La actividad literaria de la australiana Barbara Baynton (1857-1929) resultó casi desconocida para el gran público hasta medio siglo después de su muerte. Aunque nació a mitad del siglo XIX, no sería hasta consumado su segundo matrimonio, en 1890, cuando comenzase a escribir sus relatos. La obra de Barbara, que retrata la vida rural australiana —concretamente del denominado Bush, las zonas áridas y despobladas del interior del país— no encontraría, sin embargo, demasiada aceptación entre los editores de Sídney, siendo finalmente recogida y publicada a muchos miles de kilómetros, en el Londres de principios de siglo XX (en 1902), bajo el título Estudios de lo salvaje.

Barbara no encontraría el reconocimiento que merecía hasta la década de los 70 y 80. Su obra fue revisitada en estos años, descubriendo la voz de una autora muy adelantada a su tiempo, con una prosa sobria, sin imposturas, cuyo estilo era casi tan árido y rudo como los parajes donde sus relatos tenían lugar. Pero Barbara no solo fue capaz de desarrollar una prosa comparable a los mejores escritores realistas del siglo XX, sino que también se atrevió a derribar uno a uno los clichés del relato rural y a desarrollar una escritura claramente feminista que denunciaba la situación vulnerable de las mujeres en este entorno.

En la obra de la autora australiana, la naturaleza no es un paraíso de abundancia ni una salvaguarda de las preocupaciones mundanales; no se trata de ese lugar común, convertido casi en refugio idílico, atemporal, del que abusaron los escritores románticos. Barbara consigue plasmar con precisión el marco del tiempo en la vida rural: la abolición de los grandes proyectos futuros y la constante renovación de las labores, de las rutinas de supervivencia. También expone la dureza de la vida en la naturaleza, donde cualquier error puede tener funestas consecuencias, algo que vive de primera mano la protagonista de su relato más famoso, «La compañera de Squeaker», que acaba completamente inmóvil, con su columna vertebral lesionada, a causa de un accidente mientras talaba un árbol.

Estudios de lo salvaje pone de manifiesto la existencia de dos formas de justicia muy diferenciadas en el ámbito de la vida rural: por un lado, una suerte de justicia natural, la pura causa y efecto; y por otro lado la justicia de los hombres, que acaba siendo mucho más perversa. La belleza de la primera reside en la unión de su fuerza inexorable con una más que evidente carencia de juicios. En cierto modo, como decía Gaston Bachelard, «comprendemos la naturaleza resistiéndola», ¿pero qué tipo de justicia es la segunda, esa otra que esgrimen los hombres? Una justicia lacrada por la cultura. Y es que en las comunidades rurales se reproducen los mismo roles de género que en las ciudades, cargando también con la consecuente opresión que de ellos se deriva. Así, mientras los hombres pueden permitirse ser vagos e inútiles, las mujeres han de cargar con las tareas más ingratas y, recibir, a cambio, solo la inquina, los malos tratos de sus compañeros masculinos. Pero lo que es más grave aún, en lo salvaje la mujer acaba siendo doblemente vulnerable, porque no solo sufre a su propio compañero, sino que queda expuesta a toda una horda de malhechores que merodean por las tierras áridas y que, debido al aislamiento de estas zonas, pueden actuar sin temor a ser detenidos por la fuerza de la comunidad, como ocurre con la mujer que es atacada por un hombre que aprovecha la ausencia de su marido en el relato «El instrumento elegido».

Es por esto que —como hemos mencionado anteriormente— para Barbara, solo la naturaleza puede impartir verdadera justicia. No por casualidad la figura del perro es de vital importancia en sus relatos. Tanto en «La compañera de Squeaker» como en «Mano tullida», los perros que acompañan a los protagonistas de los relatos son los encargados de castigar a aquellos cuyas acciones morales resultan claramente reprobables, defendiendo a su vez a quienes resultan especialmente vulnerables a la bajeza de los hombres.

En la obra de Barbara, el perro también encarna la figura de la lealtad y de la fidelidad, en contraposición a esa otra del hombre, cruel y traicionero. En un mundo tan hostil, solo las relaciones entre los perros y sus amos revisten un verdadero afecto. Solo los perros responden con cuidados a los cuidados que se les proporcionan. Nos queda claro que para Barbara un perro siempre es mejor que un hombre, algo que no es de extrañar si atendemos a su propia experiencia con estos últimos, en particular a su turbulenta vida amorosa, llena de desengaños que acabaron en ruptura. Los personajes femeninos de Barbara son también muy superiores a sus contrapartidas masculinas, pues, además de estar a la altura de las exigencias físicas del trabajo rural, encuentran tiempo y energía para encargarse de todas las labores domésticas con infinita paciencia.

Para nuestra autora, los hombres serían ciertamente incapaces de llevar una vida mínimamente digna en el Bush si estuvieran completamente solos. Como advierte Pilar Adón en el magnífico posfacio de la obra: «No hay ninguna loa en Estudios de lo salvaje a los valores de sus personajes masculinos, que suelen ser cobardes, vagos, maltratadores y asesinos» (p.180); al contrario, «Barbara desafía frontalmente la imagen glorificada del hombre australiano, hecho a sí mismo» (p.183). Es evidente el carácter subversivo e iconoclasta de la obra, siendo este, seguramente, una de las razones de su rechazo entre los editores australianos.

Si algo nos queda claro tras la lectura de Estudios de lo salvaje es que, aunque Barbara Baynton no pertenecía precisamente a las clases desfavorecidas y no fue tampoco una revolucionaria, sí que renunció a participar en la construcción tanto de los valores de la burguesía colonial como los de la masculinidad rural australiana. Su literatura siempre fue feroz, descarnada, totalmente alejada de las novelas de señoritas que, junto a los cuentos infantiles, habían quedado como el único género literario que los hombres permitían cultivar a las mujeres. Por todo esto, Barbara fue condenada al olvido. Por todo esto hoy la celebramos.

Barbara Baynton, Estudios de lo salvaje, Impedimenta, Madrid, 2018, 208 pp.

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