Si Europa desconoce el verbo africano es porque siempre prefirió apretar la garganta ajena antes que sentarse a escuchar su canto. Siglos de genocidio y esclavitud mermaron la tradición oral de los pueblos del continente, que aun así fueron capaces de conservar un maravilloso acervo de relatos, mitos y refranes que reaparecen a día de hoy en su literatura. La poesía africana siempre ha recogido los ritmos de su pueblo, las palabras de sus ancestros, lo que el teórico Léopold Senghor definiría como un mundo «animado por las fuerzas invisibles que rigen el universo», a lo que añadiría también que «en el África negra, cualquier obra de arte es al mismo tiempo una operación mágica». Aunque la poesía africana escrita en el siglo XX mantiene y renueva esa tradición,  se trata, esencialmente, de una poesía de la angustia. A las voces poéticas del siglo les resulta imposible soslayar el desarraigo que les impuso el colonialismo. Todas y cada una de ellas han de enfrentarse no solo a la pobreza provocada por siglos de explotación o al desengaño de unos procesos de independencia que nunca trajeron la liberación prometida, sino a la terrible ironía que supone tener que escribir en la lengua del colonizador.

Esta no es la única contradicción que caracteriza a la poesía africana, ya que si bien, como hemos dicho, se trata de una poesía de la angustia, también es una poesía que se rebela contra esa misma angustia, contra la historia del continente, contra «el miedo, el complejo de inferioridad […], la desesperación, el servilismo», que diría Aimé Césaire. Para las poetas africanas, por su condición de mujeres, la rebeldía acaba resultando doble. Escriben para destruir la losa de la historia, pero también para alzar la voz con furia y mostrar que no tienen miedo ni del fantasma del colonizador europeo ni de ese otro hombre, de carne y hueso, que pretende escribir el futuro de África sin ellas, una vez más.

Verónique Tadjo (1955), poeta costamarfileña, ha sido ganadora de numerosos premios literarios. Siempre comprometida con la causa panafricana, participó junto a otros poetas y novelistas africanos en el proyecto «Ruanda: escribir por el deber de la memoria», que en 1998 denunciaba el horrible genocidio que se estaba produciendo en dicho país, donde la población civil quedó vergonzosamente desasistida por la comunidad internacional. De esta experiencia que la marcó de por vida, surgió su libro L’Ombre d’Imana, un diario de viaje por la Ruanda del desastre. Aunque ha publicado apenas tres poemarios, todos ellos han sido alabados por la profundidad de sus meditaciones acerca de la soledad y de la muerte.

 

Las semillas de soledad

Las semillas de soledad crecen en mi cuerpo y un árbol de espinas
me hiere sin cesar
las semillas de soledad fecundan mi alma
con campos por desbrozar, con germinaciones interrumpidas
las semillas de soledad crecen más rápido que el tiempo…
las semillas de soledad se hunden mil leguas bajo tierra
y el viento murmura historias de soledad que
hablan de la brisa, del soplo del mar
del eco de las montañas y del ruido de la lluvia
cuando suavemente la tierra se pone a vomitar.

 

Abena Busia (1953), además de poeta y editora, es hija de Kofi Abrefa Busia, que fue jefe de estado de Ghana entre 1969 y 1972. Ha pasado casi toda su vida fuera de su país, siendo profesora de Estudios de Género en la Universidad de Rutgers y ejerciendo de diplomática en Brasil. A pesar de su posición privilegiada, Abena siempre ha expresado su voluntad de transformar el mundo, especialmente el de las mujeres africanas, a través del Women Writing Africa Project —del que es codirectora— y editando libros de teoría feminista como Theorizing Black Feminisms: The Visionary Pragmatism of Black Women.

 

Calibán*

Esta lengua que he dominado
me ha dominado a mí;

me han enseñado maldiciones
en el idioma del dominador

me han enseñado del sometimiento
en el idioma del dominador

y soy una mujer despreocupada y desnuda
cantando las palabras de una pequeña niña perdida
hollando el borde de las olas

tratando de volver a capturar…

el sueño de una virgen arropada con la luz de la luna
un gesto de extenderse a través de las aguas
cantando una canción de casa

soy la hija de un hombre negro, aún
varada en las costas de mares sajones.

*Traducción de Gustavo Osorio.

