Hace apenas unos días, la Real Academia de las Ciencias de Suecia concedía el Premio Nobel de Física al estadounidense Arthur Ashkin, la científica canadiense Donna Strickland y el francés Gérard Mourou por sus «rompedoras invenciones en el campo de la física del láser». El anuncio ocasionó un gran revuelo en la prensa internacional y la causa no fue la materia de estudio ni la naturaleza compartida del premio (algo es que es ya es bastante habitual en los premios de ciencia). Lo que ocurría es que una mujer había ganado el Nobel de Física por tercera vez desde que se comenzara a entregar en 1901. Solo tres veces en más de un siglo.

Aunque la ciencia siempre ha enarbolado la bandera de la meritocracia, lo cierto es que casos como este invitan a una reflexión en materia de género. En Mujeres en la ciencia contemporánea, una colección de artículos dirigido por Ana M. González Ramos, encontramos precisamente un esfuerzo por dilucidar las causas de esta invisibilidad que sufren las investigadoras y por revelar los obstáculos que un mundo que no es capaz de reconocer sus propios prejuicios interpone a las mujeres que desean dedicar sus vidas al desarrollo del conocimiento científico.

¿Es cierto que en la ciencia contemporánea impera la meritocracia? La propia Ana M. González Ramos nos dice que «hay evidencias suficientes que ponen de relieve las tensiones significativas entre las trayectorias individuales y la cultura organizativa basada en el mérito» (p. 22). Es decir, el fundamento meritocrático de la ciencia acaba siendo cuanto menos dudoso. Si algo tienen en común los artículos que componen el libro es hacer hincapié en los diferentes retos a los que se enfrentan mujeres y hombres en sus carreras profesionales; sacando a colación, sobre todo, la asimetría existente en el desarrollo de sus vidas privadas, libres de cuidados y tareas domésticas en el caso de los hombres, y lastradas por esto mismo cuando se trata de mujeres. Pero no es el único factor a la hora de discutir la supuesta meritocracia en el ámbito de la ciencia: los artículos publicados también ponen el foco en la desigualdad en materia de influencias, así como el perverso papel de la lógica neogerencialista en la discriminación de la mujer y la nula sensibilidad ante la frustración o el estrés que las investigadoras experimentan por las dificultades derivadas de esta estructura opresiva.

Desde el primero de los artículos de Mujeres en la ciencia contemporánea se nos habla de los problemas que tienen las investigadoras para enfrentar su propia experiencia a ese discurso hegemónico que las culpa por abandonar su profesión (algo que, por otra parte, es característico del discurso neoliberal) o por ascender más lentamente que sus compañeros masculinos, insistiendo en la existencia de igualdad de oportunidades, aunque, de facto, siempre sean ellas las que tengan que ocuparse, por ejemplo, de los cuidados familiares. Esto acaba causando una «fatiga de género», ya que las investigadoras tratan de «construir la realidad en función a parámetros no influidos por el género, cuando estas categorías están obviamente delimitando las relaciones de poder en el seno de las organizaciones» (p. 42). El mensaje de que las mujeres pueden ser al mismo tiempo excelentes profesionales, buenas madres y buenas esposas acaba siendo un ideal pernicioso, causando un estrés adicional que los hombres, al estar exentos de tanta exigencia, nunca tienen que sufrir. Y es que, como M. Antonia García de León señala en otro artículo, «las élites de mujeres son […] un objeto privilegiado de conocimiento. […] Significan una doble transgresión social: ser en la vida pública (alejadas de los roles de la domesticidad y maternidad) y estar en los círculos de la masculinidad exclusivos y excluyentes» (p. 166).

Por otro lado, el escudo de neutralidad objetiva tras el que se esconden las instituciones no se sostiene a la luz de los datos. La verdad es que son muy pocas las mujeres que logran alcanzar posiciones de liderazgo científico. El llamado «techo de cristal» puede ser causado por la evaluación de sus hitos profesionales que, al fin y al cabo, es realizada por los hombres que colman las posiciones de prestigio, sigue siendo subjetiva y susceptible, por tanto, a los sesgos de género. Pero también existe un «suelo pegajoso», ocasionado por el discurso que interiorizan las mujeres investigadoras, que, por las dificultades para conciliar su trabajo con la vida familiar, así como por haber asimilado el perfil bajo asociado a su género en contraposición al rol de líder que otorgan a los hombres, renuncian voluntariamente a aspirar a puestos de mayor responsabilidad.

