Hoy más que nunca, tenemos la imperiosa necesidad de contar nuestras vidas y volvernos hacia el pasado. Esta práctica, que tan natural nos parece, es en realidad un fenómeno tardío en la cultura occidental. El momento en que la cristiandad se injerta en las tradiciones clásicas supone un cambio de paradigma en la percepción del propio individuo, que no contemplaba su propia existencia por separado, a instancias de la historia colectiva. La conciencia de sí es el requisito que da paso a la autobiografía; es necesario que la humanidad se haya desvinculado del cuadro mítico del conocimiento de las sabidurías tradicionales para entrar en lo que llamamos «historia». El desplazamiento de la historia pública a la historia privada tiene sus inicios en las Confesiones de San Agustín, cuya vida y acontecimientos cobran sentido en tanto que el individuo es ahora responsable de su propia existencia y debe responder sobre sus actos e intenciones. «Decir la verdad» se vuelve crucial para la construcción de la relación del sujeto consigo mismo, hasta el punto en que «la confesión» se convierte en un elemento cohesionador y de pertenencia a una comunidad (pensemos, por ejemplo, además de los círculos religiosos, en los grupos de apoyo, de superación del duelo o de una adicción, etc.).

Mary Karr, la autora del libro que nos ocupa, integra esta tradición como si fuera un mantra. Impelida por su necesidad de sincerarse y de cerrar las viejas heridas —que cicatrizan mejor al aire—,  escribe sus memorias como una forma de orar, que diría Kafka. Escritora, poeta y profesora de Literatura en la Universidad de Siracusa, Karr escribió El club de los mentirosos en 1995, cuya publicación supuso un auténtico boom en la época y fue elegido por The New York Times, The New Yorker, la revista People y la revista Time como el mejor libro del año. A medio camino entre la novela personal, la autoficción y las memorias autobiográficas, este libro nos introduce en el relato familiar de su infancia, en la década de los años sesenta. La autora asegura en el prólogo que toda familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional, pero la ausencia de extrañeza y, por el contrario, la intimidad que propicia su propio relato, nos hace pensar en lo incorrecto del uso del término; o más aún, en el artificio que supone la asunción de unas dinámicas saludables como paradigma de la normalidad (que es no es más que una ficción).

El desfile de monstruos, sierpes, cíclopes y quimeras que pueblan la infancia de Mary es continuo. No dejamos de asistir en todo el relato a la trágica niñez de la autora, que sobrevive, en el breve periodo de tres años en el que transcurren los hechos, al dolor de la pérdida, el abuso, el abandono, la locura y el sinsentido de la vida. Ella y su hermana mayor, Lecia, aparecen como única constante en esa estructura familiar que se desdibuja continuamente, en un desfile frenético de miembros y lugares superpuestos. Mary se ve obligada a hacer frente, con la fortaleza ingenua de una niña de ocho años, a los obstáculos y sucesos que le sobrevienen sin pausa. Y lo hará a través de una prosa que acomete la fatigosa tarea de enfrentarse a aquello que duerme en nuestros vientres con una habilidad prodigiosa, que parece convencernos de lo fácil que sería sincerarnos, dialogar con nuestro pasado, con nuestro yo más profundo.

Los padres de Mary son personajes fascinantes, poderosos, retratados por la autora con una profundidad que los vuelve materia de la propia literatura. Se aman, pese a las diferencias que los oponen uno frente al otro, con arrojo y perseverancia. El padre de Mary está ligado a la tierra, a la inmediatez de lo que es tangible, al detalle y la materialidad de la propia existencia. La madre, en cambio, es volátil, es leve, tiene los humores de aquellas histéricas cuya voz brotaba a través de un complejo ejercicio de ventriloquia; sufre porque es capaz de ver, porque el círculo de la cotidianeidad la abruma, porque no puede «acceder a la realidad doméstica» —que diría Pizarnik— o, quizás, permanecer en ella.

El mito de Sísifo, de Albert Camus, se convierte en su libro de cabecera, y a través de su lectura, intentará acercarse a Mary y hablarle de su propio sufrimiento: « [mi madre] me explicó que la tarea de Sísifo no tenía más sentido que la de lavar los platos o hacer las camas, actividades que realizábamos una y otra vez hasta que nuestro cuerpo decía basta y la palmábamos. Puede que la primera palabra que aprendí a decir en francés saliera de ese libro. Il faut souffrir, hay que sufrir. Ignoro el motivo, pero en mi cabeza el sufrimiento no estaba relacionado con la virtud moral o la bondad […] sino con la inteligencia. Las personas inteligentes sufrían; los idiotas, no. […] Papá siempre había sido contrario a aquel mensaje; a él le procuraban sumo placer las pequeñas cosas […] Sin él, el sufrimiento de mamá lo impregnaba todo […] El dolor, discreto y distante, significaba vivir en un estado perpetuo de vigilia. Una vigilia que algo tenía que ver con aguardar tu propia muerte y con vivir en un estado constante de desesperación vigilante»  (p. 373-374).

Con todo, el amor que los une a todos ellos, a esas cuatro personas que constituyen la pequeña familia de Mary, no es algo que pueda ponerse en duda. El dolor de los actos que cometen contra ellos y contra sí mismos es trocado en el convencimiento de que permanecer unidos hasta el final de sus vidas es lo más importante. Como San Agustín, amaron su muerte y su culpa, y fue esa sinceridad suicida que escalan peldaño a peldaño lo que acaba sanándolos y clausurando las antiguas heridas: «Estábamos acostumbrados a esa especie de mezquindad sin tapujos basada en la teoría de que no hablar de un episodio doloroso en los términos más perversos era una manera de actuar como si no existiera» (p. 262).

Paradójicamente, el título de la obra nos hace pensar en una cosa muy otra, en la posibilidad de que todos ellos estén mintiendo —lo que, de hecho, tampoco es falso del todo—. El grupo de amigos del padre de Mary solía reunirse a beber y a contar sus vivencias, conversaciones de las que ella era testigo desde niña. En esos encuentros, los hombres que protagonizaban aquellas anécdotas rivalizaban unos con otros por la historia más fascinante, cambiando a su antojo la sucesión de los hechos, como en un ejercicio de autoficción. Aquellas reuniones serían el germen del talento de Mary como escritora, que no se cansaría nunca de oír a su propio padre contando una historia, a quien grabaría en una cinta en los últimos momentos de su vida. Mary bautizó a aquellos hombres como El club de los mentirosos, y a raíz de ello entendemos lo que la autora nos quiere decir acerca de su propia obra y de la literatura misma.

En el texto La autobiografía como des-figuración, el crítico literario Paul de Man se resiste a distinguir entre la autobiografía y la ficción. Para él, es la obra la que produce la vida —como ya apuntara Oscar Wilde en su ensayo sobre el arte—. No es el referente el que construye la figura, sino la figuración la que determina el referente. «En cuanto entendemos que la función retórica de la prosopopeya consiste en dar voz o rostro por medio del lenguaje, comprendemos también que de lo que estamos privados no es de vida, sino de la forma y el sentido de un mundo que solo nos es accesible a través de la vía despojadora del entendimiento. La muerte es un nombre que damos a un apuro lingüístico, y la restauración de la vida mortal por medio de la autobiografía […] desposee y desfigura en la misma medida en que restaura», asegura el teórico belga.

Toda narración de un yo es una forma de ficcionalización, que tiene que ver con el estatuto retórico de la identidad y con el hecho de que la interpretación del sujeto es un tipo de discurso, en tanto que un yo textual, que existe en el discurso, jamás puede verse separado de la naturaleza de su axiología, del contexto de su producción. Toda autobiografía construye una identidad, un yo, y eso es lo que Mary Karr quiere decirnos conduciéndonos a la aparente contradicción de hacer el ejercicio de sincerarnos y aun así seguir mintiendo. Lo importante no es la veracidad de los hechos, el detalle exacto de lo que ocurrió, sino el ejercicio de introspección con uno mismo, la exposición de las heridas y la confrontación de nuestras identidades desnudas con las de los demás, ese desollamiento que nos acerca y nos hace menos ajenos los unos de los otros, y que constituyó para Mary Karr la salvaguarda de su familia.

Mary Karr, El club de los mentirosos, Periférica & Errata naturae, Barcelona, 2017, 517 pp.

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