No es del todo extraño que obras literarias de gran valor acaben cayendo en el olvido —durante decenas o incluso cientos de años— por su distanciamiento del paradigma estético imperante en el momento de su publicación. En el año 1826, Mary Shelley publicó una de estas obras, la novela El último hombre. Sin embargo, dicha obra —pionera de la literatura post-apocalíptica— ya estaba maldita antes de que la crítica la repudiara.

Diez años antes, en el verano de 1816, Mary, Percy Bysshe Shelley, Claire Clairmont, John Polidori y Lord Byron pasaron varios días encerrados en Villa Diodati. Es de sobra conocido que aquellas jornadas de oscuridad y tormenta, en el que fue llamado El año sin verano, sirvieron de inspiración para la composición de clásicos como El Vampiro de Polidori o Frankenstein de Mary Shelley. Todos, excepto Mary y su hermanastra Claire, perderían la vida en un plazo de ocho años. Además, Claire vería morir a Allegra, su hija ilegítima con Byron; y Mary, por su parte, perdería a dos hijos y a su hermana Fanny en este mismo periodo.  Fue esta sensación de abandono, de soledad absoluta, la que llevó a Mary a escribir El último hombre.

La novela —que no solo sería un homenaje a sus amigos y familiares caídos, sino un testimonio de su propio luto— fue recibida duramente por la crítica de la Inglaterra de aquellos años. Escribir sobre el fin del mundo resultaba una idea un tanto ridícula, y sus pasajes tristes, llenos de personajes desesperanzados ante una peste terrible que azotaba a la humanidad, fueron tildados de «crueles» y «enfermizos». Además, el padre de Percy B. Shelley, Timothy Shelley, que pertenecía a la nobleza inglesa, había denegado a Mary el permiso para escribir su biografía y, dada la gran cantidad de detalles biográficos que la novela incluía, tanto de Percy —llamado Adrian en la obra— como de la relación de Lord Byron —Lord Raymond— con Claire Clairmont, la obra fue rápidamente rechazada por la aristocracia inglesa, lo que contribuyó a que fuera denostada y finalmente olvidada hasta que el auge de la temática post-apocalíptica, en los años 60 del siglo XX, en plena Guerra Fría, resucitó el interés por la obra.

El último hombre es a la vez una novela post-apocalíptica y una historia novelada de los últimos románticos ingleses. La obra, que la autora hace pasar por un manuscrito profético encontrado en la cueva de la Sibila de Cumas, nos lleva al año 2073, donde tienen lugar las vidas de Lionel Verney, Adrian y Lord Raymond —Mary Shelley, Percy B. Shelley y Lord Byron respectivamente—. En estas primeras páginas encontramos una suerte de relato de amistad, amor y espíritus inquebrantables, donde los jóvenes descubren la fuerza de la poesía y se adhieren al ideario ético-estético del Romanticismo inglés. Pero a mitad de la novela el tono comienza a ser uno muy otro. Es en este punto donde los académicos han interpretado que Mary Shelley deja a un lado el homenaje a sus seres queridos para realizar una crítica feroz a los ideales románticos. La obra se vuelve pesimista y duda abiertamente de la posibilidad del libre albedrío. Los intentos de sus protagonistas por liderar un estado utópico acaban fracasando, así como las relaciones amorosas de Lord Raymond, que, obsesionado con la grandeza de sus victorias, y a pesar de haberle sido profetizada su propia muerte si no detenía sus ansías de grandeza, se abalanza sin remedio sobre su propio fin y acaba acelerando la propagación de una peste letal por toda Europa.

Ya hacia el final de la novela, la naturaleza —refugio tradicional de los artistas románticos— les da también la espalda, y una serie de catástrofes —inspiradas seguramente en las que la propia autora vivió en El año sin verano— acompañan la epidemia para acabar de sepultar las pocas esperanzas que restaban a los últimos supervivientes de una raza condenada a desaparecer. Sin embargo, la obra también puede ser tomada como un relato de resistencia de la propia Mary Shelley encarnada en Lionel Verney, que, a sabiendas de que se ha convertido ya en el último hombre sobre la faz de la tierra, rehúsa quitarse la vida.

Acompañado de un perro fiel —estampa que seguramente serviría de inspiración a Harlan Ellison para su magnífico relato post-apocalíptico A boy and his dog [1975], que sería a su vez homenajeado en la saga de videojuegos Fallout—, Lionel decide vagabundear por las ruinas de las ciudades, seguir leyendo en sus bibliotecas, mejorarse a sí mismo y no dejar de encarnar, en definitiva, los ideales de ese personaje subversivo, de ese artista romántico que hace de sí mismo una obra de arte capaz de sobreponerse a cualquier peste, aunque esta sea, como la de la Europa de nuestros tiempos, una más bien espiritual, de las que no matan sino que traen la muerte en vida.

Con todo, a pesar de contar con imágenes poéticas de gran belleza (es especialmente conmovedor el relato del organero ciego que toca día tras día La creación, de Haydn, con la esperanza de que su hija, ya muerta sin que este lo sepa, lo oiga y se reúna con él) y pasajes de indudable valor literario por su análisis de la experiencia humana, la novela sigue sin tener el reconocimiento que mereciera en el mundo anglosajón; mientras que en el nuestro apenas ha contado con unas pocas traducciones a ambos lados del Atlántico y a día de hoy es un libro cuanto menos difícil de conseguir.

El último hombre ni siquiera es una novela demasiado conocida como precursora de la literatura post-apocalíptica. Es cierto que se inspira claramente en Le Dernier Homme, de Jean-Baptiste Cousin de Grainville (1805), así como en el poema Oscuridad, de Lord Byron (1816), pero la obra de Mary Shelley es mucho más profunda y  entre sus páginas advertimos ya la presencia de ciertos tópicos (la muerte como igualadora, los choques migratorios, la proliferación de sectas, las ruinas de la sociedad y el hombre como lobo para el hombre) que más tarde aparecerían en otras novelas más exitosas como La carretera, de Cormac McCarthy (2006) o Ensayo sobre la ceguera, de Saramago (1995), o en películas como Hijos de los hombres (2006) o Mad Max (1979).

A pesar de esto, muchos fans del género la han criticado amargamente por su lenguaje pasado de moda o por su escasa capacidad prospectiva, mientras que otros recomiendan, directamente, leer solo la última mitad de la novela. Lo cierto es que era difícil prever en aquellas primeras décadas de la Revolución Industrial la manera en la que la tecnología sería capaz de cambiar el mundo, y no sería justo decir que El último hombre es una mala novela solo porque entre sus páginas no aparecen más que algunos dirigibles (adelantándose, por cierto, cincuenta años a los descritos por Julio Verne), y unas pocas menciones a máquinas que facilitan la vida de los habitantes de Londres. Así como tampoco sería justo realizar una lectura parcial de la obra, privándonos de los relatos conmovedores de los protagonistas de la novela, narrados en un exquisito lenguaje romántico, imprescindibles para comprender la enorme desolación que Verney siente ante el recuerdo de ese mundo dejado atrás. Precisamente, El último hombre es una obra de gran valor por la enorme cantidad de lecturas que soporta. Se trata del relato post-apocalíptico total: no es solo una crónica del fin del mundo, sino también del amor, de la amistad, de la esperanza, y de la posterior resurrección y supervivencia de todas ellas en la figura de Verney, el eterno errabundo.

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