Janet Beizer —cátedra de Literatura en la Universidad de Harvard— concluyó en su libro Ventriloquized Bodies: Narratives of Hysteria in Nineteenth-century France (1994) que, tras una ardua investigación de los textos médicos del siglo XIX, no encontró ninguna evidencia de la histeria como enfermedad, solamente el discurso de un terror que había existido en los hombres desde hacía tiempo.

El origen de la histeria

Desde el Antiguo Egipto hasta el siglo XVII, la histeria se presentaba como una enfermedad estrictamente femenina, relacionada con un trastorno uterino. Las manifestaciones físicas eran varias y de muy diversa índole: sofocos, vómitos, palpitaciones, convulsiones, desmayos, trastornos del habla, etc. El papiro Kahun, el registro de medicina más antiguo que existe (1900 a.C), estableció una serie de patrones que continúan hasta la actualidad, como la mención a las migraciones del útero como origen de la histeria. La contribución griega y romana a dicha enfermedad está directamente derivada de las ideas del papiro. En el Timeo, Platón hablaba del útero como un animal que, perturbado por no poder satisfacer sus ansias, se movía de forma molesta, ocasionando diferentes malestares. La causa de estos movimientos se debía a las carencias sexuales de la mujer. Fue Hipócrates quien escogió el término «histeria», del francés hystérie, y este del griego ‘ὑστέρα’, «útero». En el IV Tratado Hipocrático, el médico griego proporciona el primer esbozo del cuadro patológico. El útero, insatisfecho en sus necesidades sexuales y reproductivas, atormentaba a la enferma con sus incesantes desplazamientos, lo que provocaba grandes padecimientos y angustias. La cura prescrita por los médicos del siglo XIX, por tanto, pasaba por recomendar el embarazo y el matrimonio como estandartes de la seguridad para gozar de una buena salud.

Durante la Edad Media, el prejuicio hacia el género femenino se acrecentó violentamente con la hegemonía y el poder de la Iglesia, que asoció la figura de la mujer a la bruja. Debido al poder que ejercían las instituciones eclesiásticas, la medicina se vio obligada a conciliarse con la ética cristiana. No resultaba conveniente para la Iglesia que la nula actividad sexual de las mujeres fuese la causa de la histeria, ya que la castidad se consideraba una virtud. Por ello, la histeria dejó de vincularse con la abstinencia y pasó a convertirse en una consecuencia de la sexualidad desmedida, relacionada con algún pacto obsceno con el diablo; se convirtió en una herejía que debía ser perseguida y erradicada.

El Malleus Maleficarum (el Martillo de las Brujas), es el tratado más importante que se haya publicado sobre la caza de brujas. Fue escrito en 1486 por dos monjes dominicos y se convirtió en el manual indispensable para la Inquisición, para todos «los jueces, magistrados y sacerdotes, católicos y protestantes», en la lucha contra la brujería en Europa. El libro está dividido en tres secciones: la primera parte busca probar que la brujería existe y explica por qué las mujeres, por su naturaleza más débil e intelecto inferior, son más propensas a la tentación de Satán que los hombres; la segunda parte describe las formas que puede adoptar la brujería y la última habla de los métodos para enjuiciar, castigar y torturar a las brujas. En este libro aparecen retratadas algunas epidemias de histeria, utilizadas por aquel entonces para explicar los casos de brujería y, en general, cualquier signo de individualidad, protesta o deseo de emancipación sobre el cuerpo de las mujeres.

