El avance del activismo feminista en los últimos años y, con ello, el salto de los estudios de género fuera de las instituciones y las universidades, que han sabido moldear y adecuar su discurso para llegar a todo tipo de público, ha posibilitado un fenómeno de exposición del abuso y el maltrato a escala mundial, que se ha traducido en movimientos de denuncia como el famoso «#Metoo», iniciado originalmente en las redes sociales. La palabra escrita, el testimonio individual que se convierte en colectivo, ha conducido a una emergencia, también en la literatura, de ejercicios de sinceridad suicida. Violación, abuso, maltrato. Miles de mujeres han hecho públicas sus historias, y muchas de ellas han sido llevadas al papel, como hizo Mary Karr en El club de los mentirosos, la periodista anónima en Diario de un incesto, o Meena Kandasamy en Cuando te golpeo. Como ya hiciera Rosseau en sus Confesiones, estas mujeres personifican un deseo de democratizar su participación en la vida social. Sus biografías no permiten efusiones acerca de su personalidad, sino que es la falta de visibilidad social lo que las empuja a reivindicar la importancia de su historia.

Cárdeno Adorno se enmarca en esta tradición, aunque lo hará a través de otra voz. La escritora Katharina Winkler (Viena, 1979) se inspira en la historia de una mujer real para dar voz a la protagonista de la que será su primera novela, con la que ha ganado el Prix du Premier Roman Étranger 2017, y que ha sido traducida al inglés, rumano, esloveno e hindi, entre otras lenguas. En ella nos cuenta la historia de Filiz, una niña extremadamente pobre que vive en un pueblo de Turquía junto a su familia. La dinámica intrafamiliar de Filiz, en la que el maltrato hacia su madre y sus hermanos por parte de su padre es algo habitual y normalizado, establece un escenario que hace posibles todos y cada uno de los golpes que recibirá a lo largo de su vida. Ya no es causa, sino un hábito; una práctica que hunde sus raíces en un pasado que se pierde en el tiempo.

El pueblo de nuestra protagonista está lleno de mujeres cárdenas; prácticamente todas llevan ese cárdeno adorno, un cardenal que «lleva la caligrafía de los hombres». En el valle viven cien mujeres cárdenas, cuenta Filiz; casi parece el inicio de un cuento maravilloso, una fábula en la que las niñas son ovejas de lana blanca a la espera de ser devoradas por los lobos. Una vez destripadas —bazo, tripas, pulmón, corazón— solo queda «apenarse por [su] lana tinta en sangre» (p. 74), que ya no puede blanquearse. Filiz crece esperando convertirse en una de esas mujeres; mira con recelo a aquellas que son «incelestes». ¿Qué comunicación puede haber entre ellas? Forman parte de un mundo que no existe, que no es seguro. Ella quiere pertenecerle a un hombre, y en esa idea aparecerá el joven Yunus.

Filiz se enamorará de él y se fugará de su hogar con tan solo quince años para convertirse en su esposa, y pasará a formar parte de la familia que componen él y su madre. Yunus le promete una nueva vida juntos en Alemania, donde puedan ser libres, pero aquello nunca parece materializarse. Entonces se suceden los golpes, las palizas, el maltrato psicológico, todo ello con la aquiescencia de su propia suegra, que la presiona y la invade. La narración ocurre muy deprisa; son frases de corto aliento que quieren verse sucedidas rápidamente, impacientes por la siguiente escena, por el siguiente golpe. Así, el tiempo pasa y Filiz da luz a sus hijos, uno detrás de otro, en una sucesión de años, hijos y cardenales que no parece tener fin. El relato no acaba hasta que Filiz enmudece; lo hace su boca, sus labios, su cuerpo. Yunus intenta llegar a ella, desesperado, de la única manera que conoce. Pero no hay lugar para Filiz, no en su cuerpo, al que Yunus ya no puede acceder ni hacer reaccionar. «Me matas a golpes pero no me llegas» (p. 251), piensa ella, desde lo más lejano de sí.

Winkler utiliza la historia de esa mujer a la que Filiz da voz como material para su obra; que, sin embargo, no solo tiene valor como documento testimonial, o por su labor de denuncia o reivindicación. La prosa fría, seca y cortante, que la autora utiliza para ello, es, a pesar de todo, sumamente bella y poética. Los hechos narrados son de una belleza terrible, catártica, de una profundidad estética que horroriza al lector por cuanto lo que está leyendo es de una naturaleza aterradora. Y, sin embargo, el talento literario de Winkler consigue trocar el horror, volverlo materia sensible; nos recuerda, amargamente, aquello que decía el poeta John Keats. Que solo la belleza es verdad y solo la verdad es belleza. Eso es todo lo que sabemos sobre la tierra, y todo lo que necesitamos saber.

Katharina Winkler, Cárdeno Adorno, Periférica, Cáceres, 2018, 256 pp.

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