En el año 1815, el volcán Tambora —situado en Indonesia— erupcionó fatídicamente, provocando una serie de desastres en cadena. La nube negra que se fundió con la atmósfera llegó a cubrir todo el hemisferio norte, convirtiendo aquel año en el más frío en mucho tiempo. El tsunami que se originó debido a la conmoción del subsuelo provocó fuertes tempestades sobre las regiones centrales de Europa, lo que aumentó el nivel de las aguas y dejó incomunicados al ilustre grupo de personalidades que se encontraba en aquel momento en Ginebra, a orillas del lago Lemán. El 16 de junio de 1816, Mary Shelley, Percy Bysshe Shelley, Lord Byron, Claire Clairmont y John Polidori quedaron retenidos en Villa Diodati —la casa que habían alquilado para el verano— durante tres largos días debido a las lluvias torrenciales y al frío. Sería en aquella villa, en el confinamiento forzoso que la oscuridad de la nube de azufre había desatado, donde se originaría el relato que más tarde daría lugar a una de las novelas más influyentes de la historia de la literatura: Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley.

La razón por la que todos ellos se conocieron era igualmente azarosa; parecía que una fuerza mayor hubiera querido que confluyeran, en aquel momento y lugar, aquellas cinco personas para que fuera posible engendrar al monstruo. Lord Byron había conocido a Polidori antes de iniciar su viaje por Europa. Polidori acababa de graduarse en medicina y había sido contratado por Byron como su médico personal. El poeta inglés, ya separado de la que fuera su esposa, llevaba un tiempo recibiendo correspondencia de una joven de dieciséis años que estaba enamorada de él, y que le había propuesto encontrarse en persona en Ginebra. Esa chica no era otra que Claire Clairmont, la hermanastra de Mary Shelley.

El padre de Mary y de Claire, William Godwin, era un político y filósofo que había adquirido cierto renombre por sus ideas proto-anarquistas. Godwin conoció a Mary Wollstonecraft, la célebre escritora y filósofa feminista, autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792), en unas tertulias literarias que tenían lugar en Londres. Cuando William y Mary Wollstonecraft se casaron, tuvieron a la que sería su segunda hija —Fanny, la mayor, era de una relación anterior—, a la que llamarían como a su madre, Mary. Madre e hija nunca llegarían a conocerse, puesto que Mary Wollstonecraft murió a raíz de las complicaciones del parto.

Un tiempo más tarde, William Godwin volvería a casarse con una vecina, Mary Jane Clairmont, y de este último matrimonio nacería la pequeña Claire. Godwin y Wollstonecraft siempre se movieron en círculos intelectuales —se cuenta que la pequeña Mary, cuando era un bebé, estuvo en brazos de William Blake y de William Wordsworth—, por lo que el genio creativo le habría venido desde su nacimiento. El fallecimiento de su madre la llevaría a reflexionar sobre la muerte. Como señala William Ospina,  «una madre desconocida —que llevaba su mismo nombre— había muerto al darla a luz, y eso la llevó a cavilar la vida entera sobre los misterios del nacimiento, y sobre la asombrosa proximidad que hay entre la vida y la muerte. Se sentía parida por la tumba, una tumba ella misma, y su nombre y su epitafio tallados sobre una piedra gris la persiguieron en la luz y en la sombra» (De El año del verano que nunca llegó, 2015).

Años más tarde, la joven Mary conocería al poeta Percy Bysshe Shelley, y ambos se enamorarían perdidamente. Claire, a su vez, quiso ser la protagonista de su propio romance, así que decidió escribir al poeta que admiraba desde hacía tiempo, que no era otro que Lord Byron. Después de mantener unos meses de correspondencia, quiso conocerlo en persona, por lo que lo convenció para reunirse con ella en Suiza. Claire invitó también a Mary y a Percy B. Shelley, que, al igual que ella, jamás habían conocido en persona a Byron (y por ende, tampoco a Polidori). Siendo, en la práctica, unos completos desconocidos, aquellos cinco jóvenes se preparaban para pasar la estancia más extraña de sus vidas. Tan extraña y tan fecunda, que el cine recogería también su historia. Pensamos en películas como Gothic (1986), de Ken Russell, o la española Remando al viento (1986), de Gonzalo Suárez. Por otro lado, recientemente se ha estrenado en España la película Mary Shelley (2017), que se centra sobre todo en la relación que mantenían la autora y el poeta Percy B. Shelley.

Frankenstein          Frankenstein

 

Volviendo a nuestro relato, una vez encerrados en Villa Diodati, y durante la primera noche del temporal, Polidori le dijo a Byron que había traído consigo un ejemplar de Phantasmagoriana, un compendio de cuentos alemanes de fantasmas (libro que, hoy en día, resulta imposible encontrar). Byron, al que le encantaban las historias de terror y el ocultismo, propuso entusiasmado su lectura. Al cabo, esto les inspiraría para contarse sus propias historias, por lo que decidieron escribir cada uno un terrorífico relato. Dos obras clásicas de la literatura universal surgirían de aquella noche: Frankenstein, de Mary Shelley, y El Vampiro, de Polidori (cuyo protagonista no era otro sino Byron, caricaturizado burlonamente en su pasada estancia en los Balcanes).

Pero, ¿de dónde había extraído aquella joven la idea para engendrar al monstruo? ¿Bastaba la tormenta, los relatos de fantasmas y la compañía de los grandes románticos de Inglaterra para hacer surgir al Otro? Aquí es cuando la historia se complica y adquiere una claridad sensible la extraña y fascinante genealogía de Mary Shelley.

 

Frankenstein

 

Johann Conrad Dippel (1673-1734) fue un teólogo y médico alemán nacido en el castillo de Frankenstein, en Darmstadt. Estaba obsesionado con la alquimia, lo que lo llevó a inventar el ácido prúsico. Dippel creía que podía transferir el alma de un cadáver a otro; las paredes de su castillo fueron testigo de los macabros experimentos que realizaba con este fin. Poco a poco, la oscura leyenda que se forjó alrededor de su persona fue creciendo hasta adquirir la condición de cuento popular. Unos años más tarde, serían los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm —famosos por recoger en sus libros todas las tradiciones, leyendas e historias del folclore alemán—, quienes, al oír hablar del siniestro doctor Dippel, transmitieron el relato a su traductora en lengua inglesa, que era nada más y nada menos que Mary Jane Clairmont, la madre de Claire y madrastra de Mary.

Podemos imaginar, entonces, cómo la joven Mary oiría embelesada la historia que su madrastra le contaba, o acaso presenció ella misma el momento en el que uno de los Grimm le confiaba a la señora Clairmont el oscuro relato. Sea como fuere, parece increíble concebir que hechos tan peregrinos y distantes entre sí se entrecruzaran de esta forma para dar lugar al mito de Frankenstein. Lo fantástico parece darse en la concreción de unos hechos cuya intersección parece casi imposible. En El libro de arena, el escritor Jorge Luis Borges es testigo de lo imposible al recibir un libro que, incomprensiblemente, parece ser infinito. Y como Borges, perplejo con el libro, ante la historia que contamos hoy aquí no podemos sino manifestar: «Eso no puede ser, pero es».

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