Ha habido muchas discusiones en torno a la inclusión o no del diario como género literario durante el último medio siglo. Aunque, en los inicios de este debate, la mayoría de los teóricos consideraban que el diario era algo íntimo, un texto abierto, y no un proyecto cerrado y concebido para ser publicado —por tanto no garante del pacto autor-lector, de la condición comunicativa exigida a toda literatura—, en las últimas décadas, coincidiendo con el boom de la autoficción y de la literatura fragmentaria, característica de la posmodernidad, la noción del diario como un fenómeno aliterario ha sido abandonada casi por completo. 

Así, aunque alguna de estas afirmaciones acerca de la escritura íntima ya fueron puestas en duda a principios del siglo XX por autores como Paul Valéry, que señalaba que las palabras que uno se dice a sí mismo «huelen a terceros», las figuras de teóricos como Maurice Blanchot, Paul de Man, Roland Barthes, Philippe Lejeune o Beatrice Didier fueron claves para entender el diario como un proyecto fragmentario (pero no exento de organización, ya que es organizado en base al calendario), semiabierto (ya que se puede cerrar cualquiera de sus partes en cuanto se decide su publicación), de carácter ficcional o semificcional (porque lo que aparece en un diario, como subgénero autobiográfico, no es lo vivido, sino una reelaboración estética de lo vivido), cuyo pacto es entre autor y autor-lector (pues se escribe para un lector imaginario, que puede ser una proyección de uno mismo o de un otro que pudiera llegar a leer el diario)y, por tanto, netamente literario. 

Apuntado esto último, y a raíz de la lectura de La desconocida que soy: diarios íntimos (vol. II), de Índigo Editoras, que recopila fragmentos de diarios de más de una treintena de autoras, no podemos eludir la formulación de ciertas preguntas incómodas: ¿por qué se tardó tanto en reconocer que la escritura íntima era también literatura? ¿Cómo pudo permanecer denostada durante tanto tiempo? Una respuesta definitiva posiblemente necesitaría de un análisis concienzudo y profundo de un sinfín de factores, pero lo cierto es que, si se pretende contestar de forma mínimamente elaborada, resulta imposible rehuir la cuestión de género. 

En este sentido, quizás la pregunta más apropiada para abordar dicha cuestión sería: ¿por qué se desprestigia lo privado en favor de lo público? A la que seguiría esta otra: ¿quiénes han ocupado históricamente hasta hacer completamente suya la esfera de lo público y quiénes han quedado relegadas por entero a la esfera de lo privado? Estos dos interrogantes no hacen sino complementar aquella otra idea, de la que tanto hemos hablado ya y que perduró hasta principios de siglo XX: la creencia de que las mujeres solo escribían cuentos infantiles, novelas de señoritas y sensiblerías sin importancia, mientras que la verdadera escritura, objetiva y desapasionada, pertenecía a un grupo de distinguidos caballeros,  preferiblemente blancos y burgueses, que tenían la potestad de decidir qué obras eran valiosas (las suyas) y qué otras no.

Pero denostar la escritura íntima no solo fue una forma de desprestigiar una forma de producción literaria característica de las mujeres, sino que se trataba, también, de un método mucho más perverso de dominación. Ya decía Marguerite Yourcenar que la mujer es aquella que siempre es contada por otros, algo que comprobamos fácilmente al observar la relevancia que adquirió la construcción del sujeto mujer a partir de las obras literarias escritas por hombres, en contraste con la poca importancia que se le dio a aquel sujeto presente en la escritura íntima de las propias mujeres.

Por otro lado, la escritura privada, a pesar de no estar enteramente libre de las relaciones de poder que en mayor o menor medida nos determinan, es una tecnología del yo con un potencial emancipador indudable, una herramienta efectiva para cincelarse a una misma. En La risa de la medusa (1975),Hélène Cixous ya nos decía que las mujeres, mediante la palabra escrita, materializan lo que están pensando, y así son conscientes de su propia voz haciéndola enteramente suya, siendo esto el reconocimiento de un yo dispuesto a ser redefinido y liberado. A esto mismo se refería Eva Illouz cuando, en su obra Intimidades congeladas (2007), apuntaba que la escritura íntima parece «dar nombre a las emociones a los efectos de manejarlas […], fijarlas a la realidad y en el yo profundo de su portador», atentando así «contra la naturaleza volátil, efímera y contextual de las emociones» y permitiendo transformar la experiencia emocional en «elementos observables y manipulables». Como no podía ser de otra forma, este mismo concepto aparece con gran claridad en obra que reseñamos, en cuyo prólogo, Natalia Romero, poeta y ensayista argentina, reflexiona en los siguientes términos: «A la mujer le correspondía el espacio de lo aislado, lo que no se ve ni se oye. Por qué entonces publicar un diario, por qué hablar de lo íntimo. Porque es la única forma de reconocernos y abrirnos un espacio que no está dado. La escritura del diario se vuelve un gesto de revuelta» (p. 17). Y añade: «Nombrarnos es darnos la entidad que se nos antoja» (p. 18) y «Mis amigas mujeres me ayudan a ver el mundo. […] Ahora, entre todas, y cada vez más, nos ayudamos a ver. Estamos en un ejercicio vital de recuperarnos la vista» (p. 22).   

Con lo escrito, podemos entender la importancia de la iniciativa emprendida por Índigo Editoras. «Es necesario escribir sobre la intimidad. […] Ha[cemos] de la pantalla un espejo» (p. 133), nos dice Elena Mateos, en uno de los diarios presentes en el libro. Y es necesario que todas pongamos nuestras historias en común, que nos digamos las unas a las otras qué es lo que vemos en el espejo. Ese es precisamente el valor de una obra de esta naturaleza. Nos pone frente a un conjunto de vivencias o, más exactamente, y como ya hemos dicho anteriormente, frente a una reelaboración estética de estas vivencias, que versan sobre la identidad, el sentido de la existencia, la soledad, el amor, la maternidad, la propia escritura o las distintas opresiones a las que estamos sujetas, presentándonos una enorme variedad de relatos que nos abren a una pluralidad de voces que conforman esos sujetos, ya nunca más aislados, cerrados y definidos por un otro, que son las mujeres.      

VV.AA., La desconocida que soy: diarios íntimos (vol. II), Índigo Editoras, España, 2018, 345 pp.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: