Decía David Lynch, acerca del origen de su peculiar estilo, que todos tenemos fantasmas que nos siguen allá donde vayamos y que solo los verdaderos artistas son capaces de ponerse frente a ellos y mirarlos a la cara. Laura Lee Bahr, escritora, guionista, actriz y directora de cine, pertenece a esta estirpe. Su inclinación por el séptimo arte se deja notar en Fantasma, su primera novela, que está atravesada de principio a fin por pasajes que bien podrían pertenecer a un film de Roman Polanski o del ya citado David Lynch. Y es que la novela está construida a partir de pequeños capítulos, como escenas cinematográficas, como fragmentos sueltos (rotos, quizás) de celuloide que, según su disposición final, podrían contar la historia de una forma u otra.

Por suerte, Laura Lee Bahr nos ha ahorrado ese trabajo. Como señala Tamara Romero en la introducción, aunque Fantasma nació para ser una novela tipo «Elige tu propia aventura», tras siete años conviviendo con las dudas acerca de su proyecto, la autora decidió retomar el manuscrito y reconstruirlo, eliminando finalmente la posibilidad de comprobar los resultados de tus decisiones a través de los múltiples saltos de página. Lo que ha quedado de esa idea primera es precisamente una estructura fantasma, una narración con las analepsis y paralipsis propias de la novela policíaca, cuya yuxtaposición de líneas temporales ha acabado formando un mosaico textual donde Lee Bahr parece moverse a sus anchas.

La autora juega con nosotros. El texto nos invita a entrar en el cuerpo de Richard Jamison, un joven de 26 años que vive en Los Ángeles. Nos interpela directamente en los siguientes términos: «Eres Richard Jamison. [..] Mírate en ese espejo» (p.19). Por tanto, no es el propio Richard quien narra su historia. Sarah, la fantasma de una joven secretaria, es quien nos dice lo que a Richard le gusta y lo que no, lo que puede y lo que no puede hacer. Y de ese modo, dado que se nos ha invitado a ser el propio Richard, nos lo sugiere también a nosotros. No podemos decidir. O quizás sería más correcto decir que alguien ya ha decidido por nosotros y que, para nuestra sorpresa, ha escogido todas las opciones posibles.

El control que el fantasma de Sarah tiene sobre Richard —por tanto, sobre nosotros— parece partir en un principio de alguna maldición engendrada en la casa que habita, pero pronto nos queda claro que la verdadera casa es nuestra conciencia y que la única maldición, lo que la encanta, es la soledad. Es esa soledad lo que hace que la voz de Sarah retumbe en el interior de Richard silenciando la suya propia, si es que alguna vez la tuvo.

Sarah está contando a Richard. Nos está contando a nosotros. Pero aunque parezca algo trivial, hay alguien que cuenta a Sarah a su vez, y alguien que cuenta a quien cuenta a Sarah. Este juego de espejos está siempre presente en nuestro mundo, tanto dentro como fuera de la literatura; solemos obviarlo quizás porque, parafraseando a Nietzsche, supera la dosis de verdad que estamos dispuestos a soportar. En la novela, sin embargo, se nos sugiere desde un primer momento, que a pesar de que solemos figurarnos en posesión de libre albedrío, todas las elecciones posibles nos son presentadas por un algo —quizás ajeno— que nos habita y que es habitado a su vez.

Richard es otro habitante más de esa indiferencia que envuelve todo nuestro tiempo. Si sueña con ser estrella de rock es porque eso le otorgaría el reconocimiento que necesita para escapar del agujero de abandono que es su apartamento, al que nadie acude jamás. Y quizás porque su música nace con un fin muy ajeno al del hacer artístico, acaba resultando tan anodina. Sabe que nunca será una estrella del rock, pero no puede sino imaginarse siéndolo. Y no es solo por la aviesa voluntad del fantasma de Sarah que acaba deseando a Simon Would: siempre ha deseado ser él, o el fantasma que ha construido alrededor de él.

Por su parte, Simon oculta sus traumas bajo la máscara de un hombre que ha logrado todo lo que se proponía. Pero la realidad es una muy otra. Simon es perseguido por los Tipos Trajeados; hombres blancos, hombres invisibles, fantasmas que parecen no tener ojos y que quieren llevarse a Simon con ellos, para que sea uno de ellos, como lo fue su padre, aquel hombre que nunca estaba en casa, que siempre parecía tener tiempo para sus oscuros secretos, fueran cuales fueran, antes que para su propia familia. Y es que Simon cambiaría todo por no haber tenido la infancia que tuvo, y se siente en cierto modo culpable y encadenado a la figura de su padre, porque gracias a su dinero él ha llegado a ser lo que es. Este es el gran temor de Simon: acabar siendo lo que era su padre. Por eso Simon vive colgado de un hilo, siempre al límite de sus fuerzas; esforzándose por huir de lo que no quiere ser, proyectándose hacia un futuro incierto para escapar así de su pasado. Simon es solo un escritor fantasma (Ghost Writer, lo que, para nuestra vergüenza, llamamos «negro» en castellano), pero su encuentro con Sarah lo convierte en Simon Would, el escritor de éxito —su nuevo apellido, «Would», refleja la situación de condicionalidad a la que está ahora sujeto—. Solo escribiendo su libro sobre Sarah podrá escapar a su destino.

