Aunque se trate de una verdad incómoda, el canon literario está conformado mayoritariamente por hombres. Basta con leer alguna de las innumerables listas de libros imprescindibles de la literatura, para observar la escasa presencia femenina en ellas. Tal y cómo explicamos en los principios que definen nuestra revista, en la historia de la crítica y la literatura (y en todos los ámbitos análogos que se nos ocurran), la presencia de autoras femeninas ha sido obstaculizada, menoscabada y silenciada bajo pretensiones que podríamos atribuir, lato sensu, a un prisma androcéntrico.

Decía Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos que los clásicos son aquellos libros que se releen continuamente, que ejercen una influencia particular en nosotros y nos descubren algo nuevo en cada encuentro con ellos. Un clásico, para Calvino, es un libro cuyo horizonte de lectura resulta inabarcable, en el que resuenan un millar de obras. Por ello, todo discurso crítico acerca del mismo nunca puede dar cuenta de todo lo que el clásico es y representa, pues se configura como «equivalente del universo» y nos define también a nosotros mismos, persistiendo en el tiempo eternamente como «ruido de fondo».

Un origen clasista y discriminatorio

Sin embargo, el origen del término clásico es verdaderamente antiguo, se remonta cientos de años atrás en la historia y no siempre tuvo el significado que le damos ahora.

Ite ergo nunc et, quando forte erit otium, quareite an quadrigam et harenas dixerit e cohorte illa dumtaxat antiquiore uel oratorum aliquis uel poetarum, id est classicus adsiduusque aliquis scriptor, non proletarius (Gelio, XIX 8, 15) [«Marchad, pues, ahora y, cuando tengáis tiempo, averiguad si dijo quadriga y harenae algún orador o poeta de la pléyade de los antiguos; es decir, algún escritor de clase, no un proletario (Gelio, 2006, 241)»].

En esta cita de las Noches Áticas, Aulo Gelio hace suyo un término proveniente de la casta romana para referirse a las obras literarias de más calidad, siendo así cómo se forja el origen del término clásico y el concepto en el que se convertirá. En el pasaje, classicus se contrapone a proletarius en el sentido de clase, pues el primero hacía referencia a un ciudadano de primer rango en oposición al plebeyo, que se diferenciaba del ciudadano perteneciente a la casta romana en que no podía contribuir a la res publica más que con su misma persona.

En cuanto al origen de la palabra «canon», esta provenía del griego ‘kanón’, que hacía referencia a una vara recta de madera que los carpinteros usaban para medir. Más tarde pasaría a significar ‘ley o norma de conducta ética’. En el siglo III a.C, los filólogos alejandrinos empiezan a estudiar a Homero y es entonces cuando se generan las primeras listas de autores que había que preservar, una suerte de canon de las obras más relevantes. Pero no será hasta el siglo IV d.C. que el término canon signifique «catálogo de autores». En Literatura europea y Edad Media Latina, E. R Curtius aborda el origen eclesiástico del término: la censura imperante en torno a los textos bíblicos y la aparición de algunos apócrifos derivó en el establecimiento de una lista de libros que eran reconocidos por la biblia como los que debían de ser tenidos en cuenta; y que conformaron, de esta manera, el «canon» bíblico.

Así pues, resulta evidente, ya desde su origen, la procedencia clasista y discriminadora de los dos términos; mácula de la que seguirá adoleciendo inevitablemente una concepción tal que pretenda establecer una selección o un reconocimiento; pues, por definición, ha de basarse necesariamente en una exclusión. La noción de canon y de clásico, a la misma vez que selecciona una serie de libros y de autores, está, de alguna manera, estableciendo una contraselección: una lista de todos aquellos libros que por no ser recogidos bajo dichas etiquetas ve desvirtuado su propio valor.

Qué es lo que define a un clásico

Pero, ¿qué características reúne un clásico? ¿Qué condiciones son necesarias para que un libro o un autor merezcan el epítome de clásico o su inclusión dentro del canon literario? A pesar de la firmeza con la que algunos teóricos y estudiosos sostienen la pertinencia o no de estas clasificaciones, lo cierto es que se trata de una noción un tanto vaga y sobre la que se ha escrito y reflexionado ampliamente.

En un principio, dice Saint-Beuve en Qu’est-ce qu’un classique?, los verdaderos clásicos para los modernos eran los antiguos, es decir, el conjunto de obras griegas y latinas. Los griegos fueron los únicos autores clásicos para los romanos, hasta que estos últimos llegaron a tener sus propios clásicos. En la Edad Media, confundieron «los rangos y el orden», de manera que Ovidio era considerado superior a Homero, y Boecio era tan clásico como Platón, continúa el autor. Ya en el Renacimiento, esta jerarquía un tanto torticera se pudo restablecer, y los autores griegos y latinos fueron posicionados según su valor correspondiente. Posteriormente, con el Romanticismo, la literatura producida en los siglos XVI, XVII y XVIII, cuyos modelos estaban inspirados en las obras grecolatinas, será considerada como clásica «moderna» para diferenciarse de aquella de la que se inspira. Madame de Staël, en De L’Allemagne, decía que la poesía era clásica si estaba basada en modelos más antiguos (las obras antiguas grecolatinas), o romántica si se relacionaba con las tradiciones medievales. T. S Elliot, por otro lado, prefería apartarse de una consideración ideológica hacia una más cultural y literaria, vinculando la noción de clásico a la madurez de una lengua y literatura determinadas. A su vez, el canon será entendido —en la acepción que lo relaciona con lo literario— como el conjunto de autores «clásicos».