El auge del neoliberalismo tampoco ha ayudado especialmente a las mujeres de la comunidad científica. Según el artículo de Ester Conesa Carpintero, el neogerencialismo, como instrumento del neoliberalismo, ha convertido el mundo académico en «un modelo de competición internacional» que «incrementa la presión institucional dirigida a obtener mayores resultados», provocando así «estrés  y diversos malestares que afectan a la salud física y psicológica del personal académico» (p. 176). Esto, además, ejerce una gran presión en cuanto a estabilidad laboral, afectando especialmente a aquellos trabajadores que se encuentran en una situación vulnerable.

La precarización del trabajo de investigación, provocada por la pérdida de derechos laborales, se ceba especialmente con un colectivo ya señalado por su aparente debilidad frente al estrés laboral. Lo cierto es que son pocas las veces que quienes mandan en las instituciones se preguntan si esa debilidad no será simplemente fruto de la opresión a la que se ven sometidas. Por otro lado, la interiorización del mensaje meritocrático de la ciencia contemporánea hace muy complicado el afloramiento de un sentimiento de sororidad entre las investigadoras que pueda compensar el daño psicológico causado por los mensajes de una comunidad que entiende que si renuncias o pierdes tu trabajo será, sin lugar a dudas, porque eres peor que tu compañero.

Por otro lado, aunque este fantasma —el de la pérdida del trabajo— no se materialice, la sola existencia de tal discurso acaba provocando una falta de confianza en las investigadoras y, como nos dice el artículo de Nora Räthzel, «refuerzan la victimización de las mujeres e ignoran la relacionalidad de los factores sociales» (p.97), lo que se contrapone a la actitud confiada y segura de los hombres y alimenta el mito de que las mujeres no soportan las situaciones de estrés laboral.

El daño de las dinámicas de estigmatización no termina ahí. La propia comunidad científica acaba culpando a las mujeres de esta falta de confianza. En palabras de Beatriz Revelles-Benavente: «la cuestión de género es considerada causa y efecto del problema que todavía mantiene a las mujeres en un lugar secundario» (p. 77). Las instituciones culpan a las mujeres por su feminismo, por creer que por ser mujeres son tratadas de forma desigual, considerando que esto las incapacita para tomar las riendas de su carrera y rendir igual que los hombres. Esto acaba impidiendo cualquier tipo de reflexión estructural que ayude a redefinir los papeles de los hombres y las mujeres en la investigación, así como el planteamiento de reformas que puedan acercar la igualdad de oportunidades de la que la ciencia tanto presume.

Con todo lo mencionado anteriormente, no es de extrañar que las mujeres hayan recibido el Nobel en tan pocas ocasiones. Esther Torrado nos señala en su artículo que solo el quince por ciento de las catedráticas son mujeres y apenas el cinco por ciento de los premios Nobel, dato a los que la mayoría de los hombres solo pueden responder nombrando a la icónica Marie Curie, y olvidando, por supuesto, otros casos especialmente sangrantes para la comunidad científica como es el de Rosalind Franklin que, habiendo contribuido como nadie a la comprensión de la estructura del ADN (sus trabajos de cristalografía siguen siendo, a día de hoy, impresionantes), quedó vergonzosamente relegada en la entrega del Nobel de Medicina que en 1962 fue a parar a Watson, Crick y Wilkins.

Los artículos recogidos en Mujeres en la ciencia contemporánea no solo exponen la situación de una ciencia que, tras el mito de la meritocracia, acaba perpetuando la misma desigualdad que vemos en todos los ámbitos de la sociedad, también nos ofrecen una batería de propuestas con la intención de mejorar la gestión en la política científica. Estas pasan por tener en cuenta las distintas situaciones sociales y de género, así como actuar para acabar con los sesgos subjetivos, cumplir con los objetivos de composición equilibrada de género en comisiones y comités, concienciar a las redes científicas acerca de las desventajas que sufren las mujeres, etc. La pregunta es: ¿Está la ciencia dispuesta a reconocer que, en una sociedad machista, sus instituciones son tan susceptibles de producir sesgos de género como lo son las de cualquier otro ámbito? Lo único claro es que no será posible mientras el mito de la meritocracia siga siendo usado como una armadura frente a la realidad.

VV.AA., Mujeres en la ciencia contemporánea, Icaria Editorial, Barcelona, 2018, 222 pp.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: