas del pasado.

La trama de nuestro cuarto relato, «La espiral», recuerda a la película Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004).El protagonista del film, Joel, recibe un terrible golpe cuando accidentalmente se entera de que su pareja, Clementine, ha accedido a un tratamiento para que le borren de la memoria todos los recuerdos de su relación sentimental.  En «La espiral», el protagonista tendrá que lidiar con la decisión que toma su pareja de apuntarse (o someterse) a un curso donde «al parecer, te lava[n] la mente por completo» (p.59). «No es el típico [curso] de desarrollo personal o meditación, con esto haces borrón y cuenta nueva. Luego empiezas de cero. Es posible que olvidemos cosas, pero eso es porque son cosas que no necesitamos» (p. 60). El juego que se establece entre el poder de la memoria y el miedo a que nos olviden, refleja la soledad que nace ante la posibilidad de que aquel que nos ama vaya perdiendo o pierda por completo las piezas de nuestra relación sentimental, y con esto acabemos por desaparecer nosotros mismos.

En «Soñando con kimchi», Yoshimoto nos presenta a una mujer que ha de lidiar con una serie de obsesiones que surgen tras la lectura de un artículo periodístico. El escrito, que versa acerca del escaso número de relaciones que, tras iniciarse como un simple escarceo extramatrimonial, acaban en boda, provoca un profundo desasosiego en la protagonista. No tarda en sentirse inmersa en una relación condenada al fracaso y, pese a la más que segura predilección de su amante por su persona, no puede sino imaginarse abandonada o, lo que es peor, siendo la esposa de un marido que a buen seguro repetirá sus infidelidades en el futuro. Sin embargo, y aunque el devenir de estas reflexiones auguraba un final trágico, el relato culmina, de forma un tanto espontánea, con la restauración de la paz mental de la pareja, que son sanados en un sueño conjunto por el reconfortante olor del kimchi.

Finalmente, «Sangre y agua» describe la historia de Chikako, una joven que, habiendo vivido de niña en una aldea comunitaria y religiosa, se marcha hacia Tokio para empezar una vida normal lejos de la presión religiosa. Allí conocerá a su pareja, Akira, que le aportará cierta estabilidad. A raíz de ello, el pasado de la protagonista determinará el tipo de relaciones que mantendrá en un futuro. Solo mediante un reencuentro amistoso con sus padres podrá cerrar las heridas del pasado y seguir adelante.

Como hemos visto, profundizar en aquellas preocupaciones que la gente prefiere evitar es el punto de mira de Lagartija. Tal y como dice Yoshimoto en una entrevista: «Creo que yo recojo aquel sentimiento abandonado que alguna persona ha evitado afrontar porque le resulta muy duro». Sus personajes son, generalmente, mujeres que están perdidas en sí mismas, en un mar de pensamientos que las atormentan y no las dejan evolucionar en la sociedad a la que pertenecen.

Las identidades de estos personajes son confusas y etéreas; la delicada sensibilidad que los caracteriza permanece como rasgo definitorio que comparten todos ellos. Para poder desarrollarse, la aceptación y la comprensión del otro resultan cruciales. Esa constante persistirá en todos los relatos de la autora, haciendo de las ausencias de los personajes un ejercicio de visibilización de los mismos. Se trata, al fin y al cabo, de exteriorizar aquello que nos consume y nos mantiene alejados los unos de los otros.

 

Banana Yoshimoto, Lagartija, Tusquets, Barcelona, 2017, 158 pp.

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