Actualmente, entendemos que el término «clásico» no se limita a recoger la denominación de clásicos antiguos y clásicos modernos, sino que se descubre como una cuestión axiológica. Por ello, existen ciertos indicadores generales que permiten entender las cualidades que un libro tiene que tener para poder ser considerado un clásico: el valor inherente a sí mismo, la explicación de una experiencia humana, la síntesis de una época, el consenso institucional acerca de su valor, y por último, la necesidad de la distancia del tiempo como reconocedor de su condición, que habrá perdurado a pesar del transcurrir de los años.

Libros que hoy son clásicos, antes no lo eran

Con todo, la pertenencia o no al canon y la consideración de clásico es algo que no siempre permanece inmutable. Los libros pueden dejar de ser considerados clásicos cuando dejan de leerse, y volver a ser introducidos en el canon con el paso de los años; como también algunos libros o autores cuya época no hubiera apreciado el valor de su obra pueda verse redescubierto y catapultado a las más altas cumbres de la exquisitez literaria. Asimismo, el establecimiento de un canon ya conduce al movimiento de sus constantes flujos y reflujos: la creación del canon propicia un mayor número de lecturas y estudios críticos de las obras que lo componen.

Si una obra es consideraba imprescindible desde el punto de vista de la intelligentsia, verá aumentado su número de lecturas y relecturas por parte de académicos y eruditos, lo que tendrá como consecuencia la modificación o legitimación de la misma; a veces aupándola a lo más alto de la escala literaria, y otras reduciendo su importancia hasta provocar su exclusión. Podemos comprobar, de esta forma, el carácter fundamentalmente histórico y plástico de la noción de clásico, siendo esta característica observable gracias a la sanción temporal que mencionábamos antes como una de sus cualidades principales.

La crítica feminista y poscolonialista arremete contra el canon

En los últimos años, el concepto de canon se ha granjeado una gran cantidad de críticas. Escritores como Edward Said, M. Bernal o Eric Hobsbawm, han puesto de manifiesto que el canon ha sido establecido desde una óptica blanca, androcentrista y colonialista, cuyos sesgos de género y de clase han influido notablemente en la elaboración del mismo, situando ciertos libros por encima de otros en función de una ideología dominante. Además, el hecho de que la noción de clásico sea histórica y cambiante, evidencia que el criterio de valor que determina la inclusión de una obra está sesgado por los gustos de la época en la que se hace la apreciación crítica.

En El canon occidental, Harold Bloom se hace eco de estas críticas y acusa a «feministas, afrocentristas, marxistas, neohistoricistas inspirados por Foucault o deconstructivistas» a los que llama la «Escuela del Resentimiento», de negar la supremacía estética de los clásicos y de estar con esto destruyendo los criterios intelectuales y literarios. Bloom niega rotundamente que las obras que figuran en el canon deban su posición únicamente a criterios contingentes, más allá del valor de la obra en sí misma, y lamenta que una excesiva vindicación de justicia social esté dinamitando todo criterio estético y de valor. En definitiva, Bloom teme que se conceda una importancia desmedida a la procedencia social, étnica o sexual de los autores en detrimento de la estética, que quedaría desplazada a un segundo plano.

Otras críticas dirigidas a los Cultural Studies que se hacen eco de las palabras de Bloom son aquellas que denuncian que gran parte del interés que suscitan dichos estudios es debido a la actualidad de la temática que tratan. Además, como señalan algunos de sus detractores, prestar atención a los grupos marginados y a las minorías, ya sean étnicas, sexuales o de cualquier tipo entra dentro de lo políticamente correcto, e implica, de algún modo, el compromiso de los intelectuales con los nuevos grupos sociales. Ya sea para deslegitimar el posicionamiento de los Estudios Culturales ante el canon o para justificar el creciente interés por sus investigaciones, parece haber un consenso en apuntalar el grueso de las observaciones críticas en el excesivo interés hacia grupos marginados y a la labor de la justicia social.

Una recuperación o vindicación del canon todavía es posible

Sin embargo, aquellos que han convenido en llamar anticanonicistas no piden —pedimos— la destrucción del canon ni cuestionamos tampoco la necesidad del mismo, sino que únicamente exigimos la constante revisión de los autores y las obras que lo componen. A lo largo de la historia la teoría literaria ha revisitado y se ha cuestionado sus planteamientos constantemente —de hecho, y como dice el crítico Antoine Compagnon, la teoría funciona como una anti-teoría— por lo que resulta completamente lógico que se pida un nuevo análisis del canon y de los planteamientos en los que se basa.

Si entendemos que la noción de canon y de clásico es fluida y cambiante, y que además suele derivar en una discriminación y es necesariamente restrictiva por naturaleza, esto parece llevarnos a un impasse, a pensar en lo necesario de mantener todavía estas clasificaciones. Conviene dar una vuelta de tuerca. No es por la labor sintetizadora que el canon resulta imprescindible, lo realmente valioso es la restricción que lleva a cabo, porque adquiere el valor de un espejo que nos refleja.

Al establecer una selección de obras y autores clásicos o canónicos, se descubre de algún modo una imagen de nosotros mismos, de nuestros criterios y de nuestros prejuicios, del humor de la época en que se hizo la selección y del gusto estético de las instituciones y la academia. Y a esto es a lo que se referían en general los Estudios Culturales. El canon no tiene valor solamente por su labor recopiladora o compendiadora, sino que se nos revela como un instrumento crítico increíblemente poderoso. El canon somos nosotros mismos, los juicios y los errores que hemos cometido y el pensamiento que hemos seguido a lo largo del tiempo y de la historia. En él está la clave para nuestra mejora, a través de una constante revisión y autocrítica, a un mejor conocimiento de nuestras literaturas, de nuestros autores y autoras y del valor que les hemos dado y deberían tener.

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