Pero la verdadera protagonista de la novela es Sarah While. Sarah es una chica solitaria, invisible para todo el mundo. Aunque le gustaría ser cantante, ejerce de secretaria. Se encuentra perdida en el mundo hasta que encuentra (o inventa) a Simon Would: el hombre de sus sueños, un escritor de éxito con quien, tras un baile en una fiesta del trabajo, acaba manteniendo relaciones sexuales. Sin embargo, Simon Would solo está en la imaginación de Sarah. Simon es, como hemos dicho, un escritor fantasma, un Tipo Trajeado, un hombre invisible que hará lo que todos hacen: desaparecer. Tras esto, Sarah muere, en lo que podría ser un suicidio, y tras su muerte, ya como fantasma, posee a los otros dos personajes de la novela. Su apellido, como pasaba con Simon, no es una mera casualidad. Sarah es un personaje que habita en la transitoriedad. Está al mismo tiempo viva y muerta. Siempre presente mientras todo ocurre. Es también el nexo entre Richard y Simon; no solo porque se ha instalado en ambos, sino porque su historia es el verdadero puente que lleva de Richard Jamison, el hombre fracasado, a Simon Would, el escritor de éxito. En su vida, hasta que fue interrumpida, Sarah no tuvo a nadie que contase su historia. Ahora ellos serán su voz. Sarah lo deja claro: «No quiero resucitar, solo quiero mi propia voz» (p. 228).

Toda la novela surge de esta necesidad de Sarah de ser contada, de tener una voz. Sarah gustaba de tumbarse en el sofá e imaginar otras vidas. Pero todas esas conjeturas, esa multitud de posibilidades, quedaron abortadas por su muerte. Y es esta la verdadera fuente de los fantasmas: las historias que quedan sin contar. Por eso el fantasma de Sarah busca desesperadamente a alguien que la cuente, expresando su deseo mediante la canción «Misty», de Ella Fitzgerald, que canta compulsivamente y cuya letra dice: «I’m lost/ That’s why I’m following you».  Sarah necesita a Richard y a Simon —o más bien a la máquina de escribir de Simon— para poder contar (o cantar) su vida: esa vida que transcurrió en el más absoluto silencio. Pero tampoco ella puede componer su propia canción, no más que unos fragmentos. «Las cosas se rompen» (p. 177), se repite constantemente Simon, quizás para excusarse, para buscar alivio de todo lo que ha hecho y todo lo que acabará haciendo. Porque Sarah acabará irremediablemente rota. Su voz no sonará por mucho tiempo. Su destino, como en vida, no será otro que quedar destruida por amor. Y es que «el amor también es un fantasma, creado a base de ritual, creencia y devoción» (p.290). Simon Would no es más que Simon, uno de esos Tipos Trajeados que son la perdición de Sarah.

Todos los personajes de Fantasma están enfermos. Es la soledad los que los ha enfermado. No son sus casas las que están encantadas, son ellos. O quizás sí que son sus casas. Nos dice Sarah: «Si yo no fuera un fantasma, escribiría mi historia como si se tratara de una casa» (p.289), en palabras que nos recuerdan a aquellas otras de Heidegger: «el lenguaje es la casa del ser y la morada donde habita el hombre». El lenguaje es la casa que ha quedado finalmente encantada, viviendo entre lo que se es y lo que se pudo ser, sin hacer ya ninguna distinción. Así, Richard acaba angustiado por la posibilidad de convertirse en Dick, una versión sumisa de sí mismo, despojado de su personalidad, hechizado por el conjuro sexual de Simon Would (o por la posesión de Sarah); que, por su parte, teme acabar siendo solo Simon, el escritor fantasma que está condenado a ser un Tipo Trajeado, un hombre invisible; mientras que Sarah While teme solo ser Sarah, esa chica sin voz que siempre quiso cantar. Por descontado, no seremos nosotros ni ellos mismos los que decidan su final. Es aquí cuando Laura Lee Bahr vuelve a jugar con nosotros como el fantasma de Sarah ha hecho con Richard y con Simon, dictándoles palabras en su conciencia, dándoles la falsa ilusión de ser dueños de sus propios sentimientos pero recordándoles frases o canciones que los ponen tristes o los apasionan de repente, convirtiéndolos en sus marionetas. Porque así como nosotros no podemos decidir lo que ocurrirá, los personajes tampoco tienen oportunidad de hacerlo. En realidad nunca elegimos nuestra propia aventura. Por eso, a pesar de los «no me mates esta vez» que el fantasma de Sarah hace llegar a Simon en varias ocasiones, este no puede sino seguir escribiendo su libro. Nunca hubo un final alternativo

Laura Lee Bahr nos asegura que «los fantasmas no existen. Solo las historias y la manera en que se cuentan» (p. 119). Aunque lo cierto es que esta es no es más que otra manera de decir que sí lo hacen. «¿Qué autor podrá contar alguna vez cómo y por qué un personaje nació en su fantasía?», se preguntaba Pirandello. Fantasma es el intento de Laura Lee Bahr por contarlo. Durante siete años esta novela fue su fantasma, cuyos personajes encantaban su casa, haciendo que en su interior las cosas se rompieran. Y aunque Simon nos repita en la novela que las cosas se rompen inevitablemente y que hay que seguir adelante, ni él ni la autora, que tuvo que escribir el libro para librarse de sus fantasmas, pudieron acogerse a tal mantra. Por eso, antes de que tomen el control, es preciso mirarlos frente a frente, como decía David Lynch. La escritura, como de costumbre, es el único exorcismo posible.

Laura Lee Bahr, Fantasma, Orciny Press, Barcelona, 2015, 300 pp.

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