 

La poeta y novelista Ananda Devi (1957), nacida en Mauricio, empezó su actividad literaria a muy corta edad. A los 15 años ya había ganado un premio de relatos organizado por Radio France Internationale. Pasó parte de su vida en el Congo, aunque finalmente decidió mudarse a Francia, donde ha gozado de gran prestigio literario. Es autora de numerosas novelas, entre las que destaca Pagli, Suspiro o Ève de ses décombres. En 2010 le fue concedido el título de Chevalier des Arts et des Lettres que otorga el gobierno francés. Su poesía destaca, como el resto de su obra literaria, por la expresión de la violencia y del desarraigo y por la búsqueda de la ternura, casi como utopía, entre un mar de sufrimiento y alienación.

 

Mausi*

El calor espumoso
crepita como el aceite
en el caldero ventrudo
un vapor rico en olores
se abre en lianas azules
la vieja recibe un chorro
en su rostro ennegrecido
por todos los mediodías
y un trazo de sol
cava sobre su cabeza blanca
un pequeño hueco de deseo.

Ella resplandece en sonrisas
vengan niños vengan
alborotando a los niños
de todos los mediodías
pájaros hambrientos de lecturas
y del hambre de la vida
en las sonrisas unidas
crepitan las frituras.

Ella rasga sus quemaduras
carne usada atrofiada, fatiga
de una vida, abatida por la espera.

*Traducción de Pablo y Myriam Montoya.

 

Entre las voces africanas de una generación anterior, queremos destacar también a Noémia de Sousa (1923–2002), poeta y periodista mozambiqueña. Tuvo que exiliarse de Mozambique en 1951 debido a la persecución política a la que se vio sometida por sus ideas anticolonialistas. Más tarde volvería a tener que pasar por otro exilio, huyendo de Lisboa hacia París,  por su oposición a la dictadura portuguesa. Aunque desarrolló la mayoría de su obra poética en la juventud (1948-1951), antes de dedicarse enteramente al periodismo, sus poemas dejaron testimonio de su espíritu rebelde y del orgullo de una nueva generación de africanos que, por primera vez, empezaban a transformar la humillación colonial en una renovada fuerza identitaria.

 

Si me quisieras conocer

Si me quisieras conocer,
estudia con ojos de ver
ese trozo de palo-negro
que un desconocido hermano maconde
con manos inspiradas
talló y trabajó
en tierras distantes allá en el Norte.

¡Ah! Esa soy yo:
órbitas vacías en la desesperación
de perseguir la vida,
boca rasgada y herida de angustia,
manos enormes, agrietadas,
irguiéndose como quien implora y amenaza,
cuerpo tatuado de heridas visibles e invisibles
por los duros azotes de la esclavitud…
torturada y magnífica
altiva y mística,
africana de la cabeza a los pies.
¡Ah! Esa soy yo
Si quisieras comprenderme,
ven e inclínate sobre mi alma de africana,
en los gemidos de los negros,
en los batuques frenéticos de los muchopes,
en la rebeldía de los machanganas,
en la extraña melodía que vuela
de una canción nacida de la noche.

Y no me preguntes nada más
si es que me quieres conocer…
no soy más que un caracol de carne
donde la insurrección de África congeló
su grito lleno de esperanza.

 

Marie-Leontine Tsibinda (1958) es una poeta nacida en Girard, República del Congo. En 1996 recibiría el Premio Nacional de Poesía; sin embargo, apenas tres años después, tuvo que huir del país debido a la guerra civil del 5 de junio. Publicó su primer libro, Poèmes de la terre, en 1980. Escribió más tarde otros poemarios y novelas, aunque, tras su exilio a Canadá su actividad literaria ha sido más bien escasa. Su obra poética, escrita en francés, pone el foco en los conflictos sociales y políticos de su país, pero también ha abordado otros temas como la maternidad.

 

Regreso a Girard*

A los niños de Mayombe

He vuelto a encontrar la estación, los rieles, el mercado
he saludado a mi Loukoula de aguas oscuras
he saludado a mi Loukoula de aguas verdes
mi surco de vida ruidosa.

Mi casa sombreada por el safoutier sin edad
cocina que ahúman los años
te debo mis pasos de infancia
te debo mis pasos jóvenes.
Crisálidas en flores
revolotean sobre mí
Massouéma con sus alas me roza “Titi”
Garrick con sus antenas ha captado mi sonrisa
Iboumbi ha cantado, cantado sin parar
Makagana ha trotado, trotado tras un polluelo
desalojado las mariposas, tropezado y reído
con risa franca de almas inocentes.

Las codornices doblan los gallos de la aurora
para recoger la mañana.
Un tren pesado penetra las montañas
hace temblar los sueños de las lianas verdes
y de los mangles amodorrados
Él despierta los genios de Mayombe
y se abre hacia la gran sangradura
del mar, hacia el infinito.

*Traducción de Pablo y Myriam Montoya.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: