A lo largo de la historia, se ha construido un sujeto mujer ligado inherentemente a la maternidad. Sabemos, con todo, que no hay un eterno femenino desde el origen. El instinto maternal, que inevitablemente ha de ser entendido junto con las demás características tradicionalmente atribuidas a la mujer es, en realidad, solamente un mito. Como todos los mitos, no es otra cosa que una fábula, y por tanto, una ficción. Tal y como decía Simone de Beauvoir en El segundo sexo (1949) «el instinto maternal no existe: la palabra difícilmente se aplica, en cualquier caso, a la especie humana».

Como contraposición a estas creencias, el título del ensayo de Lina Meruane es ya una declaración de intenciones. Se opone de forma directa, no ya a la maternidad, sino a los hijos, matiz que conviene explicar. Posicionarse en Contra (de) los hijos supone un esfuerzo por destacar lo que que hay de inmenso en un proceso que no acaba nunca, que define y condiciona a la mujer en todos los aspectos de su vida. Estar en contra de la maternidad supone circunscribir el hecho de ser madre a un tiempo y espacio concretos, mientras que poner el foco en «los hijos» deja al descubierto una estructura que va más allá de un proceso finito, que nos sucede hasta después de nuestra muerte y cuya incesante actividad tiene implicaciones a nivel mundial. La máquina reproductora, dice Meruane, despide hijos por montones. «Y muere gente por montones también, pero por cada muerto, por cada desahuciado, hay dos-punto-tres cuerpos vivos lanzados al mundo a probar suerte. […] Los hijos, lejos de ser los escudos biológicos del género humano, son parte del exceso consumista y contaminante que está acabando con el planeta» (p. 13). Lina Meruane no aboga, por tanto, por  «el cese absoluto de la industria filial», sino «contra el lugar que los hijos han ido ocupando en nuestro imaginario colectivo desde que se retiraron “oficialmente” de sus puestos de trabajo en la ciudad y en el campo e inauguraron una infancia de siglo XX vestida de inocencia pero investida de plenos poderes en el espacio doméstico» (p. 17).

En este ensayo, Meruane utilizará la voz de testimonios reales y literarios, ofreciendo un amplio abanico de perspectivas acerca de la maternidad y la crianza de los hijos, sopesando todas las consecuencias que conlleva. El análisis de los obras literaras que escoge, Casa de muñecas (1879) de Henrik Ibsen y la novela proletaria Parque industrial (1933) de Patrícia Galvão, da muestra de cómo de perjudiciales pueden ser la maternidad, la estructura familiar y el matrimonio cuando se accede a ellas bajo la amenaza y el control. A lo largo de los siete capítulos, la autora articulará un recorrido alrededor de la mujer y sus derechos laborales como trabajadora y creadora. El peso de criar un hijo supone una añadidura laboral que pocas madres pueden sobrellevar de forma exitosa (interviene aquí, por descontado, la intersección género y clase). A partir del siglo XX la mujer busca trabajar y ser independiente, realizarse como individuo. Esta realización nunca llega con los hijos sino con trabajo e independencia económica. En todo caso, la cuestión de la maternidad no debería estar relacionada con una cuestión identitaria, sino con nuestra propia subjetividad. Las elecciones que tomamos responden a una idea de sujeto y serán percibidas de forma única y diferente por cada individuo. El consenso de la realidad parte de la propia crítica, tambien en disciplinas comúnmente consideradas «objetivas», como las que caen del lado de las ciencias naturales. Lina Meruane, por tanto, se sirve de las vivencias de varias voces para articular un punto de vista crítico. Su visión en contra de los hijos será una visión en contra de un sistema opresor, en contra de asimilaciones culturales impuestas. Estar en contra de los hijos es estar en contra de la educación que les damos.

Meruane tomará el argumento de Virginia Woolf: «El primer deber de una mujer escritora es matar al ángel del hogar». La angelización del género femenino relegaba a las mujeres al ámbito doméstico, a ser pasivas e impotentes, simpáticas, encantadoras, graciosas pero educadas, autosacrificadas, piadosas y puras. En Una habitación propia (1929) Woolf hablará a las mujeres profesionales de los años treinta del reclamo del espacio propio usurpado por el ángel de la casa, de la libertad emancipadora y de la libertad económica, destacando el trabajo como herramienta hacia la libertad.

Habiendo apuntalado ya las bases de su discurso teórico, Meruane se centra en el análisis de Nora, la protagonista del drama de Henrik Ibsen Casa de muñecas. La obra de Ibsen da cuenta, en el final de su segunda versión, a la voluntad adoctrinadora de la mujer como madre y como ama/ángel de la casa. En su primera versión Nora abandona a sus hijos y a su marido empujada por la búsqueda de la libertad y de su propio sustento económico, final que no fue bien recibido por una gran parte de la sociedad. La recepción que tuvo en la actriz que interpretó a Nora en su primera versión, que se negó a pronunciar el parlamento final alegando que era una escena imposible —puesto que una mujer jamás abandonaría a su marido— fue de inverosimilitud, de extrañeza por presenciar a una mujer rompiendo lo que se creía natural en ella. La imposibilidad para emanciparse de Nora no responde únicamente a su reclusión en el hogar, sino también a su incapacidad económica que la hace depender de su marido. Aun así, trabajará de escribana nocturna a espaldas de él, para poder pagar la deuda que ha contraído. «Haciéndose hombre» por la noche y disfrutando durante el día de su faceta como madre-ángel-muñeca, Nora romperá el contrato matrimonial. En Parque industrial, Patrícia Galvão retrata la sociedad proletaria y toda la crudeza de su vida, marcada por el trabajo. Galvão descarta por completo cualquier mística que embellezca o disimule la realidad del proletariado —ni siquiera el amor como elemento de transcendencia social y moral—. La protagonista de la novela, Corina, tendrá que hacer frente a un embarazo que, además de suponer una carga para ella misma, su entorno ve como un obstáculo para el trabajo.

Uno de los primeras prácticas que realizan las niñas es el juego con muñecas; es decir, aprenden a ser madres. Después de esto, vendrán otras que nos moldearán como futuras mujeres-esposas-madres. Desde nuestro nacimiento como sujetos sexuados en femenino, somos entrenadas y guiadas para seguir un camino que nos precede y que se pretende natural. Crecidas al amparo de esta tradición, la maternidad y el deseo de querer tener hijos parecen aspiraciones reales en todas las mujeres. Creemos que queremos ser madres y que el instinto maternal es inherente a nuestra condición. ¿Cómo no pensarlo? Si el instinto maternal fuera un instinto similar al de los otros mamíferos, que se desarrolla en la transición de la infancia a la edad adulta, también el ser humano daría señas de tal característica a partir de su adolescencia, que es cuando se inicia la capacidad reproductiva. Irónicamente, este «instinto» aparece en mujeres ya casadas o con pareja formal, de una cierta edad y con una condición económica favorable.

El posicionamiento frente a una cuestión como la maternidad será, al fin y al cabo, algo subjetivo y en última instancia personal; seremos nosotras mismas quienes, con las herramientas que tengamos a nuestro alcance, y con el pleno acceso a la crítica del discurso hegemónico, decidamos si queremos o no adentrarnos en el sendero de la maternidad. Contra los hijos no pronostica el fin de la reproducción, no es un planfleto incendiario. Contra los hijos aporta la coherencia crítica necesaria para articular un discurso propio, aunando una multitud de perspectivas que, lejos de encasillarnos en el hieratismo, nos permiten trascender nuestra historia.

Lina Meruane, Contra los hijos, Literatura Random House, Barcelona, 2018, 192 pp.

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