La omertá o «ley del silencio» es un código de honor siciliano cuya prohibición reside en la revelación de secretos que puedan comprometer legalmente a las personas implicadas en un hecho delictivo, cuyo quebrantamiento se salda a menudo con la muerte. Otorga identidad de grupo y facilita la cohesión del mismo a través de vínculos irrompibles (puesto que, de hecho, su ruptura implica con seguridad la disolución de la organización). Este pacto de silencio tiene su homónimo, más o menos desvirtuado, en todo tipo de asociaciones, comunidades y estructuras, de las cuales la familia constituye y se erige como una de las más brutales. Lo que ocurre en el ámbito familiar debe permanecer dentro de él, ajeno por completo a toda manifestación que no sea el propio juramento —tácito o no—, de permanecer callado. Pero ocurre que en casos como la ocultación de un abuso sexual o maltrato, la naturaleza de lo encubierto nos redescubre más cercanos a cuerpos que se resquebrajan, a cuerpos llenos de grietas, en descomposición. Ese encubrimiento que busca unirnos nos desmiembra, no queda otra raigambre que la de la perpetuación del abuso.

Diario de un incesto es, ante todo, un ejercicio de transgresión de este silencio. La narración de una violación, pero también la violación del secreto. A pesar de la evidente exposición que supone la publicación de este libro, la autora elige no revelar su nombre; sabemos por lo poco que nos cuenta su editor, Lorin Stein, que se trata de una persona pública y que, por tanto, es más aconsejable permanecer anónima. Con todo, lo realmente importante no permanece vedado, sino que se muestra tal cual es: el relato crudo y sangrante —exhibicionista para el gusto de algunos críticos— de la violación de un padre a su hija desde los tres a los veintiún años.

Acorde a esta poética de la verdad, el lenguaje que la autora utiliza es llano y directo, casi ascético. Las frases son punzantes, tienen espinas, horadan el recuerdo y sin embargo lo hacen con una tranquilidad pasmosa, como si hubiera agotado ya toda materia sensible. Puede parecer incongruente, en contraste, la proliferación de detalles a primera vista innecesarios: la mención a los olores, los sonidos casi imperceptibles, el material de las telas, la disposición de los objetos decorativos de las habitaciones. Pero no lo es. Cuando una persona sufre un abuso, el sentido de la realidad que la rodea permanece intacto y se amplifica la experiencia sensorial, que puede llegar a convertirse en una constelación de símbolos, «las sensaciones se han quedado grabadas en [su] cuerpo y este lo recuerda todo» (p. 31). Sucede, por tanto, que la narración se articula de forma extraordinaria a como lo hacen sus propios recuerdos, que han quedado maltrechos con el paso de los años y la singularidad del trauma. También por ello, del mismo modo en que esos recuerdos se almacenan en la mente de la autora de forma desordenada, así lo reflejará su escritura extremadamente episódica y fragmentaria, que se configura como una emulación de su memoria.

La narración da comienzo al final de los abusos, desde la última vez que la protagonista mantuvo relaciones sexuales con su padre, a los veintiún años. Un año después, intentará hacer frente a lo ocurrido haciéndolo público, pero desistirá de tomar acciones legales ante la reacción de su familia. Mientras que su madre siempre la ha odiado por verla como a una rival, su hermano necesita creer que no ha ocurrido nada para poder seguir viviendo y el resto de sus familiares la impele a callarse o le manifiestan abiertamente su escepticismo.

Se sucederán a continuación fogonazos desordenados de recuerdos, que postulan una retórica de la violación increíblemente honesta. No solo por la precisión con la que la autora describe los hechos, sino por la puesta en escena de los procesos mentales que ella como víctima experimenta. «Mi padre es mi secreto. Sus violaciones son mi secreto. Pero el secreto que encierra ese secreto es que a veces me gustaba. A veces lo estaba deseando y a veces lo seducía para que me follara» (p. 25). Lo que se produce en la cabeza de la protagonista es una disonancia cognitiva. Por una parte, existe el hombre abusador que la hiere y que la viola, y por otra, el padre que la cuida, le dice que la quiere y la lleva a cenar. Dos cogniciones en un principio opuestas que ocurren de forma simultánea y que generan angustia y sentimientos contradictorios que la trastornan. Ante todo, la autora demuestra ser completamente consciente de las implicaciones psicológicas que estos hechos tienen en su persona, y reflexiona acerca de ello con un lirismo bizarro: «Hoy he leído en un libro sobre la tortura que cuanto más se viola a una prisionera, más probabilidades hay de que ello le procure placer. El placer como mecanismo de supervivencia. […] ¿Quiere decir eso que he llegado a sentir el placer más grande del mundo? Mi cuerpo es puro éxtasis. Escribir esto me excita. Pienso en mi padre y me pongo húmeda. Pienso en él y lo siento dentro del coño. El placer como forma de sobrevivir. […] El inmenso placer que sentimos nos colma de luz. Me trago su esperma atada a la silla, y unos rayos de luz salen de mi cabeza y mi cara» (p. 26).

En otras ocasiones, resulta especialmente llamativo advertir cómo describe los momentos de abuso desde una óptica externa a ella misma. Se contempla desde arriba, desde fuera de su cuerpo o desde el cuerpo de su padre, pero nunca desde sí misma. Su conciencia parece volar en esos momentos, la abandona y flota por encima de su cabeza. Se convierte en una observadora externa de lo que está ocurriendo. «Vivía en el cielo. Jugaba con las nubes. Mi cuerpo estaba allí abajo en aquella casa, pero yo me hallaba en el cielo. Yo era el cielo. Era un cielo azul infinito cuando estaba amarrada a la silla, cuando me introdujo el cuchillo y cortó» (p. 76). Lo que describe no son más que episodios de despersonalización: ante la gravedad del trauma, y como mecanismo de supervivencia, su cerebro la obliga a situarse en una perspectiva distante que mitigue el impacto de lo que está sucediéndole.

Más adelante, la protagonista volverá a repetir patrones, como acostumbra a suceder en víctimas de maltrato. Cuando viaje a Chile en su primer año universitario, mantendrá una relación con un hombre mayor que su padre, casado y con familia. Su primer jefe la violará. Uno de sus primeros novios la someterá y ejercerá sobre ella un poder basado en el miedo y la destrucción del yo, algo que su padre habría logrado a través de los años. Ella nos cuenta que ese hombre, como otros, había olido su miedo. «Olió mi necesidad de violencia, que yo negaba tener. […] Cuanto mayor era el miedo a que me hiciera daño, más excitada y más profundamente unida a él me sentía» (p. 46). La autora no conoce otra forma de amor, ha crecido en el abuso y ha quedado huérfana. Y como huérfana, buscará en su primer marido la figura paterna que nunca tuvo, desterrando en esos años de matrimonio el sexo que tomó protagonismo en su infancia. Se produce una transposición. Siendo niña se ve obligada a ejercer de mujer, subyace una carencia afectiva que buscará subsanar en la relación con su marido, y lo hará a cambio de renunciar a su placer sexual, a cambio de un hogar. Cuando su matrimonio se rompa, la protagonista comenzará una relación no menos problemática con Carl, la última pareja de la que nos habla. Será con él con quien reproduzca, aunque de forma consensuada, las prácticas sexuales que han caracterizado su infancia a través de una sublimación catártica que exorcice sus propios deseos, que no es capaz de ignorar.

Decía Virginie Despentes en Teoría King Kong, que al reseñar un libro sobre la violación que no era el suyo, una crítica de la revista Elle subrayó «la dignidad de su argumento, sintiéndose obligada a oponerlo a los aullidos» que Virginie profería. «Como víctima no soy lo suficientemente silenciosa», opina Despentes. La violación, continúa, «es algo triste, pero limiten sus aullidos […] No son lo suficientemente dignos. […] Hay que ser una víctima digna. Es decir, que se sepa callar». En Diario de un incesto la autora no calla, no sacrifica su verdad por una pretendida dignidad que la ahogaría. Incluso nos resulta desagradable. No omite los detalles que a nosotros como lectores nos repugnan, nos golpean. De niña se siente impelida a contarle a su madre historias violentas, crueles. Tiene una rabia dentro de sí que también reconoce en su fascinación por el arte, en san Bartolomé despellejado, en Judith matando a Holofernes. El presente libro es también recipiente de ese odio, un ejercicio de escritura que resulta ineludible, por cuanto uno escribe sobre lo que ve, sobre lo que ha visto, sobre lo vivido. No es un texto necesario, es un texto obligatorio; su lectura es un reconocimiento, un movimiento opuesto a la indiferencia y al olvido. No conocemos tu dolor, pero lo reconocemos. No conocemos tu dolor, pero lo honramos.

 

Anónimo, Diario de un incesto, Malpaso, Barcelona, 2017, 127 pp.

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