Una flor florece
Mostrando el color natural
con el que nació
entretanto yo nunca he sabido
en qué color voy a florecer

«Una flor florece», Kanoko Okamoto

 

Kanoko Okamoto (1889-1939) fue una escritora japonesa muy prolífica que cultivó ampliamente el género de la poesía, el ensayo y la narrativa, siendo esta última en la que más destacaría su obra. De niña, fue enviada a vivir con una institutriz, que le enseñaría caligrafía, danza y literatura japonesa clásica. Su educación fue sumamente tradicional y enfocada a encarnar una feminidad muy concreta. Okamoto fue autoexigente, disciplinada, estudiosa y una trabajadora incansable hasta el último día de su vida. No dejaría nunca de escribir, a pesar de ver su salud cada vez más comprometida —moriría a los cuarenta y nueve años después de haber sufrido tres ictus provocados por el cansancio y el agotamiento—. Después de dedicar la mayor parte de su vida profesional a una poesía embebida en la pasión y el manierismo romántico, Okamoto decide probar con la narrativa, donde cosecharía sus mayores éxitos.

La grulla doliente es su primera novela, que narra el encuentro de Kanoko con el escritor Ryūnosuke Akutagawa, mientras ambos se hospedaban en el ryokan Hay de Kamakura-Yukinoshita —un alojamiento tradicional japonés—, durante el verano de 1923 (tan solo cuatro años antes de que Akutagawa se suicidase). Esta novela se enmarca en el género de las novelas de amistad (yūjin shōsetsu, tomodachi shōsetsu, o bundan kōyūroku), que surgió como reacción al predominio del Naturalismo japonés (Shizenshugi) en la literatura, y se centraba en hablar de los miembros del bundan (el círculo del stablishment literario) y sus interacciones. Estas novelas de amistad, a su vez, pertenecen al género del Shishōsetsu o ‘novela del yo’, cuyo homónimo en Occidente no sería otro que el de la autoficción. Funciona, además, como un roman à clef o novela en clave. Los personajes que aparecen, aunque bajo un pseudónimo, son personas de la vida real. Así, en el texto, Yōko es en realidad Kanoko Okamoto y Sōnosuke es Ryūnosuke Akutagawa.

Kanoko admiraba fervientemente a Akutagawa, y al principio, el encuentro con él en Kamakura la decepciona. Para ella, cuyo corazón era el de una exaltada esteta, una dandizette que aspiraba a llevar en su cuerpo la propia obra, la presencia excéntrica y descuidada de Ryūnosuke la desconcierta. Dada su obsesión por la belleza, Kanoko posee una inteligencia puramente visual, que a ratos podemos observar en los pasajes del texto, que rebosan de imágenes poéticas: «Sōnosuke se ríe a carcajada limpia. Aunque estoy en la vivienda de al lado, puedo percibir hasta la vibración de su nuez. Su risa, más que grave o profunda, yo diría que es como un río que discurre caudalosamente destruyendo una balsa anudada con tensos nervios» (p. 61). Okamoto construye el significado a través de una sucesión infinita de imágenes, de objetos comunes que se transforman y se combinan para dar lugar a aquello que quiere evocar. La inteligencia poética de la escritora estriba en esa capacidad para disponer de los elementos a su antojo, a través de los cuales es capaz de construir un decorado que funciona como un enunciado complejo. Kanoko escribe como si viera; es capaz de introducir en el texto el sentido de la vista. Las construcciones lingüísticas que destacan en su escritura son, fundamentalmente, miradas que se trasladan al plano del lenguaje: «Su carácter jovialmente urbano [el de Ryūnosuke] parece no tener límites, pero su lado negativo tira de él y lo conduce sin remedio hasta lo más profundo de las tinieblas. Ante mí, tuve la visión de un grueso alambre… pesado, que se desplomaba en la tierra y solo su metálica superficie brillaba bajo los rayos del sol…» (p. 64).

Ella y Ryūnosuke conversarán en varias ocasiones sobre la belleza femenina, lo que ocasionará algunos roces entre ellos. A Kanoko le disgustará la vulgaridad que intuye en las apreciaciones del escritor, por mucho que él intente, en varias ocasiones, asemejar su pasión a la suya. La obsesión de Kanoko por la belleza, se inscribe, por el contrario, en una poética del cuerpo femenino, en una suerte de misticismo sensual que redescubre un alma y un cuerpo indivisos. No hay, para ella, otra celebración que no sea la de la vida, la del cuerpo, la de la belleza que, a la misma vez, constituye el origen de su angustia.

Ese desasosiego que Kanoko experimentaba frente a la vida era algo que compartía con Ryūnosuke, para el que «el ser humano [era] una criatura miserablemente insignificante que vive en este disparatado mundo dominado por algo tan efímero como la existencia» (p. 79). Kanoko es consciente del malestar de su compañero; pero, sin embargo, no alcanza a medir la gravedad de sus palabras, que una vez después del suicidio, adquieren un augurio de muerte. A pesar de ello, la escritora llega a adquirir una comprensión de su persona verdaderamente profunda. El retrato que hace de Akutagawa en La grulla doliente es uno de los más honestos de la literatura, y postula, a su vez, un entendimiento de la condición humana sin artificios de ningún tipo, que reconoce la complejidad del ser humano y la multiplicidad de su identidad: «Ahora bien, por encima de aquel Sōnosuke que hablaba de arte o literatura, cuán inocentes y nostálgicos eran esos otros Sōnosukes que segregaban matices a soledad y tristeza humana. Y mientras pensaba lo desagradable y exasperante que él me parecía, un buen día, todo ello se transformó en simpatía porque, sin quererlo, me relacioné sin querer pensarlo con todos esos diferentes y desconocidos Sōnosukes» (p. 77-78).

Cuatro años más tarde, y solo unos meses antes de que Ryūnosuke Akutagawa se suicidase, Kanoko se lo encontró por última vez, dentro de un tren con destino a Atami. El escritor se encontraba ya visiblemente desmejorado, y Kanoko se preocupó sinceramente por su estado. Se saludaron con afecto y hablaron de volver a verse, pero nunca pudo llegar a darse ese encuentro. Ryūnosuke sonrió a Kanoko y le confesó que su última crítica había sido la más certera acerca de su persona. En ella, Kanoko escribía: «La verdadera personalidad de Sōnosuke es la de un hombre extraordinariamente inmaduro bajo la piel de un genio, dualidad que provoca confusión en su naturaleza donde chocan la discordia y la contradicción» (p. 89). Ryūnosuke Akutagawa padecía un sufrimiento cuyo origen iba más allá de él mismo; y sin embargo, ni Kanoko ni el resto de su círculo, dieron muestras de esperarse lo que habría de suceder. Kanoko se culparía durante mucho tiempo por no haber podido influir, durante aquel verano de 1923, en el comportamiento de su amigo. A pesar de la brevedad de su amistad, se supo por sus diarios que él la valoraba por encima de todas las mujeres que había conocido. Esta novela es el recipiente de la pena de Kanoko y, al mismo tiempo, el obsequio de un recuerdo imperecedero; la impronta de esa grulla doliente que una vez conoció.

Kanoko Okamoto, La grulla doliente, Madrid, Quaterni, 2018, 130 pp.

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