histeria y literatura

El Hospital de La Salpêtrière

El proceso por el cual se desvinculó la histeria de la brujería fue extraordinariamente lento. Algunos autores como Paracelso o Jean de Wier, intentaron debatir acerca de estas cuestiones, pero no fue hasta el 1680 que se prohibió la ejecución de las brujas. Paulatinamente, fueron desapareciendo las ideas tradicionales que relacionaban la histeria con migraciones perniciosas del útero. En 1618 se data la primera expresión de la histeria asociada a una enfermedad cerebral. Durante todo el siglo XVIII, el concepto de histeria estará íntimamente unido al de neurosis, pero lo interesante aquí es que la vinculación con la sexualidad femenina seguirá existiendo, a pesar de quedar invalidada la idea del útero en movimiento. Así, aunque el papel del útero como causante de la enfermedad fue desbancado, volvió a introducirse la anatomía femenina de forma metafórica, en tanto que se creía que la mujer tenía una alta propensión a padecer esta enfermedad, por el simple hecho de serlo. Como padecimiento masculino, la histeria pasó bastante desapercibida, y aun así, se relacionaba con comportamientos afeminados llevados a cabo por hombres. Las ideas populares que asociaban la histeria con la sexualidad femenina seguirán vigentes.

Se dieron numerosos intentos de conceptualización del trastorno. Fueron dos los personajes claves de este siglo para la evolución de la histeria: Jean-Martin Charcot y Sigmund Freud. Charcot intentó desvincular la histeria de la etiología uterina, pero no fue capaz de constatar este cambio. Lo importante en el fracaso de Charcot por librar a la histeria de la causa uterina no tenía que ver con no haber podido encontrar un diagnóstico, la negación debía pasar necesariamente por una ruptura con un discurso que imperaba en la realidad médica: el poder del discurso que transmitía una determinada imagen de la mujer. Los esfuerzos de Charcot no se vieron correspondidos porque él no cejaba en su empeño de buscar una respuesta en la anatomía, cuanto debería haberse vuelto hacia la ideología subyacente.

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El neurólogo franco-polaco Joseph Babinski descubrió que los síntomas histéricos podían reproducirse bajo la influencia de la hipnosis o algún tipo de sugestión. Si todo padecimiento histérico podía ser reproducido, la única causa de la histeria era la autosugestión. Es aquí cuando empiezan a intuirse los orígenes performativos y, por tanto, ficcionales, de la histeria. Georges Didi-Huberman, en su ensayo La invención de la histeria (1982), ya nos advertía de esta cuestión. El filósofo francés realizó un estudio sobre la vida y obra de Jean-Martin Charcot, y reveló con ello las prácticas productoras de imagen que se daban en el hospital en el que trabajaba. A través de un riguroso régimen de representación, inducido por el médico en base a modelos iconográficos ya existentes en el arte, se inmortalizó fotográficamente el paroxismo histérico de las pacientes, intentando leer a través de sus retratos los signos inteligibles que corroborasen la existencia de aquella dolencia. Con su Iconographie Photographique de La Salpêtrière (1876-1880), iconografía que recoge la documentación clínica y fotográfica de pacientes internadas en el Hospital de La Salpêtrière, Jean-Martin Charcot se convirtió en cómplice de aquella representación teatral, de aquella hipertrofia discursiva inducida por los propios médicos. Lo único verdaderamente inteligible en aquel hospital era la violencia oculta bajo las pretensiones de delimitación de una enfermedad que había demostrado ser esencialmente literaria, performativa y lingüística.

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Janet Beizer veía en la puesta en escena de la histeria un ejercicio de ventriloquia. Una metáfora que evoca un proceso narrativo a través del cual el discurso de la mujer es reprimido y expresado a la vez, a través de un lenguaje del cuerpo, que es traducido por un narrador masculino. El hospital de La Salpetrière se convertía en cómplice. Sus prácticas reforzaron todo el imaginario cultural alrededor de las mujeres, que, sujetas bajo la idea de la eterna enferma, del individuo incompleto, se convertían para siempre en dependientes de la tutela masculina.

Histeria y literatura

Al mismo tiempo, desde el segundo tercio del siglo XIX, la enfermedad de la histeria empezó a ocupar un lugar destacado en la literatura y a tomar protagonismo en salones, periódicos y revistas. «He cultivado mi histeria con gozo y terror», declaraba Charles Baudelaire. «Soy una gorda histérica», decía Georges Sand. «Yo soy histérico», apuntaba Stéphane Mallarmé, o Flaubert preguntándose: «¿Lo soy yo también?». Son algunas de los afirmaciones y proclamas que podían oírse de boca de escritores y poetas, quienes se disputaban para sí el padecimiento de esta afección.

Sigmund Freud entendía que los síntomas histéricos simbolizaban un trauma que se había producido en la infancia del sujeto. Pero, entre el trauma y el recuerdo, mediaba un tercer elemento: la fantasía. Los traumas infantiles que el adulto recuerda no constituyen el recuerdo en sí, están impregnados de elementos fantásticos. La fantasía suponía una suerte de narratividad; los niños y los poetas podían relacionarse con la fantasía de forma libre, por lo que la histeria se convirtió en el genio creativo. El sujeto histérico representaba sus pulsiones a través del síntoma, las cubría de un velo fantástico. La fantasía poética constituía la fuente de su enfermedad porque era la que liberaba estas pulsiones. Para el adulto sano, la literatura y la poesía son los elementos a través de los cuales las fantasías ahogadas por la interiorización del principio de realidad pueden manifestarse. La literatura era en la dimensión social lo que la fantasía en la personal: un espacio libre en el que puede conducirse un equilibrio sano entre el principio de realidad y el principio del placer.

Sigmund Freud y la sugestión

A partir de Freud, la histeria estuvo asociada con la dimensión del discurso y la narrativa; pero, antes incluso de la llegada del psicoanálisis freudiano, la histeria ya era discursiva. Y lo era porque su existencia estaba mediada por unas prácticas discursivas de distinta índole, que habían ido evolucionando a través de los años.

Pero volvamos de nuevo a las mujeres. Una vez expuesta la vinculación de la poesía a la manifestación de los síntomas histéricos, ¿cuál debía ser la cura, ahora, para la histeria? Es preciso hacer hincapié en el cambio de paradigma que se había producido en el siglo XIX: la descomunal entrada de las mujeres en la esfera literaria. Niñas, jóvenes y ancianas se convirtieron en las principales lectoras de novela. Que las mujeres estuviesen expuestas a la literatura era un motivo seguro para que años más tarde sufrieran histeria. Por tanto, la solución pasaba necesariamente por el analfabetismo. Se trataba, en realidad, de una asociación muy antigua, por la cual la virtud de las mujeres —el desconocimiento carnal y la inocencia— se conseguía a través de la ignorancia de estas, manteniéndolas puras de cualquier conocimiento que pudiese emponzoñar su integridad y su moral.

Relacionar la enfermedad de la histeria con un exceso de educación y de una exposición excesiva a la lectura de novelas no era más que un movimiento de represión que pretendía relegar a las mujeres al ámbito familiar, mediante el entorpecimiento del acceso a su educación, en un momento en que las ataduras que las habían mantenido en la servidumbre y el hogar estaban desapareciendo, en el que la lectura les brindaba la posibilidad de acceder al espacio público. Aquella antigua creencia del útero errante se convertía en metáfora: los antiguos remedios que pretendían recolocar el útero para impedir su migración se transformaban en la necesidad de confinar a la mujer dentro de la esfera doméstica, para impedir su movimiento.

Al final, la histeria no ha sido más que un dispositivo ficcional a través del cual se ha asegurado el control sobre las mujeres, desligando su voz de la razón, por cuanto la palabra del loco no tiene ningún valor. Cuando se ha querido tambalear la autoridad de una mujer, cuando su discurso  ha puesto en peligro la hegemonía androcéntrica, rápidamente se ha sembrado sobre la susodicha la sospecha de la locura, del sentimentalismo, de la afectación. Se la ha condenado a ser víctima de su propia biología, tan poderosamente que ella misma se ha visto conducida a representar los gestos de su ventriloquismo perverso.

Una Respuesta

  1. Hector Alvarado Garay

    Este ensayo e investigacion, nos demuestra como algunnas enfermedades, poco conocidas, influyeron en producion literaria , y en total desconocimiento de intelectuales de ese segundo tercio del siglo XIX, me causa risa histerica, expresiones de Baudelaire, Mallarmr, George Sand y tantos utilizando la histeria, como elemento determinante y estetico en sus creaciones.

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