Poco más de cuatro décadas han pasado desde que Adrienne Rich publicara El sueño de una lengua común (1978). En ese lapso de tiempo hemos visto cómo la poesía se iba abriendo poco a poco al universo de lo cotidiano. «Lo personal es político» se convertiría en el lema del feminismo radical. Las reivindicaciones LGTBI serían integradas en la gran mayoría de los movimientos feministas. Y a pesar de todo esto, la obra de la poeta, que, además de ser una de las cimas de la lírica estadounidense del siglo XX, fue central para el feminismo de segunda ola, sigue conservando, en buena medida, toda su vigencia.  

Escritos durante esa época de despertar político que significó la contracultura en los Estados Unidos de Norteamérica, los poemas de «El sueño de una lengua común» dejan entrever un claro matiz autobiográfico. La vida de Adrienne Rich, tras ser madre por partida triple y vivir el suicidio de su marido, cambiaría definitivamente al asumir, después de años de miedo e incertidumbre —lo que era perfectamente lógico, dado el cerrazón heteronormativo de la época—, su lesbianismo sin reservas. Todas las obras que escribiría desde entonces —siendo la que reseñamos aquí la primera de esta nueva época— serían un ajuste de cuentas no solo con su pasado, sino con la historia; con esa historia que unos hombres blancos burgueses y heterosexuales habían escrito y en la que no había un lugar para una sensibilidad como la suya. Se lanza así a la tarea de documentar una historia muy otra, una cierta genealogía de las mujeres y del amor entre estas. 

En sus poemas, Adrienne Rich, desplaza al hombre como figura central, como gran héroe, protagonista de todo tipo de epopeyas violentas, que, con su fuerza bruta y sus instrumentos de muerte, empuja el gran carro de la humanidad por el sendero (unidireccional, unívoco) de la historia. En su lugar, nuestra poeta sitúa a un conjunto de mujeres (como Marie Curie, Elvira Shatayev o Nina Simone) cuyas hazañas, no centradas ya en el exterminio y la ruina, dibujan una historia muy diferente a la del relato masculino, denunciando que la predominancia de este último había sido forjada a sangre y fuego. Declama así, a modo de protesta, que la violencia, que la guerra es inherente al patriarcado; que el amor de los hombres a las mujeres, en la mayoría de los casos, no es amor sino una conquista sangrienta del otro. Monique Wittig señalaba algo similar cuando escribía que el «dispositivo heterocentrado», la heterosexualidad no como orientación sexual sino como «régimen político», se basa, al fin y al cabo, «en la sumisión y la apropiación de las mujeres». Bajo esa premisa, Adrienne Rich, habiendo sufrido ella misma la violencia machista, encarnada en las manos de múltiples miserables, busca dibujar una salida para todas las mujeres; alumbrar un sendero, oculto por mucho tiempo, que ella misma ha comenzado a conocer. En la poesía de Adrienne Rich, el amor de las mujeres, a diferencia de ese otro que les ha sido impuesto, no es una fuente de violencia y sumisión. Hay por tanto un amor antiguo, prohibido, que ha quedado enterrado bajo montañas de alienación, y que ha de ser redescubierto y habitado por todas aquellas que quieran dejar atrás el terror de la dominación masculina.

La poeta encuentra, en esta primera parte de la obra, su verbo en lo más profundo de la experiencia común de las mujeres, en las voces de tantas que fueron acalladas. Señala así el carácter ilusorio de la pretendida universalidad del discurso de los hombres, de eso que han convenido en llamar «Historia» y que no puede decir nada acerca de la experiencia íntima de las mujeres. Construye una historia alternativa, una lengua común para estas. Y, aunque sus intenciones quedan ya claras en el poema «Fantasía para Elvira Shatayev», donde nos dice «Si en este sueño hablo / es con una voz que ya no es personal» (p. 15),  para acabar enunciando, ya en plural: «Ahora estamos listas / y cada una de nosotras lo sabe», «ya sabemos que siempre hemos estado en peligro / abajo al estar separadas / y ahora aquí arriba juntas pero hasta ahora / no habíamos alcanzado nuestra fuerza» (p.19), su voluntad de construir ese relato paralelo queda totalmente revelada en un fragmento posterior, perteneciente a la segunda parte del poemario:

[…]

siglos de libros no escritos apilados tras estas repisas

y aún tenemos que mirar de frente la ausencia

de los hombres que no hablaban, de las mujeres que no podían hablar

de nuestra vida, este hoyo aún por excavar

llamado civilización, este acto de traducción, este medio mundo.

[…]

Precisamente en esta segunda parte de la obra nos introduce a una serie de poemas de amor. Siguiendo aquí la tradición sáfica y esforzándose en resaltar las diferencias entre su nueva forma de amar, libre y llena de ternura, y esa otra que ha dejado atrás, pródiga en humillaciones, Adrienne Rich construye toda una ética del amor lésbico, una oda a las caricias que son regaladas por las amantes, naturalmente, sin caer en cálculos de interés, basado en el carácter generoso, bondadoso, de la sensibilidad femenina (sí, hay un cierto esencialismo en su obra que, siendo cuanto menos cuestionable, resulta coherente con lo vivido por la autora). Para la poeta, es a través de esta sensibilidad y de la consciencia del patriarcado como un enemigo común que se puede crear una noción fuerte de sororidad que no solo libere a las mujeres de su alienación, sino que sirva de red afectiva para acoger, sin reparos ni rencores, a todas aquellas dispuestas a salir de ese mundo en el que solo pueden aspirar a ser adornos, esclavas, víctimas.

Lo que Adrienne Rich intenta construir es una lengua para las sensibilidades heridas, un verbo que puedan decirse al oído, salvándolas de ser acalladas, aplastadas por una sociedad fundada en la explotación, especialmente en su explotación. La lengua común de los hombres solo sirve para acallar el dolor de los vencidos, de los humillados de la historia. Es necesario, pues, negar la universalidad de la palabra de los vencedores; denunciar el silencio, la miseria de todos aquellos que han quedado excluidos. La lengua que la poeta nos descubre es la lengua de la ternura. «Sin ternura estamos en el infierno» (p.69), nos dice. Y hoy en día, en un mundo que sigue siendo falologocéntrico, donde la necropolítica tecnocapitalista aparece ligada a los caprichos del mismo grupo de hombres blancos burgueses y heterosexuales de siempre, la propuesta de Adrienne Rich sigue mostrándose impactante. Hoy, en el amanecer del siglo XXI, un gesto de ternura sigue siendo un gesto radical, un ademán revolucionario.

Adrienne Rich, El sueño de una lengua común, Sexto Piso, Madrid, España, 2019, 170 pp.

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