«La sangre joven no obedece un viejo mandato», nos advertía Shakespeare en Trabajos de amor perdidos. Ichiyo Higuchi, que desarrolló toda su actividad literaria antes siquiera de cumplir los 25 años —sin que esto impidiera que sea considerada, a día de hoy, la autora más importante del periodo Meiji—, fue la abanderada de una nueva generación de mujeres japonesas que a finales del siglo XIX comenzaban a rebelarse contra el rol que la tradición les había asignado.

Aunque Ichiyo tuvo una vida corta —murió de tuberculosis cuando tenía apenas 24 años de edad—, y cultivó sobre todo la poesía; sus relatos, escritos durante su estancia en Yoshiwara, el antiguo distrito rojo de Edo (ahora Tokio), fueron ampliamente celebrados, ya que ilustran de forma magistral la batalla de las nuevas generaciones de la época contra una moral que, por primera vez tras la apertura del país a Occidente, empezaba a ser discutida (aunque tal contienda se diera muchas veces en privado, en la habitación secreta de sus conciencias).

Crecer, una recopilación de algunos de los textos en prosa más famosos de la autora, que incluye la novela corta que da nombre a la recopilación y que, junto a su diario, quizás sea su obra más conocida, nos muestra la vida y costumbres de las clases más desfavorecidas del Japón de aquellos años: geishas, sirvientas y ladronzuelos son algunos de los personajes de los que Ichiyo se sirve para hacernos un fiel retrato de la batalla de los afectos contra el muro de una sociedad que rebaja lo humano a la deshonra.

La crítica social de Ichiyo Higuchi alcanza igual al sistema tradicional, heredado del Shogunato Tokugawa y a los nuevos valores capitalistas que, a posteriori, se irían imponiendo. Crecer es una novela corta del género Bildungsroman, o novela de aprendizaje, que, como ya comentamos en Necesitamos nombres nuevos, comienza a aparecer en la literatura de las distintas sociedades cuando estas abrazan los valores de la burguesía. En ella, un grupo de jóvenes de Yoshiwara va descubriendo poco a poco las normas imperantes en la sociedad adulta, mientras sus sueños, sus ideales, y la moral de su infancia, comienzan a tropezar con un mundo en el que la posición social y el dinero son los únicos baremos que construyen la identidad. Ese nuevo mundo desagrada profundamente a los chicos del barrio, especialmente a la joven Midori, que por ser mujer se ve expuesta a una crueldad que se niega a soportar: «quiero poder seguir jugando a las casitas con mis muñecas. Eso sí que me subiría los ánimos… ¡No quiero hacerme mayor, no me da la gana! ¡No, no y no! ¿Por qué diantres tengo que crecer, eh?» (ref.190). Así, la amistad, el amor y la ternura que caracterizaba a la pandilla acaba retirándose a lo más profundo de sí mismos, para poder representar el papel que el mundo espera de ellos, que no es más que el del serio y honorable trabajador en el caso de los hombres y la esposa dócil y complaciente en el de las mujeres.

En otros de sus relatos, En el último día del año, la protagonista, una sirvienta empleada en la casa de una familia pudiente, enfrenta la moral tradicional de los padres al espíritu disoluto de su hijo, cuya única aspiración en la vida es despilfarrar la fortuna familiar en toda clase de vicios. Aunque pudiera parecer que se trata de un alegato en contra de los nuevos tiempos, la sirvienta observa casi de igual modo la mezquindad de unos y de otros, ya que, mientras que la dueña de la casa niega un préstamo irrisorio a la sirvienta que ayudaría a arreglar una grave deuda familiar, acepta sin más que su propio hijo le robe el dinero que tenía guardado en un cajón de su cuarto.

Quizás sea en Nubes que se esfuman donde se nos cuenta de forma más directa las desilusión que conlleva el paso a la vida adulta. En este relato se vuelve a tratar el tema de la infancia derrotada, asociada a la pérdida de la identidad, que obsesionaba a Ichiyo Higuchi; la muerte de los sueños de juventud en el tránsito a una vida que no es sino una existencia encorsetada. En el relato, la autora se refiere a esto en los siguientes términos: «Nozawa Keiji comenzó a perder su identidad como individuo: empezó a amasar una fortuna cada vez mayor y consiguió aumentar sus ganancias de mil a cien mil […] y las promesas que realizó terminaron por caer en el olvido, en el lejano puerto de Tokio, pues los navíos se limitan a seguir el cauce, tal como las personas, a su vez, se ven arrastradas a través del mundo» (ref.290).

Los dos últimos relatos del libro, Aguas aciagas y La decimotercera noche, comparten la denuncia del matrimonio como una farsa, especialmente dolorosa para las mujeres del Japón de la época, mostrando cuán ciertas eran aquellas palabras de Kate Millet: «En el matrimonio por parejas se instituyó el primer intercambio humano, es decir, la compra y venta de las mujeres, prototipo de la esclavitud humana». El amor de las mujeres de estos últimos relatos son meros objetos de intercambio para sus padres, que, tras conseguir un matrimonio provechoso en términos económicos, abandonan a sus hijas a la tiranía de sus maridos y acaban por reducir sus expectativas amorosas a una servidumbre silenciosa donde cualquier acto de desobediencia es castigado con el más absoluto de los desprecios.

Ichiyo Higuchi, la escritora rebelde del Periodo Meiji, se enfrentó a su manera a este tiempo de transición. Vivir en Yoshiwara, junto a los descastados de la ciudad de Edo, no solo fue su manera de intentar ser libre, sino que se convirtió en su forma de dar voz a esas personas que pocas veces habían aparecido en la literatura japonesa más que como estereotipos. Su obra ilumina las calles más oscuras de la ciudad, mostrándonos las pasiones, los anhelos de libertad de unos personajes hechos a golpe de derrota que nos enseñan que lo humano jamás puede ser una deshonra.

Ichiyo Higuchi, Crecer, Chidori Books, Valencia, 2014

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