Estamos irremediablemente solos. Absolutamente todos conocemos la experiencia de la soledad. Contrariamente al desarrollo tecnológico actual (que pretende facilitar nuestra comunicación), y al despliegue de herramientas psicológicas con las que contamos, el sentimiento de soledad no ha hecho más que aumentar dramáticamente, sobre todo en las ciudades (irónicamente los escenarios más transitados). Puede pensarse que, al estar en un mundo cada vez más globalizado, las personas podrán establecer relaciones más estrechas entre ellas, ser más cercanas; pero, lamentablemente, las nuevas tecnologías nos apartan cada vez más. La sobreexposición a las pantallas produce en los más pequeños una creciente atrofia del habla y de la capacidad para comunicarse y una actitud antisocial; aquellas herramientas que tendrían que acercarnos nos alejan. Vivir en grandes ciudades nos mantiene ensimismados, encerrados en nosotros mismos: las comunidades artificiales que hemos creado han despersonalizado lo que, en la antigüedad, eran sociedades pequeñas y bien avenidas.

La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo, de la escritora y crítica británica Olivia Laing, profundiza en este sentimiento a raíz de su experiencia personal. Reflexiona la autora: «¿Qué se siente al estar solo? Es una sensación parecida al hambre: como pasar hambre mientras alrededor todo el mundo se prepara un banquete. Produce vergüenza y miedo, y poco a poco estos sentimientos se irradian al exterior, de manera que la persona solitaria se aísla progresivamente, se distancia progresivamente» (p. 17). Queriendo confrontar este sentimiento de tristeza y extrañamiento, Laing se aventuró a investigar acerca de lo que le ocurría, buscando otras personas que, como ella, hubiesen sentido el peso de la soledad. La lectura de la experiencia de Virginia Woolf en Nueva York le resultó de gran ayuda, y, como hizo ella, Laing se interrogó sobre lo que significaba estar vivo. Animada por el hecho de sentirse más cerca de una solución, más cerca de comprenderse —a sí misma y a los demás—, empezó a indagar en la vida de distintos artistas: «Estaba obsesionada con encontrar relaciones, pruebas físicas de que otras personas habían pasado por lo mismo que yo y, mientras viví en Manhattan, empecé a reunir obras de arte que parecían articular la soledad, o sufrirla, sobre todo tal como se manifiesta en las ciudades modernas (p. 11).

Imágenes rompedoras, imágenes tristes, violentas, escandalosas… Laing se sintió atraída primero por las obras y luego por las vidas que había detrás de ellas; aquello que había impulsado a los artistas a exponer su soledad. Muchos son los personajes que conmovieron a Laing y que citará en su libro, Alfred Hitchcock, Valerie Solanas, Nan Goldin, Klaus Nomi, Peter Hujar, Billie Holiday, Zoe Leonard, Jean-Michel Basquiat, Heny Darger entre otros, pero serán solamente cuatro los artistas que despertaron su mayor interés y a los que dedicará el grueso de su ensayo: Edward Hopper, Andy Warhol, Josh Harris y David Wojnarowicz. Olivia Laing analiza sus conflictos emocionales, así como el profundo desapego que comunicaron a través de sus obras y sus diarios. A lo largo de los ocho capítulos que constituyen el cuerpo de la obra, se tenderán puentes entre las vidas de los distintos artistas.

El primer artista a tratar por Laing será Edward Hopper, conocido por sus numerosas pinturas escenificadas principalmente en bares, habitaciones de hoteles, trenes y calles. Sin que el autor lo pretendiera, su obra se asocia fuertemente con la soledad, aun cuando él mismo defendía que no era precisamente así, que no era el tema de sus pinturas o su intención. Las escenas, las expresiones de los retratados, su lenguaje corporal, sus expresiones y todo el atrezzo; así como la arquitectura, las luces y los colores nos llevan casi automáticamente a pensar en el aislamiento, la soledad y el silencio. Laing intenta indagar en la vida de Hopper para dar respuestas al por qué de estos escenarios. Por ello, se centrará en su matrimonio con Josephine Nivison, a quien Hopper silenció y anuló como artista. Es a raíz de esta relación y del carácter del propio Hopper que la soledad emergerá en sus pinturas.

Seguidamente, la autora pasará a estudiar el caso de Andy Warhol, aludiendo sobre todo a sus dificultades de comunicación, de defenderse o mantener su protagonismo dentro de una conversación. Volviendo la vista hacia su infancia, vemos que de pequeño no solamente era un niño tímido, sino que al ser hijo de emigrantes eslovacos —el idioma supuso un obstáculo para él— y con tendencia a enfermar, pasaba mucho tiempo en su habitación. Allí, con la ayuda y el apoyo de su madre, surgieron sus primeras obras, a base de recortes de revistas y collages. Por otro lado, Warhol no encajaba en los roles normativos de género, hecho que le supuso cierta tendencia a la introspección (y rechazo por muchas de las parejas que tuvo) durante años. En base a cada biografía, Laing intenta diseccionar las razones que hay detrás de estas soledades. En el caso de Warhol, señala que «si definimos la soledad como el deseo de intimidad, a eso debemos sumarle la necesidad de expresar y de ser escuchados, de compartir ideas, experiencias y sentimientos. No puede haber intimidad si los participantes no están dispuestos a dejarse conocer, a revelarse. Pero encontrar el equilibrio es peliagudo. O bien no nos comunicamos lo suficiente y entonces seguimos ocultos para los demás, o bien nos exponemos al rechazo por hablar más de la cuenta» (p. 70).

Sin embargo, Warhol aprendió a expresarse: a través de su arte, de sus serigrafías y collages; y a través de la subversión de las burlas o insultos que recibía. Así lo señala el crítico John Richardson, una vez Warhol empieza a destacar ostentosa y llamativamente en sus apariciones en público: «Transformó su vulnerabilidad en una virtud; se anticipaba a cualquier provocación y, de esa manera, la neutralizaba. Nadie podía burlarse de él. De eso ya se ocupaba él personalmente […] El compromiso de Warhol para intensificar sus defectos al máximo es en verdad muy raro, y revela tanto su maestría como su pavor al rechazo» (p. 58-59). En el recorrido de los momentos clave de la vida del artista pop, Laing se detiene en la mujer que le disparó, Valerie Solanas. Ella, al igual que Warhol y otros artistas, sintió la punzada de la soledad y la incomprensión. Valerie fue autora del Manifiesto SCUM, panfleto incendiario en clave irónica que está siendo revisitado actualmente por la teoría feminista.

El siguiente en el punto de mira será David Wojnarowicz, a quien introduce mediante el concepto y la idea de la máscara. Advirtiendo que «las máscaras amplifican la barrera o la pared de la piel, actúan como indicador de separación, de singularidad y de distancia» (p. 90), la autora establece el paralelismo de este elemento con la vida del artista, remarcando y poniendo el acento en una serie de fotografías que se hizo a sí mismo ostentando una máscara del poeta francés Arthur Rimbaud, con el que se sentía identificado. Wojnarowicz fue un artista y activista multidisciplinar: su obra gira en torno a la soledad y las relaciones interpersonales, así como a los abusos y los aspectos más oscuros de su vida. El arte, el sexo y las drogas fueron su vía de escape y su punto de partida para denunciar y visualizar las caras ocultas de la ciudad. La cosificación y la objetificación a la que se vio sometido, así como la soledad que le generó la vida en la calle, propiciaron en él una ruptura que transformó en denuncia y en arte.

El último personaje del que hablará Olivia Laing y a partir del cual establece una relación con la época en la que vivimos, es el multimillonario, visionario y emprendedor Josh Harris. A través del caso concreto de Harris explora y habla de uno de los problemas que impera actualmente: el sentirnos cada vez más solos, faltos de contacto físico, y cada vez más dependientes de las interacciones y «me gusta» de las redes sociales. La misma autora afirma a modo de confesión que «quería enterar[s]e de lo que pasaba. Quería estímulos. Quería establecer contacto y preservar [su] intimidad, [su] espacio privado. […] Y también quería [su] presencia, enumerar [sus] intereses y objeciones, notificar al mundo que seguía estando en él, pensar con los dedos, a pesar de que casi había perdido el arte del habla. Quería mirar y ser mirada, y en cierto modo era más sencillo hacer las dos cosas a través de la pantalla» (p. 197-198). A partir de esta exposición, Laing tratará por igual el caso de Josh Harris con el del abismo social que generan las nuevas tecnologías.

Josh Harris tendrá por obsesión filmarse dentro de macrofiestas que duraban semanas. Instalaba cámaras a lo largo de las varias habitaciones que disponía para sus proyectos y estas filmaban, tanto de día como de noche, en tiempo real, todos los que ocurría dentro de ellas. Este comportamiento precipitó la ruptura con Tanya Corrin, una antigua empleada suya. Terminada la relación, el éxito de sus videoespectadores bajó hasta que, finalmente, sometido a este bombardeo fílmico y a raíz de las críticas que  suscitaba el hecho de exponer su vida personal, se fue aislando y amargando progresivamente. Terminaría su vida retirado en una granja de manzanos, para recuperar o recomponer su concepto de los límites de lo real y lo virtual, y volver a dibujarse de nuevo, por dentro y por fuera.

Laing advierte que las garras de las redes sociales nos separan del mundo físico, permitiendo a la gente aislarse dentro de una burbuja, a la vez que nos dejan eternamente expuestos a un público de alcance mundial. Como consecuencia de ello, no nos fijamos lo suficiente en cómo avanza el deterioro de nuestro entorno, o cómo se desarrolla la vida que nos rodea. «¿Es una coincidencia que los ordenadores hayan alcanzado su dominio en el momento exacto en que la vida en la Tierra empieza a peligrar, amenazada por diversos cataclismos? Me pregunto si el impulso viene de ahí, si parte de la necesidad de escapar de los sentimientos, de sustituir la necesidad de contacto con la droga de la atención perpetua, viene de la angustia de que algún día podamos ser los últimos, la última especie de supervivientes […]» (p. 219), reflexiona Laing.

Honesta y con una prosa que fluye como la mirada clara y limpia de un cuadro de Hooper, Olivia Laing ha decidido emprender este camino, este ensayo de introspección, buscando hallarse en la soledad de los otros, encontrando consuelo en el arte y soluciones a sus problemas personales y al tedio vital. El acercamiento a la soledad que realiza la autora nos revela que, en gran parte, el conflicto reside en la complejidad de sentimientos que nos caracterizan como animales sociales. Sentirse solo es legítimo. Todos y cada uno de los artistas mencionados en este ensayo se sienten solos y lo muestran en su arte, exponen sus cicatrices, exhiben sus cuerpos; se mantienen de un modo u otro con la cabeza alta, porque no todas las cicatrices son feas, no todas son motivo de vergüenza, sino de lucha y supervivencia.

Olivia Laing, La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo, Capitán Swing, Madrid, 2017, 258 pp.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: